Leo, Leo y. . .¿Leo?
Mi nombre no deja indiferente a casi nadie, sobre todo porque no es muy común que digamos. Seguramente ya todos sabréis que mis papás lo mantuvieron en secreto hasta el día que nací y bueno, aunque ahora ya no resulte extraño para casi nadie, ese día más de uno me miraba con cara extraña. ¿Leo? ¿Qué clase de nombre es ese?
Sin embargo con el paso del tiempo he ido descubriendo que hay muchas otras personas que se llaman como yo. Las hay de carne y hueso, y que conste que no es porque yo sea del Real Madrid, pero entre ellas no está Leo Messi, que en realidad se llama Lionel. Tampoco Leo di Caprio, ni siquiera otro futbolista como Leo Franco, que ambos dos son Leonardos. Vaya, si al final va a resultar que no hay tantos Leos como yo pensaba… En fin, pero siempre quedarán los personajes de ficción, ahí sí que hay al menos un par de ellos que se llaman como yo.
Uno es el amigo panocho de Caillou, el pelirrojo quiero decir. Yo más bien lo conozco de oídas porque a mi mamá este niño le resulta un poquito repelente y no me lo pone mucho en la tele. Él, su hermanita, su mamá, su papá, los abuelos y hasta el vecino y la maestra. Creo que le tiene manía a estos dibujos. A mí tampoco es que me importe demasiado, porque yo creo que lo mejor de Caillou es la camioneta que mi prima Mónica me regaló en mi cumple, me lo paso bomba haciéndola correr por todo el salón
El otro es un personaje de los Little Einstein. Y aquí sí que tengo que fiarme de lo que me dicen porque esos dibus aún no los he visto, que son para niños más mayores. Por eso cuando una de las habituales tardes de lluvia a las que obligatoriamente estamos acostumbrados fuimos a Carrefour y mi mamá me compró un peluchito de un niño negrito con gorra diciéndome que era Leo, yo me lo creí a pies juntillas. Sin embargo algo en mi en mi interior me hacía dudar y acabé por no hacerle ni caso al muñequito en cuestión. Con razón. Resulta que mi mamá no se entera de la misa la mitad y el individuo ese no se llamaba Leo, sino Quincy. Así que no conectábamos los dos… Para enmendar el error no nos quedó más remedio que adquirir el auténtico Leo, otro panocho, pero este de pelo pincho y gafas con cara de listillo. Y este y yo sí que congeniamos, sobre todo porque… ¡es de mi tamaño! Esto viene muy bien cuando necesitas un compañero de juegos sumiso, aunque no tanto si quieres que duerma contigo, que los dos no cabemos en mi cuna. Y bueno, ya os diré si estos dibus están chulos o no!
Por cierto, que el día que Leo se vino con nosotros a casa tuve un encuentro muy especial en el pasillo de la leche, entre las semidesnatadas y las de omega 3. Allí estaba con sus papás Alberto, un amigo blogero de Cazorla, qué casualidad, ¿verdad? ¡Un saludo a Alberto!

