¿Dónde está Leo?
Pues muy fácil… ¡aquí está!
¿Que no ha quedado claro? Vale, otro más.
Pues muy fácil… ¡aquí está!
¿Que no ha quedado claro? Vale, otro más.
Yo pensaba que aquí en Jaén, donde vivo, sólo había olivos y más olivos, porque allá donde miraba era lo que veía, esos viejos árboles que tan rico aceite nos dan para las tostaditas de los fines de semana pero que a veces resultan un tanto aburridos por repetitivos. Uno, y otro, y otro, y otro… Sí, es un paisaje un tanto monótono. Simétrico, pero soso.
Cuán equivocado estaba. Y todo porque mis papás los “ay, toda la semana haciendo kolómetros, vamos a descansar de coche el fin de semana” me tenían atrincherado en casa y no me habían llevado a hacer turismo local. Menos mal que mi amiga Lucía, que es un mes más pequeña que yo, y sus papás salieron al rescate y nos invitaron a pasar un par de días en una cabañita (recalco lo de ita) en el sorprendentemente cercano Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas. ¡Apenas 45 minutos tardamos en llegar! Y yo me pregunto, ¿tanto os costaba llevarme papá y mamá? Que casi tengo dos años y aún no había pisado el mayor Parque Natural de España, que está aquí al ladito de casa, ¡y yo sin saberlo!
En fin, que pertrechados con todos mis cacharros allá que nos fuimos con la intención de pasarlo bien, cosa que personalmente hice nada más bajarme del coche, cuando me puse a jugar con la tierra y las piedras del jardincito de la cabaña y que continué esa misma tarde disfrutando con el agua del río.
Pero como en estos casos, vale más una imagen que mil palabras, os dejo el reportaje completito. Aunque antes os invito a todos a visitar este espacio natural protegido, ¡os encantará!
¡Un beso a mi amiga Lucía!
De un tiempo a esta parte me he convertido en un auténtico latin lover. Quizás no tanto en el sentido figurado como en el sentido literal de la palabra. Quiero decir, que no voy de machito chulo súper ligón por el parque. Yo soy más sensible, más respetuoso con las chicas. Tal vez por eso las tengo a todas loquitas, empezando por mi madre.
Mi mamá está enamorada de mí hasta las trancas. Y a ver, yo lo entiendo, soy un hijo maravilloso y además, muy inteligente. Porque sé en qué momento y lugar tengo que desplegar mis armas de amante (amante = el que ama): unos besos sonoros y babosos, un par de abrazos, una sonrisa arrebatadora… con eso me la gano sí o sí. A veces ella se emociona demasiado y en lugar de apachurrarme y besarme hasta casi dejarme sin respiración me agarra los mofletes o mis espectaculares muslos con sus dientes y me da un bocado, uno de amor. Y a mí me entra la risa.
Luego están el resto de mujeres de mi vida: mis seños de la guarde, mis titas, las primas de mamá… siempre que las veo corro hacia ellas a abrazarme, tanto tanto que los últimos centímetros los hago casi en el aire y tienen que cogerme al vuelo. E insisto, ellas encantadas. Todas dicen que soy muy cariñoso, un auténtico osito y no se equivocan mucho.
Pero no sólo demuestro mi cariño a las chicas. Aunque digan que no es cosa de hombres también beso y abrazo a mi papá, mi abuelo Paco o mis primos. Estos últimos no entienden demasiado las muestras de afecto, aunque quizás sea porque las confundo bastante a menudo con el juego. Y es que aprovecho de que son más de mi tamaño que los mayores y me dedico a perseguirlos hasta abrazarlos fuerte por la espalda cuando los agarro
En fin, que yo no sé si será esto de la primavera la sangre altera o qué, pero el caso es que es que estoy de lo más amoroso. Y, ¿sabéis qué? ¡Pues que a mí también me encanta!
P.D. ¡Hoy cumplo 21 meses!
Hacerse mayor tiene un montón de ventajas. Aumentan tus posibilidades de explorar el mundo, de comunicarte e interaccionar con otras personas, te crece el pelo (incluso el del bigotillo), puedes variar mucho más tu alimentación, te vuelves más guapo… y una muy importante, se reducen las visitas periódicamente fijadas al pediatra, o lo que es lo mismo, las Inspecciones Técnicas de Bebés.
