13 de abril de 2008. Por aquél entonces yo era un bebé de 25 semanas de vida que crecía feliz en la barriguita de mamá. Aquél día publicó este post sin imaginarse que justo un año después aquél “tranquilízate” sería una de sus palabras favoritas. Decía que interaccionaba con ella. Ilusa. Lo que realmente estaba haciendo era advertirla de mi enorme e inagotable energía, que el que avisa no es traidor.
Porque… ¿para qué estar quietecito observando el mundo si puedo alcanzarlo con mis propias manos? ¿Para qué estar sentado si estar de pie es mucho más divertido? Y así me paso el día, moviéndome y de pié. De pie y moviéndome. Y cuando digo el día es TODO el día. También la noche, sin miseria, que la cama de 1,50 ya se me queda pequeña.
Soy un poquito agotador, la verdad. Además, mis más de nueve kilos contribuyen lo suyo, porque recordemos que los “brazos de” (añádase cualquiera) son mi lugar favorito para pasar el rato. Pero qué le vamos a hacer soy así.
Una culebrilla.
Un terremoto.
Un bichejo.
No paro, no lo puedo evitar.
Pero venga, tranquilizaos, que soy bueno y para compensar tanto estrés os voy a dejar una foto zen (zenzillamente prezioza) y, milagro, ¡no movida!

Hace muchos años existió un señor griego que se llamaba Arquímedes y que cuando estaba aburrido se ponía a pensar. Los días en la antigüedad debían ser soporíferos porque el hombre pensó tela. Inventó un montón de chismes y hasta enunció un teorema muy famoso que lleva su nombre y que dice que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje de abajo a arriba, igual al peso del fluido que desaloja. Lo sé, demasiado complicado, incluso para una mente despierta como la mía.
Por eso vayamos directamente a una de sus consecuencias. Según este teorema, al ir introduciendo un cuerpo en un fluido se va desalojando paulatinamente un volumen de líquido igual al volumen que se va introduciendo del cuerpo, es decir, un volumen sustituye al otro. Así si metemos un objeto, pongamos un bebé, en un fluido, por ejemplo en el agua del baño, ese bebé desplazará un volumen de agua igual a su propio volumen… ¿y ya está?
Sr. Arquímedes, discúlpeme que ponga en duda su teorema a estas alturas de la historia, pero usted debería haberle planteado una excepción. Por que cuando introducimos a un bebé en la bañera… ¡el agua desplazada es muuuuuuucho más que la de su volumen! ¿O acaso usted no sabía que los bebés chapoteamos, salpicamos, vaciamos vasitos de agua fuera, nos movemos provocando pequeños tsunamis y nos bebemos parte del agua del baño (espuma incluida)? Porque eso, todo eso, es lo que hago yo cuando me baño. De modo que al final de la sesión de spa queda un culín de agua en mi bañera y muchos, muchos charcos a su alrededor. Yo creo que deberían incluir una fregona en los kits de baño para bebés. Es tremendamente útil.

Vale, de acuerdo, aún me queda bastante para lograr una dentadura perfecta, reluciente, sana, como la de una estrella de cine. Pero qué queréis, Roma tampoco se construyó en un día… Yo de momento ahí voy, con mis dos dientecitos perfectamente visibles ya. Y perceptibles. O si no que se lo digan al que ose meter su dedo en mi boca, que ese dedo sale señalado seguro.
Últimamente mi chupe y yo somos inseparables, de día y de noche, me paso todo el tiempo con él en la boca. Mis papás, siempre dispuestos a hacer conjeturas, piensan que es porque quizás mis encías están trabajando de nuevo para abrir camino a otro incisivo y tenerlo en la boca me consuela. O puede que no. La verdad es que yo los entiendo. Nuestra única forma de comunicación es el llanto que, sinceramente, no es un método muy informativo que digamos… Dicen que el llanto de los bebés siempre encierra una necesidad o un deseo insatisfecho y que entre sus causas, aparte del dolor están el hambre, el frío, el calor, la incomodidad, los pañales sucios, el sueño, la soledad, el exceso de estímulo, el aburrimiento, el ruido, la tensión… uf, un montón de cosas. Con razón no se enteran los pobres.
Pero bueno, esto es como todo, una etapa. Pronto empezaremos a hablar, primero repitiendo una y otra vez alguna sílaba, luego uniendo varias y así poquito a poco hasta lograr palabras completas. Y cuando seamos unos expertos en vocabulario y lleguemos a la fase del “por qué”… ¡añorarán cuando no sabíamos hablar!

