Leo el descubridor
Todo comenzó con mis manos. Aquel descubrimiento, de trascendencia comparable al hallazgo del fuego en alguna cueva perdida de Atapuerca, marcó mi vida para siempre. Gracias a mis manos, al control que puedo ejercer sobre ellas, he ido conociendo otras partes de mi anatomía. Como la boca. Desde el día que se encontraron, manos y boca han fundado una sociedad inquebrantable, de modo que todo lo que llega a unas pasa por la otra y viceversa. Siguieron los ojos, que me froto cada vez que tengo sueño. Las orejas, que cumplen la misma función. Y finalmente los pies, mis queridos pies.
Mi último gran descubrimiento es una parte de mi cuerpo con múltiples acepciones. Un señor que escribe libros y que se llama Arturo Pérez Reverte las recogió estupendamente en un artículo. Un extracto:
“Si va acompañada de un numeral, tiene significados distintos según el número utilizado. Así, “uno” significa “caro o costoso”, “dos” significa “valentía”, “tres” significa “desprecio”, un número muy grande más “par” significa “dificultad“.
(Más aquí).
Efectivamente, ¡me he descubierto mis partes nobles! En cada cambio de pañal mis manos van a buscarlas, por si acaso alguien se las ha llevado desde la última vez. Mamá dice que pronto empiezo a tocarme los huevecillos, que me lo está permitiendo porque es la novedad pero que no vaya a pensar que va a ser así siempre. Uf, a veces mi mamá me da un poco de susto, aunque en el fondo yo sé que lo dice por mi bien, porque quiere hacer de mí un hombre de provecho. Así que de vez en cuando ella, para compensar, me descubre otras cosas fascinantes como la lavadora, para que, aunque aún no pueda manejarla con estas mullidas manecillas, vaya observando cómo funciona y en un futuro pueda yo solito lavar mi mono de competición. Eso sí, en el programa delicado.

