Autorretrato
Ella y yo somos viejos conocidos. Nuestro primer contacto fue el día que nací, así que se puede decir que la conozco de toda la vida. De hecho llegó a nuestro hogar exactamente nueve días antes de aquél 23 de julio del 2008, con lo cual también puedo afirmar que somos prácticamente de la misma edad. Ella también era esperada y deseada, tan azul y tan pequeñita, aunque por mi propia autoestima espero que no con tanta emoción, intensidad y ganas como lo era yo.
Desde entonces hemos crecido juntos. Ella ha sido testigo de mis grandes gestas, de mis risas y de mis llantos. Cuando conseguí darme la vuelta, ahí estaba ella. Cuando logré mantenerme sentado, ahí estaba ella. Con mis primeras papillas y dientes, fiel compañera. Cada vez que balbuceaba, gateaba, caminaba… sí, ahí estaba ella, testigo permanente de mi vida.
Pero algo nos separaba, algo la hacía inalcanzable para mí, prohibida. Eran mis papás y su constante y rotundo “no se toca bajo ningún concepto”. ¿Por qué? ¿Por qué se empeñaban en mantenernos alejadas?
No era justo, así que desafiando esa estricta regla en aras de luchar por nuestro destino común y aprovechando un descuido de sus captores, por fin la liberé de su cárcel de piel y la hice mía.
Leo y la Sony Cyber-shot DSC T2, juntas para siempre.


