El descanso del guerrero
La guerra contra el ejército invasor de mi cuerpecito duró un par de días más, siete en total, tal y como estaba previsto. La batalla final fue dura, cruenta, pero gracias al apoyo de última hora de mi Doc 60, que acudió a nuestra llamada de auxilio recetario en mano, logré derrotar al enemigo. Aún colean los efectos de la tragedia, unos mocos y algo de tos, pero el resto está superado. Y como no, con recompensa final en forma de mi primer molar, el inferior izquierdo para ser más exactos.
Tras una semana de lucha tan intensa y aprovechando que este finde venía con día extra, decidí que me merecía un descansito lejos de casa, un viajecito. Cogí mi mochila de la guarde, la de la vaca Connie, y sin más me dispuse a salir de casa. Pronto comprendí que aquello sería imposible porque para empezar, por ejemplo, no llego a la cerradura y por más que quise ni con mis poderes mentales pude abrir la puerta. Así que recurrí al plan B, papá y mamá, que a los pobres también hay que sacarlos de casa de vez en cuando. Le dije a mamá que buscara un sitio chulo para ir y que nos saliera bien de precio, que ya se sabe que con esto de la crisis hay que ahorrar. No te preocupes, me contestó, conozco el lugar ideal. Y vaya si lo era. El lugar al que fuimos es muy confortable, coqueto y muy limpio. Tiene unas vistas estupendas y todas las instalaciones son nuevas. El restaurante posee una carta exquisita y el personal es enormemente agradable y cordial. Y lo mejor de todo es que era tan barato, tan barato… que era gratis!!! Pero si alguien está pensando en buscar este hotelito tan chulo en alguna guía de viajes que se vaya olvidando porque es total y absolutamente exclusivo. El “Casa tita Lola (y Antonio)” sólo abre sus puertas a los más allegados como mis primos o yo mismamente.
Es curioso que sea la tercera vez que voy a Madrid y aún nadie me haya llevado a ver las cosas típicas como el oso y el madroño, el kilómetro cero, la Puerta de Alcalá o el Santiago Bernabeu. Pero mucho más extraño resulta que a mis 15 meses de vida haya visto ya dos IKEA diferentes. A este paso le voy a quitar a mamá su record Guiness de “a ver quién es el que visita más tiendas suecas de muebles con nombres impronunciables junto a un marido resignado”. Ella (y él por extensión) ya lleva cinco diferentes: Alcorcón, Sevilla, Murcia, Málaga y ahora la nueva, Madrid Este. Lo suyo comienza a ser patológico creo yo. Esta vez la excusa era comprar unos muebles para mi futura habitación. Quizás debiera dejar a papá escribir algún día en este mi blog las aventuras de mamá en IKEA o de cómo es posible estar una hora de reloj en la misma esquina decidiendo qué mueble llevarse. Afortunadamente, yo tenía cosas mejores que hacer en ese rato como echarme mi primera siesta oficial en mi nueva sillita. Esta:
De las cuatro horas restantes que permanecimos en el interior de la tienda de las letras amarillas mejor no hablo. Aunque bueno, la verdad es que tampoco estuvo tan mal, hasta un perrito caliente me comí y todo, más contento que me puse… Aunque donde me lo pasé bien de verdad fue en una tienda de juguetes que fuimos y en un centro comercial con un montón de columpios y cacharros:
Quién diría viendo estas fotos que apenas unos días atras estaba poseído por el lado oscuro, eh? Una muestra más:
Feliz, esa es la palabra que mejor define mi estado de ánimo desde el pasado jueves. A ver, tengo mis momentos, como todo el mundo, pero en general podemos decir que este ha sido el fin de semana de la sonrisa… y de la risa!!!



