Muuuuuuuuu
Seguramente eso diría la vaquita mientras pastaba en verdes campos… antes de acabar encerrada en un tarrito de cristal colocado en el expositor de la farmacia. Pobre vaquita, me la he comido. Bueno, yo, mi babero, mi camiseta, mis pantalones, mis manos y mi hamaquita. Todos la hemos probado por primera vez esta mañana. La verdad es que ha sido una experiencia un tanto dificultosa, porque yo me empeñaba primero en cerrar la boca y después en escupir cada cucharada que mamá conseguía meterme. Pero ella insistía. Decía que esta vez no iba a salirme con la mía, que en la guarde como estupendamente y en casa no hay manera. Es que soy un poco granujilla. Así que ahí hemos estado un rato hasta que yo me he tomado mi tiempo para saborear el potito y finalmente decidir… ¡que me gustaba! Eso ha sido después de media hora y a falta de dos cucharadas para acabar, ja. Mi papá ha dicho, ¿le añado? ¡Sí! Así que corriendo ha calentado un poquito más y he seguido comiendo sin ningún problema, abriendo bien la boca y tragando a la primera. Sin embargo… ¡la tragedia ya se había consumado!
