En la biblioteca
Las tardes de invierno son largas, muy largas, lo cual es bastante paradójico porque el sol se va a dormir mucho antes que en verano y al llegar las seis de la tarde ya vemos la luna asomar por su esquinita del cielo. Pero a esa hora aún quedan por lo menos otras tres (y pico) para mi cita con Morfeo, así que hay que ocupar ese tiempo como sea y, como sea, fuera de casa. Aquí es donde surgen las limitaciones: o hace demasiado frío, o llueve, o nieva, o hace más frío… Así que nuestras alternativas de diversión son bastante escasas y se reducen a acudir a lugares cerrados como:
a. La casa del abuelo.
b. La casa de algún familiar o amigo.
c. El Carrefour.
La opción “a” está súper-extra-mega-explotada, aunque la verdad a mí no me importa porque me lo paso muy bien con mi abuelo que me deja hacer (y hace conmigo) de todo. La opción “b” casi que también, y sino que se lo pregunten a Lana, que tres visitas más y se queda calva. Y la “c”… ya os digo que un día de estos me hacen empleado freelance del mes. ¿He dicho ya que odio el invierno? En fin, que un poco desesperada mi mamá ha optado por buscar nuevos refugios y mira tú por donde ha encontrado uno muy chulo, la biblioteca municipal. Allí hay una sección especial para los más peques, con una alfombra blandita y unas sillas y unas mesas de colores. El único inconveniente es que está junto a la zona de estudio y no se puede hacer ruido. Ya, intenta tú explicarle eso a un niño de un año y medio en plena explosión de entusiasmo y frenesí chillador. Shhhhh, me dice mamá todo el rato. Sé que debería hacerle caso y de verdad que lo intento pero es que es muy difícil, me emociono demasiado. Así que, para evitar que nos tilden de escandalosos y no nos vuelvan a dejar entrar, al final la salida dura menos de lo esperado. Y haciendo uso de mi carnet, cogemos un par de libros para mí, otro de mayores para mamá y nos vamos irremediablemente a a, b o c.
La marmota Phil ha dicho que el invierno durará seis semanas más. Uf, eso son muchos libros todavía…


