Este blog es un diario de mi vida, la vida de Leo. Aquí he contado mis primeros días después de dejar la barriguita de mamá, mis progresos y avances, mi entrada en la guarde, mis dos Navidades, la salida de mis dientes, los días de piscina en verano… sí, mi vida. Generalmente han sido cosas positivas y agradables aunque hay otras, como mis batallas con los mocos por ejemplo, que hacen que me planteé que esto no va a ser siempre un caminito de rosas.
Y como los malos momentos también forman parte del día a día, de la misma manera que los buenos hay que contarlos, al menos para luego al recordarlos dar gracias por haberlos superado.
He estado hospitalizado. Sí, yo, el pequeño Leo, a punto de cumplir 18 meses he estado ingresado en el hospital por primera vez después de mi nacimiento. Fue un susto, uno muy grande, enorme, gigante, pero sólo eso, un susto. Desde el pasado martes andaba con mocos, esos que sus Majestades no se llevaron con la carta que les escribí. El jueves pasé una mala noche, una mala mañana en la guarde, y cuando mamá llegó de trabajar notó que tenía fiebre. Le dio tiempo a darme un poquito de paracetamol, ni siquiera a tomarme la temperatura, cuando mi cuerpecito no pudo más y comenzó a convulsionar. A partir de ahí todo sucedió muy deprisa: bajamos a la calle, volamos al centro de salud, de ahí al hospital en ambulancia, oxígeno, médicos, tranquilizantes, análisis, antibióticos… Y finalmente, la paz. Consiguieron estabilizarme y yo lo agradecí durmiendo durante gran parte de la tarde, las drogas es lo que tiene, que te dejan k.o. Tuvimos mucha suerte, porque mi Doc privado estaba de guardia y se portó muy bien conmigo y con mis papás, que lo pasaron realmente mal, sobre todo mamá que fue la que me vio “poseído”. Es un gran tipo y un enorme profesional y aunque yo llore cada vez que lo vea reconozco su enorme valía. Explicó a mis papás qué era lo que me había pasado y cómo debían actuar si alguna vez volvía a sucederme. Pero sobre todo los tranquilizó, porque esta reacción suele ser bastante frecuente en niños, sobre todo en aquellos que tienen antecedentes como es mi caso. Los genes de mi mamá tienen la culpa ya que ella con siete meses sufrió un episodio similar. Ahora sabemos qué es lo que le pasó…
Una vez que los antitérmicos y el antibiótico empezaron a hacer efecto y que el de las drogas vía culete se disipó, entonces empezó el festival de Leo. Era medianoche, el hospital guardaba silencio y yo sólo quería fiesta. Y mis papás felices de verme recuperado y siendo el mismo de siempre. Jugué con el mando de la cama, con una silla de ruedas, con los chismes esos que sirven para sujetar el suero… hasta las enfermeras tuvieron que abrirme a las 2 de la mañana la sala de juegos de la planta de pediatría donde estaba para entretenerme un rato. A las tres, después de un bibe y la medicación volví a dormirme. Y todo hay que decirlo, pasé buena noche. Por la mañana mi Doc vino a verme antes de salir de su guardia, qué majo. Un colega suyo un poquito menos simpático me visitó después y tras comprobar que todo estaba en orden, me dio el alta no sin antes volver a explicar a mis papás qué hacer cada vez que me dé fiebre y de recetarme las drogas oportunas para situaciones de emergencia.
Pero como la alegría en la casa del pobre dura poco por la tarde empeoré. No de la fiebre, sino de los mocos. Cada vez que respiraba “pitaba”, así que mis papás un poquito moscas llamaron a mi Doc quien tras oír los síntomas que mamá le describía por teléfono me reclamó en su consulta. Sobra decir que nada más verlo me puse a llorar. Y no está de más puntualizar que él nada más verme me dijo… chungo. No le hizo falta auscultarme ni nada, aunque luego lo hiciera, para dar un diagnóstico: bronquitis. Pero cómo estás Leo, me dijo. Pues venga, la trompeta. Y yo… ¿qué? ¿Aquí ahogándome y vosotros os vais a poner a tocar instrumentos de viento? Y entonces sacó un artilugio extraño que cargó con un cartucho de aerosoles y sin preguntarme si me apetecía dar un concierto me lo colocó en la boca y hala, a aspirar. Así tres o cuatro veces desde las 19:30 que llegamos a su consulta hasta las 22:20 que nos fuimos. ¿Algún alérgico en la familia? Preguntó mi Doc. Mamá miró a papá y le dijo: esta vez la culpa es de tus genes. Está claro que menos las olivas todo se hereda… Lo peor de todo fue que nos recetó nuestra propia trompeta para casa y que mis papás me obligan a tocarla cada seis horas desde entonces. Por suerte, y a pesar de lo mucho que lloro cada vez que la veo, mi respiración ha mejorado bastante. También ayuda el antibiótico que me tomo cada ocho horas, y el paracetamol que toca cada seis. Vamos, que tengo una agenda médica que ni un pobre jubilado. Esta tarde tengo revisión con él. A ver cómo siguen mis bronquios…
En fin, que ha sido una mala experiencia, pero que ójalá todas las malas experiencias que tenga que vivir sean como esta. Soy pequeño, sí, pero ya sé que la gente sufre. Hay niños que llevan hospitalizados mucho tiempo, pasándolo realmente mal, algunos que no se curarán nunca… Hay niños que sufren terribles terremotos, pierden a sus familias, no tienen qué comer… Hay niños que mueren porque no tienen acceso a una simple vacuna, o porque el agua que beben está contaminada… Yo tengo mucha suerte, por tener unos padres que me quieren, porque vivo en un país desarrollado con todo o casi todo a mi alcance, sobre todo la sanidad. Porque crezco feliz y, aunque a veces tengo mis achaques, sano.
Y que sea así por muchos años…





P.D. A todos los que me leen quizás les pueda interesar este enlace de la Asociación Española de Pediatría sobre las convulsiones febriles. Porque el saber no ocupa lugar.