San Antón
Ayer fue San Antón. En las noticias siempre hablan de este día porque la gente lleva sus animalitos ante este santo para que los bendiga, que por algo es su patrón. Sin embargo donde yo vivo la tradición es otra: se hacen hogueras, se comen garbanzos tostados, se bebe ponche y se fuman cigarros de matalahúva. Yo, por mis limitaciones de edad, sólo pude cumplir con una de estas tradiciones. Evidentemente, fue la de acudir a la hoguera. Yo estaba acostumbrado al fuego de la chimenea de mi abuelo, pero nada comparado con unas llamas de esas dimensiones. ¡Y por todo el pueblo! Roma debió oler más o menos igual cuando el tal Nerón la quemó. Anda que no se agradecía arrimarse un poquito, con el frío que hace…
Tan agustito se estaba que, desafiando a la banda de música tocando pasodobles, al jaleo de las familias y los amigos charlando, al ruido de la hoguera chisporroteando… ¡me quedé frito! Así, sin darme cuenta. Y mientras mi mamá, que me tenía en brazos mirando hacia adelante, pensando: ay que ver lo que le gusta que ni se mueve, qué atento está. Ja mamá, ¡que estoy sopa!
Así que aprovechando tal circunstancia, mis papás se pidieron una segunda ronda de ponche y garbanzos. Eh, el de mamá sin alcohol que si no luego la leche sale con unos grados de más…
