La luz roja
Las nubes siguen llorando. Y lo entiendo, por lo que sé el mundo está bastante fastidiado…
El problema es que lloran tanto y tan a menudo que creo que las cosas empiezan a encoger. Como las paredes de casa, que cada vez se hacen más y más pequeñas. Todo lo contrario que algunos días de la semana, como los domingos, que a veces se hacen larguísimos, sobre todo cuando el asfalto se convierte en río de tanta lágrima que derraman las nubes.
Nuestro nuevo recurso para evitar quedar atrapado entre el sofá y el mueble de la tele en estos días tan eternos es salir de paseo en coche. Lo sé, entre la celulosa de los pañales que gasto y el consumo de combustible en estos viajecitos no estoy contribuyendo mucho al sostenimiento de los recursos naturales del planeta, pero es que a veces hay que hacer lo que hay que hacer. Y punto.
Nada más montarme en el coche pido con vehemencia que suban la bandeja donde en los trayectos largos mis papás me ponen mi ya muy bien amortizado DVD portátil. Pero cuando veo que arrancan y meten la primera sin él me doy cuenta de que el recorrido va a ser rural, vamos, sin salir del pueblo. Así que no me queda otra que mirar por la ventanilla para entretenerme.
Y vaya si me entretengo, sobre todo cuando llegamos a los semáforos. Está la luz verde, pero esa no me gusta demasiado porque como tenemos obligatoriamente que pasar apenas me da tiempo a verla. Luego está la de color ambar, ahí ya me pongo nervioso. Y por último mi favorita, la roja. ¡ Me encanta la luz roja ! Es verla y decir: ataaaaaaaa (ahí estaaaaaaa). La señalo con mi dedo índice y me pongo a hacer palmitas. Tan brillante, tan poderosa y autoritaria… Sí, me gusta.
Puede que este no sea un plan demasiado excitante, pero así os podéis hacer una idea de cuál es nuestro grado de de-ses-pe-ra-ción tras este largo, frío y llorón invierno.
Así que sólo me queda añadir…
¡¡¡ QUE LLEGUE YA LA PRIMAVERA !!!

