Pies, ¿para qué os quiero?
Tradicionalmente el ser humano ha usado los pies para desplazarse de un lugar a otro. Es lo suyo, para eso están. Hay además quien pinta con ellos, mide distancias (eso lo hacen los anglosajones, que siempre van al revés de todo el mundo) y una vez hasta vi un DJ en la tele que pinchaba sus discos con los pies (el pobre no tenía manos…). Pero como yo aún no puedo usarlos para caminar, correr o saltar porque son demasiado pequeños para soportar el peso de mi rollizo cuerpecito, he decidido darles otro uso.

Efectivamente, me los como. Gracias a mi asombrosa flexibilidad soy capaz de llevármelos a la boca donde los chupo y los mordisqueo a placer. Es muy divertido y además, como siempre están ahí… No son como otros juguetes, que a veces no están a mi alcance. Ellos no. Mis pies me acompañan allá donde voy. Son muy fieles. Mamá dice que aproveche ahora que puedo porque por lo visto conforme te haces mayor ya no eres tan flexible y a veces tocarse la punta de los pies (sin doblar las rodillas) se convierte en un reto difícil de superar para muchos.
Y gracias a eso, a que los bebés estamos hechos “de goma”, ayer superé sin traumas mi primera caída libre desde la cama. Menudo porrazo. Y es que ya se veía venir. Con lo que a mi me gusta rodar como una croqueta era sólo cuestión de tiempo. Mamá me había puesto su almohada de parapeto, pero yo superé el obstáculo y pum, ¡al suelo!
Mamá, papá, no me volváis a dejar solo nunca más, ¿me oís? ¡A ver si me voy a tener que poner serio!
