Al sur del sur
Cuando eres bebé hay muchas cosas que no logras explicarte. Como cuando te montan en el coche en la puerta de tu casa, donde todo es conocido y familiar, y tras dar una cabezadita alentada por el run, run del vehículo despiertas lejos, en un lugar extraño y con el culete algo perjudicado. ¿Y dónde están los olivos? No cariño, aquí no hay olivos, aquí hay… AGUA.
¡Agua, agua por todas partes! Son las palabras que pronuncia el pulpo marinero al comienzo de Baby Neptuno. Y así es como pueden resumirse mis vacaciones. Sustituid al octópodo por un bebé y el traje de marinerito por un bañador y me tenéis a mí, el pequeño Leo ante la inmensidad del mar.
La cosa no empezó bien. Nada, nada bien.
3 de agosto de 2008. Se cumplían 517 años de la salida de Cristobal Colón de la cercana Huelva rumbo al Nuevo Mundo. Yo, ajeno a tal efeméride, me disponía a descubrir mi propio Nuevo Mundo, el mar. Quizás no lo sepáis, pero Colón y yo tenemos esto y otra cosa en común: nuestro dedo índice, siempre dispuesto a señalar cosas. Pero lo que no compartimos en absoluto, al menos durante esa mañana, fue la pasión por el mar. Lloré cuando mis pies tocaron la arena, lloré cuando mis pies tocaron el agua, lloré, me agarré con fuerza a mamá, lloré… y de tanto llorar, me dormí sobre ella como cuando era bebé. Esta vez con la brisa de poniente y el Peñón de Gibraltar como telón de fondo.
La impresión fue demasiado fuerte. Agua que venía hacia mí haciendo un ruido espantoso, arena que se me pegaba por todas partes, niños corriendo y salpicando… Y mis papás angustiados porque me imaginaban traumado ya de por vida. Pero no. Todo en esta vida lleva su tiempo, más cuando eres un niñito de un año, que aún afanado por descubrir y experimentar necesita tomarse las cosas con calma y tranquilidad, estudiar el terreno, observar, pensar cómo actuar… Mi siestecilla me sirvió para todo eso y cuando desperté, eso sí, sin separarme de mi chupe, me dispuse a darle una segunda oportunidad a aquello extraño que llamaban la playa. Pero desde lo conocido, la piscina.
El agua sabía diferente a la de casa, estaba salada. Mamá no me dejó probarla mucho, porque decía que iba a sufrir un choque osmótico, aunque toda mi insistencia era bebérmela. En esta piscina además no había estrellitas ni churros chillones, pero sí un cubo, un croasan, una barra de pan, un helado de tres bolas, una fresa y un montón de chismes más de plástico. Ah, y almejitas. El bicho no sé cómo estará porque no había ninguno pero lo que es la concha estaba deliciosa.
Si es que los niños somos fenomenales. A veces las cosas nos dan un poquito de miedo, pero sólo porque nos son desconocidas. Los mayores disimulan, pero yo sé que también les pasa lo mismo. Lo bueno de ser niño antes bebé es que el temor rápidamente desaparece cuando se trata de disfrutar y yo, que soy muy inteligente, esa misma tarde me di cuenta de que el agua y la arena no eran el enemigo y de que realmente podía pasármelo muy bien allí. Así que superado el no-trauma… a rebozarse!!!
La de cosas que se pueden hacer en y con la arena: construir castillos, gatear, andar, descansar, comérsela… Aquella tarde éramos la familia croqueta, con arena por todo nuestro cuerpo. Fue muy divertido, sobre todo porque mis primos jugaron conmigo.
El tema del agua me costó un poquito más de superar, pero sólo porque estaba bastante fría para mi gusto. Afortunadamente teníamos cerquita la alternativa al agua salada: una superpiscina de agua menos fresquita que me fascinó. En cuanto la vi quise tirarme de cabeza, pero ahí estaban mis papás chafándome la diversión. Decían que si mi bañador no estaba homologado o no se qué. Excusas. ¿Quién no va a aceptar un bañador de rallitas con hipocampo estampado? Si es lo más. Al final los convencí. Primero me dejaron meter los pinrelillos y yo venga a chapotear feliz porque allí se podía salpicar cuanto quisieras. Luego mamá hizo el fueraborda conmigo. Qué risa. Y finalmente conseguí darme un chapuzón en toda regla.
Y aunque el agua ocupó gran parte de mi viaje, hubo tiempo para otras actividades igual de emocionantes. Como mi encuentro con mi amiga Alba junto a cientos de palomas que se hacían caca en la camiseta de papá en la Plaza Alta de Algeciras. Alba es sólo 13 días mayor que yo pero ya corre que se las pela. Y hace palmitas y guiños, y dice adiós, adiós con la manita. Es muy despierta y risueña y… muy guapa. Y eso lo digo a pesar del enorme chichón que tenía en la frente después de haberse caído el día anterior y golpearse dos veces en el mismo sitio, lo cual me hace suponer que también es una chica dura. Alba vino con sus papás y todos nos lo pasamos genial aquella tarde.
Y sí, fuimos a IKEA. Fue el colofón a un viaje plagado de descubrimientos. Quizás sea por influencia de mamá, pero a mí no me pareció un sitio tan aburrido como dice papá. Todo lo contrario. Está lleno de miles de cosas que se pueden tocar y… nadie se enfada si lo haces!!! Probé todos los sofás, las camas, los juguetes de la zona de los niños y hasta las famosas albóndigas suecas (que es lo único que a mi papá le gusta de IKEA). Y mi mamá encantada de la vida. Aunque yo creo que hubiera disfrutado más yendo ella solita o con sus hermanas como solía hacer. Así que la próxima vez seguramente me dejará con papá que ya sabéis no le va este rollo escandinavo.
Y este ha sido mi viaje. Corto, intenso y muy divertido. He disfrutado, he jugado, he reído, he comido (arena incluida en el menú), he visto aviones, gaviotas…
Contemplé el mar con ojos heredados de marino…
… y lo acaricié con mis pies…









