En casa somos cuatro
No tiene cama, ni armario para su ropa.
En la cocina no hay una taza para ella, ni en el baño un cepillo de dientes.
Su nombre no aparece en el buzón.
Sin embargo ya es una más de esta familia.
Estamos papá, mamá, yo… y ella.
La enfermedad.
Sábado, 15:00 horas. Mamá se toma un caldito, mi virus intestinal decidió que no había tenido suficiente con mi pequeño cuerpecito que también le atacó a ella. Después de pasar ayer por papá, claro. Incluso ha cruzado la calle y le ha hecho una visita a mi abuelo. Los virus no necesitan pies, ni alas, ni vehículo motorizado alguno. Se mueven libres por el viento. Malditos.
Sábado 15:00 horas. Yo, el pequeño Leo, vuelvo a tener fiebre. 38,5ºC. Mamá me ha obligado a tomar otra vez el jarabe para estos casos. Lo odio. Ha llamado a urgencias antes de llevarme para asegurarnos que el médico no se había ido a comer. Nadie ha contestado. No sé qué entiende esta gente por una “urgencia”:
Sí mire, puede usted morirse de 8 a 2 y de 4 a 10. Fuera de este horario no estamos disponibles.
En fin, voy a dormir, a ver si me baja la fiebre.
Soñaré con la cálida luz del atardecer y el frescor de la hierba acariciando mis piececitos…

