Fin de la amnistía
Yo soy un niño pacífico. Entiendo que la violencia no es el mejor camino para solucionar los conflictos, independientemente de si son a pequeña escala o más a lo grande, en plan internacional. Opto más por el diálogo, por el acercamiento de posturas por muy enfrentadas que sean. Porque ya se sabe, hablando se entiende la gente.
El problema es cuando no te dejan explicarte, o cuando se hablan dos idiomas distintos. Entonces resulta muy difícil llegar a un punto intermedio y el camino más fácil para afrontar los diferentes criterios es usar la violencia para imponer la opinión de cada cuál. Y aquí es cuando surgen las dos figuras fundamentales de cualquier lucha: el atacante y el atacado.
Yo, el pequeño Leo, he sido atacado. Vil y cruelmente, y además de la forma más cobarde posible, por la espalda. Ocurrió el pasado jueves en mi guarde. La mayoría de los niños se habían ido ya. Sólo quedábamos unos cuantos, los que salimos más tarde. Yo estaba esperando a mi abuelo, que cada día viene a recogerme. La verdad es que no recuerdo muy bien por qué sucedió o qué incitó a aquel niño a atacarme, pero el caso es que sin que nadie pudiera evitarlo, ese individuo me propinó un empujón por la espalda y yo fui a dar con mi linda frente en una silla. Resultado, un chichón y una pequeña herida que sangró lo suyo (en la foto, que es de hoy, ya no se aprecia tanto). Y yo me pregunto, ¿no hubiera sido más fácil pedirme lo que quería o informarme de lo que le estaba molestando? ¿Qué necesidad tenía de recurrir a la violencia? Yo creo que ninguna, pero con seguridad él opinaba lo contrario.
Voy a intentar que esto no me afecte demasiado y pueda mantener mi filosofía de no violencia. Pero lo advierto, si alguien más se mete conmigo que se prepare porque el hecho de que no me guste usar la fuerza no significa que no sepa hacerlo, así que… ¡me defenderé!