Cuando era pequeño me tocaba ir cada dos por tres a pasar una ITB, una auténtica pesadilla porque además en la mayoría de ellas siempre acababa banderilleado no con uno, ni dos, sino a veces hasta con tres pinchazos. Y en cada visita siempre los mismos parámetros de control: medida, peso, presencia/ausencia de dientes, simetría de las piernas, estado de ganglios, abdomen, huevecillos y pirulilla… Que yo entiendo que es por mi bien, pero es que tanto traqueteo es un poquito molesto. Por no hablar de quítate la ropa (que te la acaban de poner limpia antes de salir de casa) y vuelve a ponértela después. Así es normal que uno le tome manía a su pediatra y cada vez que lo vea manifieste su oposición a que lo inspeccionen de la forma más rotunda posible, con un buen berrinche.
Eso fue lo que pasó el otro día. Tocaba la ITB de los 21 meses con mi Doc privado, pero yo no lo sabía. Por eso cuando me monté en el coche con mis papás yo iba la mar de contento. Pero fue aparcar en la puerta de su casa empecé a temerme lo peor. Ligero sollozo (tengo memoria fotográfica para ciertos lugares). Llamamos al timbre y esta vez no tuvimos que esperar, directamente pasamos a la consulta donde el ligero sollozo fue in crescendo hasta convertirse en un auténtico concierto de berridos. Porque sí, porque me gusta ser contundente con mis opiniones.
Al final mi Doc medio hizo su trabajo y logró medir todos esos ítems prefijados: ya mido 82 cm y peso 12,650 kg. Sí, sigo con mi tipo albondiguilla, pero yo muy orgulloso de él, que mi trabajo me está costando criarlo. Todo lo demás bien, dentro de la normalidad, a excepción de… ¿adivináis? Pues sí, los mocos. Tengo una colonia permanente en mi garganta con ánimos de expandirse al oído, así que mi Doc no tuvo más remedio que recetarme (otra vez) antibiótico. Mira que mis padres se negaban a ponerme segundo nombre, pero es que ya no les va a quedar más remedio que empezar a llamarme Leo Augmentine, porque no sé cuántos botes del dichoso líquido blanco ese llevo ya. Mejor se compran acciones de la farmacéutica que los fabrica (de la empresa, no de la señora) porque a este ritmo podrían ganarse una pasta.
Para finalizar la ITB mi Doc le hizo a mis papás muchas preguntas sobre mí entre ellas qué era lo que comía. A lo que mis papás respondieron: le decimos lo que no come y terminamos antes. Bandidos, ¡menuda fama me están creando!
Estoy un poquito asustado. ¿El motivo? Pues porque ahora que me he decidido a aprender a hablar me he dado cuenta que esto del lenguaje es bastante complicado y me pregunto si algún día conseguiré dominarlo como Cervantes o Lope de Vega. Mi mamá me ha dicho que no me ponga el listón tan alto, que no me obsesione y que ella se conforma con que no le dé demasiadas patadas al diccionario como la Esteban esa. Ah, y que por favor por favor escriba con todas las letras, que no sabe que les pasa ahora a los chicos y chicas que se las comen, como si no se las hubieran enseñado todas en el cole.
Como ejemplo de la complejidad de la que hablo, un ejemplo: las preposiciones. Que son palabras cortitas que casi pasan desapercibidas pero que tienen una gran importancia a la hora de darle sentido a una frase. Veamos algunos casos:
- Semana SIN blanca: Esto es cuando te tiras siete días pelado de pasta y no tienes ni para comprar gusanitos. Una auténtica tragedia porque los gusanitos son vitales en la dieta de cualquier niño.
- Semana CON Blanca. Esto es cuando pasas siete días con una chica que se llama Blanca. Yo no conozco a ninguna con ese nombre, pero bueno, todo se andará.
- Semana EN blanco. Esto es cuando los siete días de la semana pasan pero no pasan, como si no existieran. Y esto es lo que me ha ocurrido a mí desde el pasado domingo, que de cara al recuerdo fotográfico, esta última semana… ¡no ha existido!
Y todo porque nuestra cámara de fotos, mi querida e inseparable compañera de viaje, ha tenido que ser ingresada con carácter de urgencia en el servicio técnico de Sony. Imaginad el ENORME disgusto de mi mamá, acostumbraba a inmortalizar hasta mi más mínimo movimiento con una media de veinte fotos y cuatro o cinco vídeos diarios. Aunque yo, la verdad, sigo pensando que lo de los gusanitos es muchísimo más grave, dónde va a parar.
