Mi cumple: la minifiesta
Todo llega. Y todo pasa.
Y a veces pasa tan deprisa que ni nos damos cuenta. Mamá dice que suele pasar en los momentos importantes de la vida, esos que llevas esperando mucho tiempo, que cuando por fin llegan, los nervios, la emoción, las sorpresas, las risas o las lágrimas hacen que el tiempo vuele y cuando quieres darte cuenta, todo ha pasado.
Algo así ha ocurrido con mi cumple. Resulta que la cuenta atrás no era tan interminable como parecía y el día llegó. Y fue tan intenso y lo disfruté tanto que me supo a poco. ¿Por qué no será al revés? ¿Por qué los momentos buenos no duran una eternidad y los malos apenas unos segundos? Ay, menos mal que me quedan un montón de recuerdos almacenados en mi cabecita que, para no perder la costumbre ahora que tengo un año (y cuatro días), voy a plasmar en este blog para la posteridad. Y para cuando sea grande y las neuronas empiecen a fallarme, también.
El día empezó con un poco de sueño, pero con las risas y juegos habituales con papá, que tuvo la suerte de ser el primero en felicitarme despierto (mamá lo hizo a las 00:00, pero yo dormía a pierna suelta y ni me enteré).
Después a la guarde. No sé si os lo he dicho alguna vez, pero yo soy el niño más pequeño de toda la guardería, normal que me tengan mimado. Pero el día de mi cumple, más todavía. Comprendí lo importante que es para un niño el día de su aniversario, porque es el protagonista, porque todo el mundo quiere besarlo, abrazarlo, cantarle cumpleaños feliz… Mamá me preparó un regalito para llevar a mis compis de clase, a mi seño y a la dire. Todos los niños llevan chuches, pero a mi mamá siempre le ha gustado ser diferente y me preparó otra cosita. Así que tuneó una de las miles de fotos mías que tiene y la colocó sobre una pinza con forma de vaquita. Luego lo envolvió en un papel violeta y le puso unas estrellitas. Creo que mis compis hubieran preferido las chuches pero a mi seño y a la dire les emocionó mucho más la foto que además, ni caduca ni se pone rancio como los gusanitos que nos suelen dar. Es un recuerdo para toda la vida.
Ya en casa papá me dio su regalo. Creo que por fin ha entrado en razón y se ha dado cuenta de lo difícil que lo voy a tener para ser piloto de motos, más aún cuando ya he descubierto la pasión por el balón como ya comenté en este post. Así que para ir tomando conciencia de mi futuro como galáctico, me regaló una miniequipación del Real Madrid con mi nombre y el número 23 a la espalda. Sobra decir que yo lo luzco muchísimo mejor que David Beckham, dónde va a parar.
No os podéis imaginar la cara que puso mi mamá al entrar por la puerta, no sabía si llorar de la emoción de ver a su retoño el día de su cumple o reírse al verme todo de blanco. Al final opto por comerme a besos. Debo ser delicioso. Claro que, para cara la que puso mi abuelo, que es más del Barça que Joan Gamper, cuando aparecí por su casa vestido del eterno rival. Si le clavo un puñal por la espalda no creo que le duela tanto.
Después de mi siesta vespertina para recuperar fuerzas, más felicitaciones, más besos, más regalos. Mis primos Miguel y Alejandro y mis titas Lola y Teresa me regalaron un arenero superchulo con forma de rana que a falta de arena llenamos de bolas el día de la fiesta oficial. También me regalaron un balancín que creo tardaré un poco en poder dominar. Luego las primas de mamá y sus hijos, mis primos menos primos pero primos al fin y al cabo, me trajeron un correpasillos de Pigy que tiene un claxon en el volante con el que me parto de la risa. Y mamá, mi mami, me regaló un tobogán. No es tan grande como el del parque, pero al menos en este no tengo que hacer cola para montarme. Ni me da calambre, que en el otro hasta los pelos se me ponen de punta cuando lo toco (prometo foto).
Luego con mis primos más primos, mis titas y mis papás… soplé mi primera vela!!! Bueno, soplar, soplar, lo que se dice soplar, no soplé mucho, por no decir que no soplé nada, pero concentrarme sí que me concentré. Bueno (otro bueno) más que concentrarme lo que estaba era un poco impresionado. Y es que la situación no era para menos: yo, sentado en mi trona, vestido del Madrid, con un gorro incomodísimo de león en la cabeza, una tarta apetitosa delante de mí que no me dejaban coger y un montón de gente cantándome y haciendo palmas. Extraño, ¿no creéis?
Así que estaba un poco a la expectativa de lo que sucedía. Cuando vi que me quitaban el gorrito y que podía comerme la tarta comprendí que aquello, aunque en petit comité, era una fiesta!!!
Y para completar un día fantástico, un último y delicioso regalo: helado de chocolate!!!
Jo, como todos los cumpleaños sean tan divertidos como este… creo que nunca me cansaré de cumplir años!!!
Próximo post, Mi cumple: la macrofiesta
P.D. Gracias a TODOS los que me felicitásteis el día 23 (y a las dos retrasadas del 24, también). Me siento muy orgulloso y feliz de que haya tantas personas alrededor del mundo que me quieren. Un millón de besos (a repartir) para todos.




