Moviéndome
13 de abril de 2008. Por aquél entonces yo era un bebé de 25 semanas de vida que crecía feliz en la barriguita de mamá. Aquél día publicó este post sin imaginarse que justo un año después aquél “tranquilízate” sería una de sus palabras favoritas. Decía que interaccionaba con ella. Ilusa. Lo que realmente estaba haciendo era advertirla de mi enorme e inagotable energía, que el que avisa no es traidor.
Porque… ¿para qué estar quietecito observando el mundo si puedo alcanzarlo con mis propias manos? ¿Para qué estar sentado si estar de pie es mucho más divertido? Y así me paso el día, moviéndome y de pié. De pie y moviéndome. Y cuando digo el día es TODO el día. También la noche, sin miseria, que la cama de 1,50 ya se me queda pequeña.
Soy un poquito agotador, la verdad. Además, mis más de nueve kilos contribuyen lo suyo, porque recordemos que los “brazos de” (añádase cualquiera) son mi lugar favorito para pasar el rato. Pero qué le vamos a hacer soy así.
Una culebrilla.
Un terremoto.
Un bichejo.
No paro, no lo puedo evitar.
Pero venga, tranquilizaos, que soy bueno y para compensar tanto estrés os voy a dejar una foto zen (zenzillamente prezioza) y, milagro, ¡no movida!

