En mi cuna
Hace más o menos un año mis papás se afanaban por tener preparados todos los cachivaches que acompañan la llegada de un bebé: la ropa diminuta, los biberones, la bañera, el carrito de paseo, la cuna… todo ello sin apenas sospechar que una vez que hiciera acto de presencia la mayoría de las cosas que con tanta ilusión habían comprado no servirían para nada.
Ejemplo nº 1: Los biberones. Ni para le agua los quería. La teti de mamá era todo lo que yo necesitaba para estar bien alimentado. E hidratado.
Ejemplo nº 2: El capazo. Tres semanas duró mi estancia en esa especie de ataúd con ruedas hipercaluroso donde no podía cotillear nada más que el cielo azul y las cabezas que se asomaban a decirme gu-gu-gu, ago-ago-ago. Lo mío era el huevito, dónde va a parar.
Ejemplo nº 3: La cuna. Desde bien pequeño sufría lo que he denominado el “efecto fakhir”. Mi cuna era como una tabla de clavos afilados y cada vez que me tumbaban en ella… ¡buaaaaaaaa!
Yo quería dormir con mamá, entendedlo, nueve meses pegadito a ella y ahora de golpe y porrazo querían separarnos. Un poco de piedad, por favor. Y de sentido común. Menos mal que ella supo entenderme y me cedió su pecho para dormir en él digamos… ¿bastante tiempo? Cuando ya su espalda se resentía por mi peso pasé de dormir “sobre” a dormir ” junto a” ella, motivo por el cual mi papá se vio obligado a exiliarse a otra habitación. Porque aunque los bebés somos pequeños de tamaño marcamos muy bien nuestro territorio. Y yo decidí que la cama de mis papás sería MI territorio. Hala, ahí invadiendo, como si fuera Alemania.
Pero llega un momento en la vida de uno que se cansa de estar en sitio ajeno, que va creciendo y demandando más independencia. Mi sueño además ha madurado y ahora mis ciclos son mucho más largos que al principio cuando me despertaba cada media hora. Ya no necesito (tanto) dormir pegadito a mamá, de modo que de forma natural y lo que es más importante, sin lágrimas de por medio, he conseguido buscar a Morfeo donde se supone que debe hacerlo un bebé: en su cuna.
La verdad es que el cambio ya se imponía. Por un lado yo puedo girar y girar sin miedo a caerme, poner la cabeza en los pies, atravesarme… es que me muevo mucho mientras duermo. Además mamá puede dejar de dormir momificada por miedo a despertarme (que mi sueño es aún bastante ligero) y papá ha vuelto del exilio regresando al país del aire acondicionado. Así que creo que todos hemos salido ganando con el cambio. El próximo paso será trasladarme a mi propia habitación pero para eso creo que aún queda bastante tiempo y esperemos que, como ahora, ninguna lágrima.
Sé que para ilustrar este post lo más adecuado sería poner una foto mía durmiendo en mi cuna pero como ya os he enseñado varias mías sobando y no quiero que penséis que soy un vago os voy a plantar otra que mi mamá dice que le gusta mucho. Claro, como a ti no te han cortado la cabeza…
En fin. Madres.

