Cosas que sé hacer yo solito
Y ya el título lo dice todo.
Hace mucho que no escribo sobre mis bebe-avances, como diría mi amigo Àlex, esas cositas que uno va consiguiendo conforme se hace mayor y de las que conviene tener constancia por escrito, que ya se sabe que las neuronas se van atrofiando y pasado cierto tiempo ya no recuerda cuando fue que las aprendió. En estos casos se puede recurrir a otra persona que te refresque la memoria, como las mamás, que dicen que se acuerdan de todo. Pero la mía está ya paúsica y su memoria empieza a fallar. Un día de estos se va a dejar la cabeza en casa y sólo se va a dar cuenta cuando no tenga donde ponerse las gafas de sol.
Bueno, a lo que iba, unas cuantas cosas que sé hacer yo solito:
1. Caminar – La más importante, la que ha supuesto la verdadera revolución en mi vida. Sin duda un pequeño paso para la humanidad, pero uno enorme para el pequeño Leo.
2. Ponerme de pie sin agarrarme a nada – Que parece fácil, pero no lo es tanto. Es un ejercicio que requiere de esfuerzo, concentración y coordinación. Hay que apoyar las manos, arquear la espalda como un gato asustado… y aupa!
3. Bajar – ¿Bajar de qué? Pues de todo lo que previamente he subido: un sofá, la cama, un escalón… Para esta acción recurro al gateo inverso, es decir, marcha atrás. Y cuando mis piernas comienzan a colgar en el vacío me deslizo lentamente hasta que los pinrelillos tocan el suelo.
4. Hacer palmas – Sí, por fin! Cualquier cosa con librarme de la canción del perrito esa. A veces las hago combinadas con el punto 1, lo cual me desestabiliza bastante y me hace volver a la fase borrachina, esa en la que iba dando tumbos. Por comodón prefiero chocar los 5, así sólo tengo que usar una mano.
5. Apagar y encender la tele – A mis papás esto les saca un poco de quicio. Y menos mal que lo que no saben es que lo que intento sutilmente es acortar la vida útil del aparato para que así me compren una de esas enormes y superchulas de pantalla plana para ver mis Baby Einstein como en el cine. A veces mando la sutileza a paseo y directamente me lio a aporrearla con algún juguete, pero nada. Qué duros son estos cacharros de tubo.
6. Agacharme y volver a ponerme de pié – Y lo hago bien, eh? Nada de doblar la espalda, que luego las lumbares se resienten. Yo me agacho flexionando las rodillas. Muy útil para recoger objetos.
7. Peinarme – Si veo mi cepillo, ese de púas suavecitas que acaricia mi cabello a cada pasada, lo cojo y me lo llevo a la cabeza. A veces me doy con las púas, otras con la parte de plástico, pero no importa porque seguro que igualmente me veré guapo. Sólo tengo que decidir ¿la raya a la derecha o a la izquierda?
8. Abrir y cerrar – Puertas, cajones, cajas… nada se me resiste. Hasta he aprendido a abrir la lavadora, eso sí, si no está en funcionamiento. Cuando está en marcha no hay manera oye, con lo divertido que tiene que ser ver desparramarse toda el agua, jejeje.
9. Comer solo. El maravilloso invento de las cenas sólidas me ha permitido desarrollar esta habilidad. Tenedor a la boca, eso es lo que he aprendido.
10. Usar las manos ajenas – Si hay cosas que no logro por mí mismo siempre busco una mano ajena que lo haga por mí. Un ejemplo: sé que las llaves abren puertas y cuando yo quiero salir a la calle busco algunas y se las doy a mamá o papá en la mano para que ellos lo hagan. A veces lo consigo, otras no, pero eso ya no depende de mí!
Uf, qué de cosas sé hacer ya. Recordarme a mí mismo que todas las aprendí entre los trece y catorce meses de vida, que ya he dicho que luego no me acuerdo.
Y ahora una foto demostrativa del punto 9, ñam, ñam.

