Osito ha vuelto
Por fin ha llegado el frío de verdad. Pero no penséis que eso me entusiasma demasiado, no. Yo soy más bien de veranito, con su piscina, sus terrazas y sus helados. De ir ligerito de ropa y no como ahora, que hemos recuperado el estilo cebolla y ando todo el día empaquetado, que parezco el Mazinger Z ese que tiene la tira de años.
El frío además nos obliga a pasar más tiempo en nuestra casa medio sueca y menos en la calle, cosa que llevo mal, muy mal. Me agobia, me aburre, me irrita. Mis papás intentan explicarme que fuera ya no se puede estar, a menos que quieras coger una pulmonía o alguna variante abecedárica de la gripe. Y yo los entiendo, pero ¿y quién me entiende a mí? Sé que tengo un montón de juguetes, que vemos dibujitos en la tele, que mamá me lee cuentos, que papá hace escupir bolas a Barrancas… pero no es suficiente, yo quiero calle.
Así que cuando ya he alcanzado el límite de lo insoportable no queda más remedio que coger las llaves, abrigarse y hala, a pasar frío. Bueno, eso ellos, porque a mí me forran de la cabeza a los pies y allí no se cuela ni la más mínima ráfaga de aire.
Y para la cabeza precisamente hemos recuperado un viejo conocido: el gorro de osito. Apenas tenía 3 meses cuando el primero llegó a mi. Era de la talla más pequeña que había, y aún así me estaba un poquito grande. Osito primero y yo pasamos buenos ratos el invierno pasado: vimos nevar por primera vez, me acompañó en mi primera cabalgata de reyes, asistimos a las hogueras de San Antón… Siempre que lo llevaba puesto la gente me miraba y sonreía. Estaba irresistiblemente mono con él. Además era suave y calentito, y cumplió a la perfección su importantísima misión, proteger mi calvorota del frío jaenero. Pero a medida que pasaba el tiempo mi cabeza crecía, lógico por otra parte, puesto que cada vez era más listo, de modo que osito primero se me quedó pequeño. Fue entonces cuando lo sustituimos por mi chullo. Que yo pienso que también me quedaba genial, tan colorido y con esa pelota de lana colgando. Pero mi mamá seguía echando de menos a osito. Así que cuando en nuestra última visita a Madrid fuimos a la tienda de los ositos y lo vimos en las estanterías… bueno, qué emoción. Sin pensárselo dos veces mamá lo agarró y se fue para la caja con la tarjeta esa milagrosa de plástico. Comenzaba el reinado de osito segundo.
Sólo espero que esta “tradición” no se repita durante muchos años más, que mi mamá con lo que se aferra a ellas es capaz de prolongar la dinastía hasta osito decimoséptimo por lo menos. Oh Dios mío, me veo yendo al instituto con orejitas.
¡¡¡ SOCORRO !!!

