Vuelta al cole
Alguien debería haberme avisado que las vacaciones no duraban eternamente, que los papás y las mamás tienen que volver al trabajo y los peques al cole. ¿Por qué? Pues no tengo ni idea, es una de esas cosas crueles de la vida que nunca entenderé, por más años que tenga. Creo que la culpa es del tal Adán ese. Si no hubiera sido por su enorme falta de personalidad no se habría dejado liar por la viciosilla de Eva para hincarle el diente a la manzana prohibida. Que cipote. Y ahora todos tenemos que pagar las consecuencias. Con lo a gusto que estaríamos en el Paraíso, en pelotilla todo el día (como mucho con pañal los que aún no sepamos controlar esfínteres) sin tener que dar un palo al agua, con manjares a diestro y siniestro… felices como perdices. Pero no, la tuvo que fastidiar y por eso ahora yo tengo que ir a la guarde.
Lo peor es que en un mes la cosa ha cambiado un montón. Ahora ya no soy el peque y he perdido mis privilegios de mimos y atención. Papá dice que así es mejor porque puedo hacerle novatadas a los chicos, pero yo no estoy de acuerdo. Mi seño ya no es mi seño, ahora es la de ellos. Yo tengo dos nuevas. Las había visto por la guarde, así que no son unas desconocidas, pero no sé, aún como que no nos entendemos. Para colmo en lugar de tener sólo siete compañeros ahora tengo como quince o veinte. Aquello es un caos, y eso que ahora estamos en lo que llaman “periodo de adaptación” y vamos sólo la mitad en turnos de dos horas durante dos semanas. Que digo yo, la adaptación será para ellas, para las seños, porque a mí una vez que me “abandonan” ahí qué mas me da quedarme dos que cinco que seis horas…
Ayer fue el primer día. Como novedad tengo que decir que por primera vez entré andando solito a la clase. A ver, tenía que demostrar lo que he aprendido en este mes de vacaciones. Al principio bien, reencuentros, risas, juguetes nuevos… pero cuando vi que papá se marchaba la cosa se fastidió. Hice un pucherito, aunque no rompí a llorar porque no quiero que piensen que soy un cobardica que el culo le pica. Mantuve la compostura y allí me quedé. Y como yo soy un hombre de costumbres y a esa hora tocaba mi minisiesta, me tiré en un colchón que encontré y me quedé frito. Hoy lo he vuelto a hacer, y por lo que se ve parece que ese colchón y yo nos vamos a llevar bastante bien. Eso sí, las lágrimas no las he podido aguantar más y cuando han ido a recogerme allí estaba yo enganchado a la pierna de mi ex-seño (en la otra estaba mi amigo Juan Antonio, que es de los nuevos) con un berrinche de cuidado. Al final me adaptaré, con periodo o sin él, pero hay que ver lo que cuesta.
Aquí pongo una foto de mi primer día de clase, aún en casa, con mi mochila de La Vaca Connie y mi cara de “uy que bien, parece que nos vamos de excursión”. Sí, sí, de excursión…
Maldito Adán…

