De la tierra y del mar
Hace dos semanas visité a mi amigo Doc para la revisión de los 15 meses. Bueno, también tuve el (dis)gusto de acudir a su consulta hace una semana, y ayer… siempre en miércoles. De no ser porque no hay ninguna marmota de por medio pensaría que estoy viviendo siempre el mismo día de la semana. El caso es que en la primera visita se confirmó lo que todos ya sabemos, que a pesar de los achaques causados por el imperio de los virus estoy hecho un torico. Para aquellos que guste de datos concretos les diré que aquél día la báscula alcanzó los 11,3 kg y el metro se estiró hasta los 76 cm. Mamá dice que tengo tipo de españolito de los sesenta, chiquitillo y regordete, pero yo creo que tengo un cuerpazo impresionante.
Pues ese día, por fin, se abrió oficialmente la veda para probar dos nuevos alimentos: el huevo y el pescado. Ya era hora, que estaba harto de ver cómo los demás niños de mi edad se ponían ciegos de tortillas y barritas de merluza y yo na de na. Lástima que justo en ese momento mi sistema digestivo decidió volverse del revés por culpa de ya sabemos quién y otra vez tocaba esperar. Hasta ayer. Después de nuestra visita al Doc nos fuimos a uno de esos centros comerciales donde se puede comprar casi de todo a casi cualquier hora del día. Mientras yo jugaba con los frigoríficos interminables donde ponen los yogures (un día de estos pillaré una pulmonía porque no hay manera de sacarme de ahí) y cambiaba los paquetes de arroz de sitio, mi mamá me compró un lenguadito la mar de hermoso que por la noche hizo a la plancha. Y, ¿qué pasó con él?
a. No quise ni probarlo.
b. Lo probé un poquito pero al momento lo escupí.
c. Me comí la mitad.
d. Me lo comí enterito.
e. No dejé ni la raspa.
Podría decir que la respuesta correcta es la e, pero no quiero ser exagerado. Así que aceptaré por válida la d. Y eso significa que… I love pescaito! Ya verás cuando vuelva a Cádiz, donde mis papás me han contado que lo preparan fritito como en ningún sitio lo hacen, oh, me voy a poner las botas.
Y hoy, el huevo. En mi caso la duda está resuelta, vino después que la gallina, que ya la probé hace mucho tiempo. De nuestra visita a Madrid, además de medio IKEA, nos trajimos unos huevos de corral que le habían regalado a Antonio en su pueblo, así que más frescos y sanos imposible. Bate, bate, bate et… voilà, una deliciosa omelette lista para tomar. En este caso las posibles opciones sobre el resultado son:
a. No quise ni probarla.
b. La probé un poquito pero al momento la escupí.
c. Me comí la mitad.
d. Me la comí enterita.
e. No dejé ni el cascarón.
¿La d otra vez? ¿La c? Pues para ser exactos la respuesta correcta es la c-d, es decir, me comí un poco más de la mitad pero no toda. En mi defensa he de decir que era un señor huevo, vamos, que no quisiera yo tener que decirle pita, pita al monstruo de gallina que debió ponerlo… Mamá dice que si así me ha gustado espere a comerme un huevo frito de esos rizaillos hecho con un buen aceite de oliva de nuestro pueblo y con un trozo de pan al lado para mojar la yema, que entonces descubriré uno de los mayores y más baratos placeres de este mundo. Papá no opina porque de todos los alimentos del mundo mundial el único que no le gusta es el huevo.
Por cierto, ayer en mi visita número tres al Doc lloré tanto y con la boca tan abierta mientras me vacunaba de la gripe (común) que a mis papás les dio tiempo a revisarme toda la boca para buscar nuevos inquilinos. Y hubo sorpresa, descubrieron que el primer molar tiene un vecino en la planta de arriba, bien!!!