Todo comenzó con mis manos. Aquel descubrimiento, de trascendencia comparable al hallazgo del fuego en alguna cueva perdida de Atapuerca, marcó mi vida para siempre. Gracias a mis manos, al control que puedo ejercer sobre ellas, he ido conociendo otras partes de mi anatomía. Como la boca. Desde el día que se encontraron, manos y boca han fundado una sociedad inquebrantable, de modo que todo lo que llega a unas pasa por la otra y viceversa. Siguieron los ojos, que me froto cada vez que tengo sueño. Las orejas, que cumplen la misma función. Y finalmente los pies, mis queridos pies.
Mi último gran descubrimiento es una parte de mi cuerpo con múltiples acepciones. Un señor que escribe libros y que se llama Arturo Pérez Reverte las recogió estupendamente en un artículo. Un extracto:
“Si va acompañada de un numeral, tiene significados distintos según el número utilizado. Así, “uno” significa “caro o costoso”, “dos” significa “valentía”, “tres” significa “desprecio”, un número muy grande más “par” significa “dificultad“.
(Más aquí).
Efectivamente, ¡me he descubierto mis partes nobles! En cada cambio de pañal mis manos van a buscarlas, por si acaso alguien se las ha llevado desde la última vez. Mamá dice que pronto empiezo a tocarme los huevecillos, que me lo está permitiendo porque es la novedad pero que no vaya a pensar que va a ser así siempre. Uf, a veces mi mamá me da un poco de susto, aunque en el fondo yo sé que lo dice por mi bien, porque quiere hacer de mí un hombre de provecho. Así que de vez en cuando ella, para compensar, me descubre otras cosas fascinantes como la lavadora, para que, aunque aún no pueda manejarla con estas mullidas manecillas, vaya observando cómo funciona y en un futuro pueda yo solito lavar mi mono de competición. Eso sí, en el programa delicado.

Ya lo comenté en este post. Mi papá se ha propuesto que yo sea piloto de motos y creo que no va a parar hasta lograrlo. Ya lo dice el refrán, el que la sigue la consigue. Así que él, poquito a poco, me va introduciendo el gusanillo de la velocidad.
El fin de semana pasado estuvo en Jerez viendo los test oficiales de Moto GP. Para los que nunca los habéis visto os contaré que son unas pruebas que hacen los equipos y en las que los pilotos ponen a punto sus motos de cara al comienzo del mundial. Y como fin de fiesta, corren durante una hora a todo trapo y al que hace la vuelta más rápida le regalan un BMW. Ya veis, mi papá pagando su focus desde hace cinco años (y los que le quedan) y estos espabilados se llevan un cochazo por la gorra en 60 minutos. Lo que es la vida. Así que él ha dicho, mi bambino tiene que ser piloto. Y una camisetita que me compró para ir concienciándome. Creo que a los Reyes ya les está encargando una moto de juguete, con minicasco y chupa de cuero incluida. Mi mamá menea la cabeza. No, no, no. Y yo pienso, papi, con la crisis económica y energética que tenemos encima, ¿por qué no eliges mejor otro deporte más baratito y ecológico? No sé, por ejemplo… ¿el badminton?

Jo, acabo de darme cuenta. Vaya moco tenía
¡¡Felicidades Lola!!!
Nombre: Leo G.R.
Edad: 8 meses, una semana y tres días.
Estatura: 69 cm.
Peso: 8,9 kg.
Color de pelo: (el poco que tiene) Rubito.
Color de ojos: (parece que definitivamente) Verdes.
Nº de dientes: 2
Acusaciones: Bebé peligroso. Puede hipnotizar a su víctima en cuestión de segundos con su sonrisa arrebatadora, momento de desconcierto que suele aprovechar para lanzarse a sus brazos y apretarle fuertemente la cara con las manos. Se desplaza en un vehículo no autorizado para la circulación y carente de cualquier documentación, con base cuadrada, un asiento y cuatro ruedas. Suele vestir ropa informal.
Se ruega a cualquier persona que lo haya visto se ponga en contacto con su mamá. Tiene que comérselo a besos.

Muchos de vosotros pensareis que cómo un tierno bebé como yo puede escribir casi cada día en este blog. Muy fácil, me pongo delante del ordenador y listo, las palabras pronto comienzan a fluir desde mis redondos deditos. Sé que algunos dudabais de que fuera capaz, pero recordad que soy un bebé del siglo XXI: uno de mis juguetes favoritos es la PDA de mi mamá (y no sólo para chuparla), veo DVDs cada día y me quedo embobado con la Nintendo DS. Espera que aprenda a manejarla como mi primo Alejandro que con tres añitos ya es un experto del Cooking Mamma (aunque nada comparado con su cocina en directo).
Me criaré en internet, entre pendrives y terabytes. Pero, ¿os cuento un secreto? Mami dice que ella me enseñará también cositas de cuando ella era pequeña y estos avances ultramodernos no existían. A jugar al pío, pío que yo no he sido, al corro de las patatas o al escondite inglés. Me contará cuentos como los de garbancito o el gato con botas. Papá me enseñará a hacer barquitos de papel y jugaremos a los trenes. Veré los “clásicos” del cine infantil como Dumbo o Pinocho…
Aunque como no puedo escapar al futuro no os preocupeis, que os lo seguiré contando todo aquí, en mi blog. En el ciberespacio.
