Buscando a nena
Hace poco mi mamá, en su afán por mantenerme al día de lo que ocurre en el mundo mundial, me contó una noticia que había escuchado o leído por ahí (ya no se acuerda, para variar). Era una de esas noticias curiosas que hasta a los más pequeños como yo les hacen plantearse por qué hay gente que dedica su tiempo a investigar las cosas más extrañas. Y lo que es peor, por qué o quién invierte su dinero en eso.
Pues resulta que la información en cuestión versaba sobre unos científicos alemanes que habían llegado a la conclusión de que los bebés (me incluyo, aunque ya sea más un niño) lloramos en nuestra lengua materna. Es decir, que mi buaaaaa-buaaaa no es igual que el buaaaa-buaaaa de un chinito, ni que el de un francesito ni que el de un suequito. Bueno, lo mismo con los escandinavos sí que se nota más, que igual estos lloran diciendo ikeaaaa, ikeaaaa. El caso es que se supone que yo lloro en castellano. Aún no sé sí lo hago en el castellano con acento jaenero de mi mamá o con el acento gaditano jaenerizado de mi papá. Sea como fuere, si esto fuera cierto ellos deberían entenderme, ¿verdad? Pues no. Por eso cuando lloro porque tengo sueño ellos van y me dan de comer. Cuando lloro porque tengo hambre ellos se ponen a jugar conmigo. Y cuando lloro porque quiero jugar van y me cambian el pañal. No, definitivamente no nos entendemos, así que lo mismo me daría llorar en chino mandarín, en arameo o en swahili que seguiríamos teniendo el mismo problema. Por eso, y ya que a ellos no los veo muy por la labor de aprender el idioma llantil, he decidido que seré yo el que dé el paso y aprenda su lengua. Después de conseguir mantenerme sentado y luego de pié, después de lograr caminar y comer sólido, este es mi nuevo reto: hablar.
Bueno, hablar por hablar tampoco es eso. El objetivo en sí es comunicarme, hacerme entender, vamos. Y creo que lo haré en castellano, además de por ser el idioma de mis papás, porque es uno de más ricos y completos del mundo. Ahí, que se note que soy un tío valiente capaz de enfrentarse sin miedo al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Y eso a pesar de los esternocleidomastoideos y paralelepípedos, la otorrinolaringología y el seudohermafroditismo. Nada, no hay dolor. Si hay que aprender a hablar, se aprende. Aunque eso sí, dejadme empezar por algo más facilito. Por ejemplo con mamá, papá, tata, patata, caca… O con nena, a quien últimamente ando buscando todo el santo día. Si alguien la encuentra, por favor, que me lo haga saber para poder pasar a la siguiente lección, ¿vale?
