Paradojas del caminante
En el post anterior quedó perfectamente demostrado cuál es mi última hazaña, ¿verdad?. Si es que ya lo dicen, que vale más una imagen que mil palabras. Por eso fui tan breve, porque preferí mostrar lo que he conseguido a explicarlo. Eso fue el otro día. Pero ahora que ya está claro el tema de mi caminar en solitario, pasemos a los detalles. Que yo soy un niño muy completo y tengo que dejar constancia escrita de mi entrada en la era bípeda.
Todo comenzó hace unas cuantas semanas. Lo de los paseitos brazos en alto agarrado de las manos de mis papás lo tenía superado. Además, estaba frito ya de ir en esa posición tan incómoda. Ahora entiendo por qué ningún adulto camina con los brazos extendidos hacia arriba, aparte de ser absurdo es cansadísimo. Así que se imponía la siguiente fase: andar de una manita. Mamá decía que era demasiado pronto, que mi centro de gravedad aún no estaba centrado, nunca mejor dicho. La verdad es que un poquito de razón sí que tenía, sobre todo cuando me tropezaba o me desestabilizaba y me ponía a girar sobre mí mismo como si fuera una peonza. Pero no iba a cejar en mi empeño, ni me iba a rendir. Yo tenía que caminar solito como que me llamo Leo. Así que una vez controlado lo de la manita que me controlaba mi obsesión fue zafarme de ella. Sí, sí, sólo quería que me soltaran para lanzarme a lo desconocido. Y digo lo de lanzarme literalmente, porque creo que primero he aprendido a correr que a andar. Es el ansia, que me ciega. Finalmente lo conseguí, conseguí que me soltaran para demostrar que podía hacerlo, que yo también sabía andar. Los gritos de mis papás debieron oírse en kilómetros a la redonda, caray, qué alegrón que les di. Supongo que los padres del Homo erectus lanzarían sendos rugidos de emoción cuando vieron a su criatura erguirse por primera vez para caminar sobre sus dos patas traseras.
Lo único es que hay una cosa que no me explico. Aquéllo, lo de erguirse, supuso una revolución en la historia de la humanidad, ¿no? Entonces, ¿por qué si fue tan importante el que andásemos sobre dos patas… ahora vamos a todos sitios montados? Yo lo veo, a los bebés nos montan en silletas y los adultos se pasan el día en el coche, hasta para ir a comprar el pan a la calle de al lado tienen que hacerlo motorizados. Tanto entusiasmo cuando uno comienza a andar y luego ¿para qué?
A mí me gusta montar en coche, pero no para desplazarme, no. A mí lo que me gusta, literalmente, es montarme en el coche. Me colocan en el asiento del conductor y ahí soy feliz. Enciendo y apago el aire acondicionado, la radio, cambio de emisora, saco el cd, lo meto, le doy a los limpiaparabrisas, toco el claxon con mi barriga, le doy a los intermitentes, me agarro a la palanca de cambios, abro y cierro el parasol y el techo panorámico, enciendo las luces de posición, las largas, las de emergencia y…¡hasta lo arranco! Sí, no sé cómo lo hice, pero el otro día arranqué el coche yo solito. Menudo susto le di a mamá. No puedo evitarlo, me emociono cuando veo el coche. Es ver las cuatro ruedas y comienzo a agitar como loco mis piernecitas. Que palmitas no se dar, pero lo que es mover las piernas como señal de alegría… ahí no me gana nadie.
Mamá dice que cuando tenga que hacerme 70 km cada día como ella para ir a trabajar (y otros 70 para volver a casa) seguramente las lucecitas y botones varios del salpicadero no me gustarán tanto. Es más, que los aborreceré. Pero como de momento eso no ocurre… ¡dejadme las llaves de vuestros coches que me voy a dar una vuelta!

