El grajo ha vuelto
Pues nada, que parece ser que el grajo ese del año pasado ha decidido que era hora de volver. Digo yo que debe ser como la gente del turrón que anuncian en la tele, que cuando va llegando la Navidad se lían a hacer maletas para volver al pueblo a ver a la familia. El pajarito en cuestión, que por fin averigüé que era un pipi, debe tener mucha por aquí porque se instala por estas fechas y no se larga por lo menos hasta abril (con suerte), y eso son muchas horas de visita: primos, tíos, abuelos, hermanos, sobrinos, tíos abuelos, abuelos tíos… Aún desconozco si sigue volando bajo o no, pero lo que he comprobado nuevamente es que las consecuencias de su presencia se traducen en que hace frío, mucho, mucho frío y por eso cuando llueve el agua, por arte de magia, se transforma en unas pelotillas blancas muy ligeras y graciosas, la nieve.
Esta vez ya estaba preparado. La señorita del tiempo y la página alemana que mi abuelo consulta y que le da la predicción más fiable (aunque no entiendas ni papa de alemán) lo llevaban anunciando varios días: una ola de frío siberiano venía derechita a España. Que si las temperaturas iban a bajar no sé cuánto, que si el viento provocaría una sensación térmica de menos tantos grados, que si iba a nevar… Vamos, vamos, no quisiera yo vivir en la Siberia esa de donde nos mandan las olas de frío. Que ya podían enviar otra cosa, digo yo. Como nosotros, los españoles, que exportamos nuestro sol y nuestras playas, nuestros monumentos, nuestros jamones de patané, a Antonio Banderas, a Pau Gasol… cosas de lustre hombre. Y pobres niños de la Siberia, no quiero ni pensar lo mal que lo deben pasar cada vez que sus mamás los tengan que vestir. Es yo con tres capas para estar en casa y cuatro para salir y me pongo de los nervios…Y a la hora de dormir más de lo mismo. Yo pensaba que con mi súper nórdico made in Suecia todo estaría solucionado pero qué va, nada más lejos de la realidad. Mi mamá ha decidido añadir además una mantita y se empeña en remeterlo todo bien hasta dejarme completamente aprisionado y sin poder moverme. ¡Qué agobio!
Menos mal que cuando vamos a casa de mi abuelo y encendemos la chimenea las tres capas se convierten sólo en dos y yo puedo moverme con más libertad. Para ese momento tenemos un indicador infalible: mis coloretes son los encargados de informar cuándo ha llegado la hora de despojarse de la prenda más externa. Y yo, tan feliz salón arriba salón abajo, jugando, viendo la tele, abriendo cajones, escondiendo cosas… y bien calentito. Creo que al final voy a terminar cogiéndole el gustillo a esto de estar en casa porque allí la temperatura no depende de ningún bicho volador. Allí siempre, siempre hace bueno.

