Milagro en la hominidad
Corría el mes de noviembre del año pasado. Por aquel entonces tenía apenas tres meses y celebraba mi primer santo. Aún no estaba familiarizado con esto de las onomásticas pero ahora ya sé que son días en los que la gente que te quiere te felicita y te hacen regalos. Lástima que sean sólo una vez al año. Yo les digo a mis papás que me podían haber puesto un nombre de la realeza, como por ejemplo Leo Esteban Jesús Felipe Pablo Manuel de Todos los Santos, así hubiera tenido un montón de días para celebrar. Pero no, ellos se quedaron en Leo. No Leopoldo, ni Leonardo, ni Leocadio… no, no, Leo “a secas”. Qué trabajo les hubiera costado, si total, cuando te haces el DNI te cobran lo mismo independientemente del número de nombres que tengas. No es como Florentino, que por inscribir tu nombre en la camiseta del Real Madrid te cobra 4 euros por letra. Sin suda alguna la Policía Nacional necesitaría un gurú financiero como Don Florentino, seguro que les iba a ir mucho mejor.
Pues el día de mi santo mis papás me regalaron un monillo muy gracioso aunque un tanto cabezón. Al simio en cuestión le aprietas las orejas y emite unos ruiditos la mar de simpáticos y con los que yo me tronchaba de la risa. Monillo y yo éramos amigos y jugábamos juntos cada mañana cuando me despertaba. Hasta que un día enmudeció. No sé lo que ocurrió, ni cómo ni por qué, pero monillo dejó de chillar. Tal vez se quedó afónico, o comenzó una huelga indefinida para reclamar una subida salarial (al fin y al cabo no le pagaba nada por entretenerme), o cayó en una profunda depresión… quién sabe. Papá decía, eso es de las pilas. Así que le cambió la alimentación, que hay que ver qué cosas más raras comen los homínidos. Pero ni por esas, monillo seguía enmudecido. Así que a rey muerto, rey puesto. Tenía un montón más de juguetes y no era cuestión de que el duelo durara eternamente. Con pena, eso sí, monillo pasó a ser un simple objeto decorativo de mi cuna.
De vez en cuando mis papás me lo ofrecían para que jugara con él, decían que no se podía dar de lado a un amigo que lo estaba pasando mal, pero la verdad, para mí ya no era lo mismo. Hasta el otro día…
Acababa de salir del baño. Como siempre me enfado mucho porque lo que a mí me gusta es estar en remojo, pero mamá se empeña en sacarme porque dice que me estoy arrugando. Me llevó a su cama para secarme, vestirme, peinarme… en fin, esas cosas del aseo diario. Para entretenerme me dio a monillo. Pero yo estaba muy cabreado y ni mono ni nada quería. Así que con muy mala leche le arreé un castañazo y… oooooh, volvió a chillar!!! Yo me quedé estupefacto, mamá se quedó estupefacta. Rápidamente llamó a papa: el monillo ha resucitado!!! Leo ha resucitado a monillo!!! Yo no entendía lo que allí estaba ocurriendo, caras de asombro, risas… y mi mono que chillaba de nuevo. Dejé de estar enfadado, ya no me acordaba ni que tenía que vestirme (con lo poco que me gusta) porque mi amigo el mono había vuelto, con sus ojos grandes, sus manos de goma, la nariz roja y su enorme sonrisa. Ay mono, cuánto te he echado de menos…
Mis papás aún tratan de buscarle una explicación a lo ocurrido. ¿Es posible que monillo sólo necesitase un buen meneo para salir de su estado de shock? Es posible. Por si acaso mamá ya me ha dado su PDA para ver si consigo devolverla al mundo de los vivos, que después de un lavado, un aclarado y un centrifugado en la lavadora, la pobre también se nos murió. No me preguntéis cómo llegó hasta allí, la culpa es de mi madre. Vale, yo si quieres le meto un viaje, pero si no lo consigo luego encima no me castigues por destriparla, que tampoco es que sea el niño-milagro!!!


