Mi cumple: la macrofiesta
Dicen que segundas partes nunca fueron buenas.
Dicen, dicen… Seguro que el que hizo esa afirmación nunca tuvo una segunda fiesta de cumpleaños tan chula como la mía.
Ya sabéis que yo estaba al tanto de la sorpresa que me estaban preparando mis papás. Bueno, sabía que habría una fiesta, pero poco más. El secretismo de toda la semana unido a mis ganas de pasármelo bien me tenían hecho un manojo de nervios. Mi abuelo y mi papá andaban todo el día brocha para arriba brocha para abajo con manchitas de pintura blanca hasta en las orejas. Mi mamá, más artística, se pasaba las tardes con las manos llenas de cera de colores. Y mi tita Teresa vivía literalmente rodeada de toneladas de azúcar. ¿Qué estarían planeando? Afortunadamente conseguí colar en toda esta trama a dos infiltrados de pequeña estatura y menor sentido de la confidencialidad que me iban dando algún que otro chivatazo, mis primos Miguel y Alejandro. Aunque por mucho que se hubieran esforzado en darme detalles de lo que allí se estaba cociendo, cosa que seguro hubieran hecho a la perfección dado su extenso vocabulario a pesar de su corta edad, no lo hubiera logrado entender hasta que mis ojitos no lo hubieran visto.
Primero estaba el patio de la casa del abuelo, que había recuperado su viejo esplendor y se encontraba blanco inmaculado. El propio abuelo y papá se habían encargado de que el escenario de la fiesta estuviera en las mejores condiciones. Trabajaron mucho durante toda la semana y al final el resultado mereció la pena, más aún cuando llegó el equipo de decoración, capitaneado por mi mamá y la tita Lola, experta en estos menesteres. También contaron con la des-ayuda de Alejandro, que no paraba de decir, oh, oh, tenemos un problema… pero que al final puso su granito de arena haciendo lo que mejor sabe hacer, entretener al personal con sus ocurrencias. Colocaron unas guirnaldas de colores, unos globos y… un enorme dibujo del Baby Einstein!!! Eso era lo que hacía mamá por las tardes, pintar y pintar. Y allí estaban mis personajes favoritos: el león de melena de colores, el dragón de la lengua de trapo, la tortuga de las burbujitas, la mariquita cuentanúmeros… Los veía y no podía crérmelo, si eran casi tan grandes como yo!!!
Luego mamá colocó estratégicamente un rinconcito de juegos para que los más peques de la fiesta no nos aburriéramos y ya de paso dejáramos a los mayores comer y beber. Allí estaban mi arenero (rectifico, es una tortuga, no una rana), el tobogán, el balancín, el parque y hasta mi superpiscina de estrellitas, eso sí, sin agua.
La verdad es que todos mis amigos, primos y primos que no son tan primos nos lo pasamos pipa con los juguetes. Como ya os comenté en el post anterior el arenero en lugar de arena tenía bolas, pero aún así fue muy divertido, aunque mi cara en la siguiente foto no lo refleje. Pero es que mis odiados mocos, esos fieles “compañeros” que tan cerca de mí han estado este primer año de mi vida tampoco quisieron perderse tan magno acontecimiento. Menudo catarro me cogí.
Suerte que la compañía de los amigos y de la familia ayudaron a sobrellevarlo. Yo fui de brazo en brazo, contento y feliz recibiendo el cariño de tantos invitados. Hasta on line los tuvimos. Desde Barcelona y vía webcam, mis titos Alfonso y Ana también compartieron conmigo este día tan importante. Lástima que no pudieran probar también la paletilla ibérica que tanto éxito tuvo… ni la tarta!!! Porque tenemos el escenario, la decoración, los invitados y los regalos. Pero… falta la tarta!!!
He aquí, junto a mí, la gran protagonista de la fiesta:
Ccomprenderéis que merecería un post aparte, por su espectacularidad, originalidad y laboriosidad, pero bueno, como era parte de la fiesta, lo incluyo aquí. Fue un regalo de mi tita Teresa, que dice que aunque quisiera no podría pagarle lo que le costó hacerla: tiempo, calentamientos de cabeza y, como no, pasta gansa. Bueno, ella dice que ya tendré tiempo de hacerle muuuuuuuuuuchos recados
. Cuando la vimos mi mamá y yo casi nos da un soponcio de la impresión. Primero mis amigos del Baby Einstein en un cartel… y ahora en mi tarta, increible. Y lo mejor es que todo, absolutamente todo lo que veis se podía comer. Fue un regalo único y desde aquí públicamente quiero dar las gracias a mi tita por el esfuerzo y las ganas que le puso a semejante obra de arte:
Lástima que mis primos de Algeciras no hayan podido probarla (gracias por la foto!).
Y como fin de fiesta una piñata que yo no abrí porque mamá hizo que agarrara el lazo equivocado. Pero para eso estaba nuevamente el desayudante Alejandro, que tiró del lazo que la abría y provocó la locura en todos los niños.
Agotado pero feliz, después de esto di por concluida mi presencia en la fiesta. Necesitaba descansar y asimilar todas las emociones vividas.
Y soñar. Soñar con que todos mis cumpleaños sean tan especiales como el primero. Que pensáis, ¿creeis que lo conseguiré?




