De momento, y para suplir su ausencia, le hemos pedido prestada al abuelo su cámara, no vaya a ser que una mañana me levante y me ponga a hacer malabares con las pelotas de plástico, me dé por hacer el pino con una sóla mano o por recitar a Sheakespeare (en inglés y con todas las preposiciones). ¡A mi madre le daría un patatús si no pudiera inmortalizarlo!
Las llaves me gustan desde pequeñito. Al principio era su sonido, que conseguía entretenerme mientras paseábamos o cuando me ponía un poco chinche. Luego fue su sabor. Sí, ya lo sé, digamos que no son ninguna delicatessen pero ese gustillo a metal también tiene su punto. Y ahora, signo inequívoco de mi creciente madurez intelectual, lo que me atrae de ellas es su fin: abrir puertas.
Ni que decir tiene que la puerta que más me gusta que se abra es la de la calle. Pero eso sí, tiene que abrirse de dentro hacia afuera, es decir, para salir a disfrutar del exterior. En el sentido contrario no me gusta nada de nada porque yo soy de la opinión que cuanto más tiempo se pase en los espacios públicos, mejor. Otras de mis puertas favoritas son las de los coches porque como ya comenté en este post me fascina colocarme frente al volante, encender todas las luces posibles y tocar el cláxon. Éstas además tienen la ventaja añadida de que se pueden abrir apretando un botoncito, lo cual para un niño pequeño como yo es bastante importante, porque cualquiera que me vea intentando abrir una puerta con una llave convencional pensaría que me he bebido yo solito toda una destilería irlandesa.
Y es que detrás de una puerta siempre hay un mundo lleno de posibilidades para un investigador nato como yo.
Tanto me gustan las llaves que estoy planteándome una nueva profesión para el futuro: sereno. Así, además, mataría dos pájaros de un tiro ya que pasaría mucho tiempo en la calle que es lo que realmente me gusta. Mi mamá dice que esa es una ocupación ya extinguida pero yo creo que como haya un mínimo de gente como ella, que nunca encuentra las llaves, puedo ganarme bastante bien la vida.
También he pensado que podría suceder a San Pedro si es que algún día decide jubilarse, que yo creo que ya le va tocando al hombre, ahí dos mil años guardando las puertas del cielo…
Lo único que no me gusta de las llaves es que siempre me toca recogerlas cuando a algún adulto se les caen, claro, se aprovechan de que la distancia al suelo es más corta desde donde yo estoy. Pero bueno, yo luego me tomo mi pequeña revancha y cuando me pongo a jugar con ellas no me explico ni como ni por qué alguna de ellas siempre acaba perdida. Ah, ¡se siente!
Hace tiempo que sé diferenciar algunas partes del cuerpo. Las básicas, digo: cabeza, ojos, nariz, manos… No se os vaya a ocurrir preguntarme dónde está el bazo, el húmero o ese músculo de nombre tan largo y tan difícil de pronunciar que está en el cuello (o por ahí cerca). Eso ya es de Facultad de Medicina por lo menos, lugar que por otra parte mi mamá espera que se convierta en mi futuro lugar de estudio. Pero para eso aún quedan bastantes años y muchas alternativas.
Pero algo de médico sí que tengo ya y por eso para mis clases de anatomía utilizo a varios pacientes. Algunos son de carne y hueso, como mi papá y mi mamá, pero esos la verdad son demasiado quejicas. Y todo por qué, ¿porque les hundo el ojo hasta el fondo del cráneo cada vez que lo señalo y casi estoy a punto de reventarles el globo ocular? ¿Porque al referirme a la nariz no puedo evitar introducir mi pequeño dedito por alguno de sus orificios? Dicen que eso no es nada agradable, pero nadie dijo que la medicina lo fuera. Por eso a veces practico con mis peluches, que son mucho más dóciles. Quizás algún día incluso los diseccione…
Tanto y tan bien me he aprendido la lección que el otro día dejé sorprendido a mi papá en un breve paseíto que ambos dábamos mientras mamá terminaba de planchar, guardaba la ropa, hacía la cama, ponía la lavadora, se lavaba los dientes y recogía todos mis juguetes (¿he mencionado que el paseo fue breve?). Pues estábamos dando una vueltecita por los alrededores de casa y pasamos junto a un monumento dedicado a un poeta muy famoso que se llama Antonio Machado, el cual en una de sus obras cita a mi pueblo. El monumento en cuestión (que podéis ver aquí) es un enorme cabezón bastaaaaaaante feo pero muy instructivo para un niño en plena etapa de adquisición de conocimientos como yo. Por eso cuando pasamos por allí y lo vi, rápidamente empecé a señalarme la cabeza. A mi papá le entró la risa y me dijo: “si hijo, ¡eso es la cabeza!”. Yo no sé por qué se reía, no estaba diciendo nada del otro mundo y, como demuestro en el siguiente vídeo, tampoco era la primera vez que lo hacía.
