Leo, investigador privado
Como ya todos sabéis yo de bebé pasivo tengo poco. Digamos que soy las antípodas de la pasividad, lo que Nueva Zelanda es a España vamos (vivirán allí boca abajo?). A mí lo que realmente me va es la acción, de ahí que estos días esté desarrollando una nueva faceta de mi ya variopinta personalidad, la de investigador. Hasta las juntas de las baldosas me llaman la atención, las miro y las remiro esperando descubrir quién sabe qué. Soy un pequeño Grissom (este me mola más que el pelirrojillo de Horacio) con la excepción (bendita excepción) de que detrás de cada una de mis investigaciones no hay un fiambre. Mamá teme que esto se convierta en algo habitual, porque ella lo guarda todo (seguramente morirá a manos de un tal Diógenes) y como me dé por rebuscar… uf, la de cosas que puedo encontrar.
Hay algo que me encanta, y es mirar dentro de las lámparas. Yo, que soy un investigador muy eficiente, ya he descubierto lo que hay en su interior, eso que da luz y que si lo tocas está “calentito”. Es una bombilla. Mi primer objetivo fue una de las lámparas de la casa de mi abuelo. Con tanta efusividad me tomé el caso que acabé rompiéndola. Mamá subestimó mi fuerza. Ahora la lámpara está en equilibrio inestable esperando que Alfonso venga y la arregle con su soldador multiusos. Mi tito es que es muy manitas. Mamá me ha contado que de pequeño hasta se hizo él solito un cajón de herramientas para sus trabajitos con unas tablas de madera que encontró vete tú a saber dónde. Sus hermanas se encargaron del marketing y eligieron un nombre para él: “Carpintería El Tunante, trabajo al instante”. Menos mal que se dedicó a la informática…
Ahora investigo la de mi casa, la lámpara, digo, pero ya no me sorprende lo que encuentro. Seguiré con otra cosa…

