Primero se pone un pie
No hay manera. Mis papás se han empeñado en enseñarme a hacer monerías (como si yo fuera un monillo). Y digo si pueden ser persistentes.
Cada día siguen cantándome la dichosa canción del perrito y las palmitas y cada vez que salen por la puerta, aunque vayan a por un vaso de agua y vuelvan a los 20 segundos siempre se van mirando hacia atrás con el soniquete del adiós, adiós Leo, adioooooos. Y no, no quieren darse cuenta de que yo sólo aprendo lo que quiero y cuando quiero. No quiero hacer palmas, no quiero decir adiós. Ellos dicen que soy poco colaborador. Yo quiero pensar que soy autodidacta.
Pero lejos de rendirse ante esta infructuosa trayectoria, ahora vuelven a la carga con nuevos retos.
Mi papá quiere que el día de mi primer cumpleaños (para el que os recuerdo faltan DOS semanas) sorprenda a todos los invitados a mi fiesta y cuando él me pregunte ¿cuántos añitos cumple Leo?, yo levante mi dedito índice señalando el uno. Y así se pasa todo el día, persiguiéndome con la preguntita en cuestión y con el dedo de su mano (mucho más grande que la mía) extendido. Que no, hombre, ¡que no quiero! A mí déjame con mi tarta, mis regalos y mis amigos y ya volveremos a hablar del tema cuando vaya a cumplir cinco, que eso es más fácil.
Y luego está mi mamá. Mi relación con el lenguaje de los adultos comenzó estupendamente según ella, ya que para su sorpresa una de mis primeras sílabas fue ma-ma-ma. Y ella tan feliz sin saber que aquello iba a ser sólo un espejismo de un par de días. Ahora cada vez que me dice, venga Leo, ma-ma-ma, yo le respondo pa-pa-pa. Hala, te fastidias. Pero ya he dicho que pesados son un rato. Ah, ¿que no lo he dicho con esas palabras? Pues sí, son unos pesados. Así que ella insiste, ma-ma-ma. Y yo pa-pa-pa. ¿Me dejas en paz ya, no? Pues eso.
Pero lo peor de todo se está fraguando. Esto de los gestos y las palabras no supondrá ningún esfuerzo para mí el día que me decida a complacerles. Esto son minucias sin importancia comparadas con “El Gran Reto”: enseñarme a caminar. Porque andar implica movimiento, requiere esfuerzo, coordinación… ¡andar cansa! Con lo agusto que yo estoy en brazos, donde me llevan de un sitio a otro a mi orden de ummm, ummm, sonido que acompaño de movimientos bruscos de cabeza, cual hombre de Cromagnon, volviendo a los orígenes de la humanidad. Pero mamá dice que ya peso mucho (pues no me des tanto de comer) y que va siendo hora de que descubra el mundo por mis propios medios. Te arrepentirás de estas palabras madre.
Hace tiempo mi primo Alejandro ya intentó enseñarme. Yo creo que él es más indicado para hacerlo ya que es el miembro de mi familia que más reciente tiene esto de aprender a caminar. Me dijo, “mira Leo, primero se pone un pie y luego el otro, lo ves? Es muy fácil“. Fácil, dice. ¿Pero tú has intentado mover un cuerpo como el mío con una base tan pequeña (es que mis pies son un poco chicos)? Pues es bastante complicado. Además, como no me pongan algún aliciente delante como que no me motiva. Y ahí es donde entra en juego la pelota, ese objeto esférico de plástico que nos gusta tanto a los niños. Si me ponen una pelota delante ahí si puedo andar y casi correr (eso sí, de las manitas de un adulto). Yo no soy como los jugadores del Madrid, que sólo van detrás de la pelota cuando hay primas de por medio (y a veces ni eso). Yo corro detrás de la pelota… ¡gratis! Papá dice que eso tiene que cambiar. Que si no quiero ser piloto vale, que igual me apoyará si quiero ser futbolista. Pero eso sí, que haya pasta gansa de por medio porque seguro que voy a ser un crack, un galáctico de los de Florentino.
Y digo yo, ¿alguna vez me dejarán decidir algo por mi mismo? ¿Alguna vez dejarán de insistir en enseñarme gracias?