Ah sí, adiós
Hay que ver cómo son algunas madres. Bueno, más concretamente la mía.
Desde que vio en mis notas el comentario de mi seño Laura que decía “En actividades de mesa le cuesta un poco prestar atención y participar de ellas” se ha propuesto que mi culete pase el mayor tiempo posible pegado a una silla. Y por si eso no fuera suficiente, pretende que consiga disfrutar de los materiales plásticos, cosa que al entender de mi profe aún no hago. Menuda es mi madre, ¿qué es lo que pretende?, ¿convertirme en un cerebrito de casi dos años? ¿privarme de la diversión de levantarme y jugar cuando me apetezca? No, definitivamente no me gusta esta mamá. Tanto que va pregonando por ahí que no hay que forzar a los niños a crecer antes de tiempo, que cada uno tiene su propio ritmo de aprendizaje, que éste y la diversión pueden ir de la mano… y ahora, hala, me planta en una silla con una libreta y unas ceras de colores delante ¿esperando que? ¿que le haga una reproducción de Los Girasoles?
Ella me decía que no, que era para que l e e e e e e e n t a m e n t e, sin presiones, fuera tomando contacto con las artes plásticas, que podía pintar lo que quisiera y que cuando me cansara podía seguir jugando con las pinzas de las bolsas de la tienda de las letras amarillas, que mira que son chulas. Ah, bueno, si era para pasar un buen rato podía intentarlo. Primero cogí una y me puse a garabatear sobre el papel, pero vi que no conseguía progresar demasiado, así que agarré dos o tres. Entonces la cosa mejoró y con un par de pasadas conseguí decorar media hoja de preciosas rallitas multicolores. Bueno, y de algunos puntos algo amorfos, pero es que también es divertido aporrear la hoja con las ceras. Al final me emocioné y estuve un buen rato pintando, incluso hasta me gustó (sssssh, no se lo digáis a mamá). Ah, ¡y recogí y todo! La diversión hubiera sido completa si mi mamá me hubiera dejado probar alguna de las ceras, pero no, la muy aguafiestas se empreñó en quitármelas. Lo que ella no sabe es que… ¡sé dónde las guarda!
Pero no de feo, no, ¡de listo!
Hace casi un año mi seño de la guarde nos soprendía a todos con la entrega de mis primeras notas. Desde entonces sé que hay que aplicarse en clase para no catear, aunque la verdad, no siempre lo consigo. Es que hay mucho ruido, juguetes con los que uno fácilmente se distrae, niños que te molestan cada dos por tres… Pero bueno, yo me esfuerzo y como soy un tío que si hay que cumplir, cumple, he conseguido salir notablemente airoso un trimestre más. He aquí mis notas de Semana Santa:
CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y AUTONOMÍA PERSONAL

- Señala partes significativas del cuerpo: CONSEGUIDO. Es que es importante saber dónde tiene uno la cabeza…
- Se desplaza sin ayuda: CONSEGUIDO. Pero por favor, ¿estas notas son de los bebés de la clase al lado o qué? Pues claro que ando, ¡desde hace nueve meses!
- Se agacha y se pone erguido: CONSEGUIDO. Eso lo hacía incluso antes de andar.
- Manifiesta e identifica emociones: CONSEGUIDO. Pues sí, doy besos, abrazos, me enfado, lloro…
Observaciones: Progresa adecuadamente en la adquisición de hábitos y actitudes relacionadas con las actividades de la vida cotidiana. Anda seño, y porque no me has visto poner la lavadora y barrer la cocina, que más cotidiano que eso no hay nada.
