Delicatessen
Delicias de cebolla al aroma de tomillo y esencia de eucalipto.
Dicho así parece que estoy hablando de uno de esos platos de cocina moderna elaborado por algún cocinero internacional de prestigio, de esos que tienen dos o tres estrellas del gordito de las ruedas, en los que ciertamente casi todo es plato. Porque lo que es comida, lo que se dice comida, poca. Ahí está, como un barquito en mitad del océano, perdida, insignificante. Yo he visto los platos que se come mi papá y nada tienen que ver con estos. Mi papá come comida normal, de la de toda la vida, y en cantidades normales. Bueno, normales y un poco más. Es como si a mí en lugar de darme mi práctico biberón del Mercadona hasta arriba de leche y cereales me plantaran uno super-mega-fashion de medio litro con un culín de espuma de leche gelatinizada. Pues qué quiere usted que le diga, a mí me deja el del Mercadona que me va de escándalo. Y mi leche espesita, pues casi que también.
Bueno, a lo que iba, que me desvío del tema con mucha facilidad. Las delicias de cebolla. No, no es un plato de comida, es a lo que huele mi dormitorio estos días. Mi mamá ha recurrido a los remedios tradicionales porque tengo una tos imposible que no nos deja dormir. Así que pone una cebolla partida en el cabecero de la cama. Con razón sueño con lechugas, tomates y pimientos, eso que aún no los he probado. Dicen que los gases azufrados de la cebolla tienen propiedades expectorantes y mucolíticas. Pues vale, digo yo, pero vaya olorcito que deja…
¿Y el tomillo y el eucalipto? Pues esos son los componentes de un torpedo que me meten por el culete y que según mi Doc también alivia la tos. Así que ahí está, una mezcla explosiva de olores que, la verdad, algo ayudan. Aunque yo creo que al final acabamos durmiendo no porque deje de toser, ¡sino porque estamos narcotizados con tanto aroma extraño!

