Ayer y hoy
Las pirámides de Egipto, el Coliseo Romano, el Partenón, la Alhambra… No, no estoy haciendo una lista de los monumentos que tengo que visitar, aunque ya puestos, también. Solo que lo dejaré para un poquito más adelante, para cuando ya no tenga que viajar en sillita homologada por ejemplo.
La cosa va de monumentos, también llamados edificios con historia: la suya y la de los lugares y gentes en los que se encuentran. Va de unas cuantas piedras bien colocadas que han aguantado estoicamente el paso del tiempo y que seguro guardan grandes secretos de la humanidad. Porque ya se sabe que las piedras no hablan. En mi pueblo tenemos algunos muy antiguos, como las Torres Oscuras o nuestra Iglesia, que también tiene unos cuantos siglos a sus espaldas. Otro día hablaré de ellos, porque lo que quiero contar es la historia de mis propias piedras.
Hoy voy a hablar de la casa de mi abuelo Paco, que está justo enfrente de donde yo vivo con mis papás, y más concretamente de su puerta. ¿Y qué tiene de importante una puerta? Uf, pues mucho. A ver si no por dónde íbamos a entrar a los edificios, ¿por las ventanas como vulgares ladronzuelos? ¿Por la chimenea como el gordito de rojo? No, se entra por la puerta como Dios manda, y si es llamando primero mejor (esto me lo han enseñado mis papás).
Pues la puerta de la casa de mi abuelo guarda muchas historias porque ya ha visto pasar por ella a tres generaciones. Mi mamá y sus hermanos crecieron en ella, en la puerta, porque antes no había tantos coches ni tanta tele ni tanta consola y se pasaban el día allí jugando: a la pelota, a la comba, a las muñecas, a hacer barro (también llamado gachulete), a tirarse cuesta abajo, a contar coches… Casi siempre lo hacían en compañía de sus primos ya que la mayoría vivían en la misma calle (y los que no, siempre bajaban). Qué suerte. Mis primos no viven en mi calle, ni en mi pueblo, algunos ni siquiera en mi misma provincia. Creo que se lo pasaban muy bien.
La puerta de la casa de mi abuelo ha sido testigo hasta de una boda, como la de mi tita Lola y su primo Juan. Vale que sólo tenían seis o siete años y la ceremonia sólo era la excusa para disfrazarse y celebrar una merienda, pero oye, igual cuenta.
En la puerta ha habido muchas despedidas, pero también muchos reencuentros, que son los que más alegría nos dan.
Mamá me dice que tengo que contar estas cosas que ella me chiva porque dicen que también son parte de mí. A ver si papá un día se anima y me cuenta alguna historia parecida, y que sea rápido que últimamente se le olvidan muchas cosas!
Ahora soy yo el que más disfruta de la puerta de mi abuelo, aunque cuando vienen mis primos muchas veces nos bajamos juntos, Miguel persigue bichos y Alejandro vuelve del mundo virtual en el que vive últimamente para inventar cualquier juego. Pero yo voy cada tarde, y nunca me aburro. Hasta he merendado sentado en los escalones y me he paseado en pañal cuando el calor de este verano apretaba. Por eso le digo a mi abuelo que en consideración debería dejarme la puerta en herencia a mí, y ya puestos, la casa, porque ¿qué sería de una puerta sin casa y viceversa? Pues nada. Pero mi tita Teresa dice que de eso nanai, que es ella la que tiene más derecho a heredarlo todo puesto que fue la única que nació en esas nuestras piedras. Veremos a ver en qué acaba la cosa