CONOCIMIENTO DEL ENTORNO

- Encaja objetos: CONSEGUIDO. Aunque aún me cuesta meter la llave en la cerradura para escaparme de casa siempre que quiera.
- Identifica cualidades de objetos. EN PROCESO. Esto por lo visto es saber que la pelota rueda y el tren hace chu-chu. Yo lo sé, lo que pasa es que creo que no es recomendable hacerlo todo perfecto, que sino luego se acostumbran y te exigen más.
- Juega junto a otros niños: CONSEGUIDO. Bueno, depende de si me dejan sus juguetes o no.
- Utiliza los juguetes y los respeta: CONSEGUIDO. Sí, sobre todo si son los de otros niños
Observaciones: En actividades de mesa le cuesta un poco prestar atención y participar de ellas. Aquí mi seño tiene razón y no me queda más remedio que dársela. Soy un culillo inquieto, lo mío es investigar los rincones de la clase, no quedarme sentado haciendo plastilina.
LENGUAJES: COMUNICACION Y REPRESENTACION

- Desarrolla progresivamente la expresión oral: EN PROCESO. Efectivamente, cada vez voy haciéndome entender mejor y, por ejemplo, ya llamo tata a la pelota, coque al coche y cote al cohete, fshfshfshfshfsh……… ¡pum!
- Identifica imágenes: CONSEGUIDO. Venga, ¡esto está chupado!
- Disfruta manipulando materiales plásticos: EN PROCESO. Es que yo soy más bien rústico, lo mío es manipular la tierra.
- Se mueve al ritmo de la música: CONSEGUIDO. Es cierto, ¡me encanta bailar!
Observaciones: Disfruta con las posibilidades sonoras del propio cuerpo y utiliza diferentes lenguajes para expresar sus necesidades y sentimientos. Esto quiere decir más o menos que me gusta escuchar el sonido de mis manos cuando hago palmas palmitas o que cuando me enfado chillo. Desde luego, qué rebuscados son a veces los docentes.
En fin, que yo creo que no está nada mal para tener 20 meses, ¿no?
Mi querida amiga Inés ya trató este tema en su blog y aún arriesgándome a que me tachen de postcopión (que no es el estado siguiente al de copión, sino el que copia los post de otros), yo también voy a dar mi opinión sobre el asunto en cuestión: la porquería del suelo español.
Que no quiero decir que la tierra en España sea un asquito, ni mucho menos, que bien bonita y fértil que es. Me refiero a que los españolitos en general son (vaaaaale, a veces somos) un poquito poco cívicos, que van (vaaaaale, a veces vamos) tirando por ahí de todo: colillas,cáscaras de pipas, papeles, bolsas… Y lo peor de todo es que esta sucia actitud no respeta ni siquiera los parques infantiles, como el que yo suelo visitar. Allí hay muchos niños que desconocen esa regla básica que mis papás se empeñan en enseñarme: la basura, a la papelera. Y por eso podemos encontrar porquería variada en el suelo. Claro, uno es curioso por naturaleza e intenta cogerlo todo, y allí que van mis papás detrás de mí con el “aaaaaggggg, sucio”. Que no me dicen “aaaaaggggg, caca” como escucho a otros papás, por no sé qué tema de no confundirme con lo que sale de mi culete. Así que al final he acabado aprendiéndome la cancioncilla y cuando descubro una colilla en el suelo digo “aaaaaggggg”. Y acto seguido me dirijo a la papelera más cercana a depositarla.
Que yo creo que no es tan complicado ni tan cansado, pero no sé, viendo la actitud de muchos de los otros niños (y sus papás) igual me equivoco…
Y ya puestos a hablar de las cosas que no me gustan de mi parque he añadir que a veces el mantenimiento es un poco deficiente. Hoy, por ejemplo, he descubierto que la fuente del agua no funcionaba. No es que yo me abastezca de ella, que mi mamá la escrupulosa igualmente me dice “aaaaaggggg, sucio”, y a continuación me da mi botella monouso. Pero yo, que no paro quieto, he pensado que quizás podría arreglarla… a mi manera.
En fin, que hoy ando quejoso. Le pasaré informe de la situación a la señorita alcaldesa de mi pueblo, a ver si hace algo al respecto. Y a los que se dedican a ir tirando cosas al suelo decirles aquello de “¿en tu casa lo haces?