Una hora, ñam, ñam
En mis ochos meses de intensa vida mi dieta ha experimentado importantes cambios. Primero fue la teti de mami (snif, snif), luego los cereales sin gluten, la fruta, las verduritas, el pollo, el arroz, la ternera, los aspitos, la leche artificial y por último los cereales con gluten, recién incorporados. Yo, desde mi trona o mi hamaquita, veo cada día a mis papás comer de todo: legumbres, pescado, galletitas y chuches a mamá, frutos secos a papá y dicen que cuando empiece la temporada, hasta caracoles comerán. De modo que he llegado a la conclusión de que aún me queda mucho camino por recorrer en esto de la alimentación.
Pero lo que me ha dejado completamente alucinado es que esta noche… ¡se han comido una hora! ¿Pues no resulta que a las 2 AM todos los relojes han pasado a marcar las 3 a.m.? ¿El tiempo también se come? ¿Y quién se lo ha comido? ¿El monstruo de las horas? Debe ser. Por lo visto viene dos veces al año, una noche se come una hora y otra decide que no le gusta y la devuelve. El caso es que ahora cuando me despierte será de noche y cuando me acueste aún clareará el día. Menuda gracia, me van a romper todos mis esquemas. Mamá dice que no me preocupe, que al final mi ritmo circadiano y yo nos acostumbraremos (nota para mami: por favor, cuando puedas preséntame al tal ritmo ese que no tengo el placer de conocerlo).
Esta mañana al levantarme le he preguntado: “Mami, ¿qué hora es?” Con cara de sueño y bostezando me ha contestado: “las ocho y media”. “¿Pero de ayer o de hoy?” “De hoy, hijo, de hoy…”
Y con esta cara de estupefacto me he quedado yo.

