¿Dónde está la Giralda?
La vida en la guardería no es nada fácil. La atención, aunque constante, no es exclusiva como pasa cuando estoy en casa, donde soy el único niño y todos están pendientes de mí. Los bichos campan a sus anchas entre nosotros, que somos muy generosos y no nos importa compartir los chupetes o los mocos. Los juguetes son comunes y muchas veces hay que ponerse muy serio para defender la posesión de uno de ellos. Y algo muy grave, hay dos turnos para comer.
La comida de la guarde es 100% casera. Está hecha con cariño, es sana, variada, nutritiva y está deliciosa. Con estos atributos, y teniendo en cuenta que a mí me gusta un poquito (sólo un poco) darle a la mandíbula cualquiera comprenderá que cada día, en cuanto mi seño me coloca el babero, corro a sentarme a la mesa deseoso de degustar el menú. El problema es que a veces el tiempo que transcurre desde que tomo posiciones hasta que llega la comida es demasiado para un culillo inquieto como el mío. Me aburro de estar esperando y siempre encuentro alguna excusa para levantarme a seguir jugando, momento que algún “amigo” aprovecha para birlarme la silla. Y yo no me preocupo, porque la comida aún no está en la mesa. Pero cuando mi olfato me dice que la cocinera se acerca e intento recuperar mi sitio sin éxito… uf, entonces es cuando me cabreo de verdad. Que no me habéis visto a mi cabreado. Leo el león. Furioso. Lloro y lloro y busco a mi seño para que me dé de comer AHORA, YA. Y ella tranquilamente me dice, “lo siento Leo, el que se fue a Sevilla perdió su silla”. Pero ¿qué? ¿cómo? ¡Si ni siquiera he salido de la clase! Qué Sevilla ni que ocho cuartos, ¡yo quiero comer!, ¡que me devuelvan mi sitio ya! Pero nada, no hay manera, por mucho que insista y llore me toca esperar al siguiente turno.
Mi mamá me ha dicho que aunque Sevilla es muy bonita, con su Giralda, su Torre del Oro, su barrio de Santa Cruz o su aroma a azahar, que si en el futuro quiero comer el primero evite hacer estas visitas que no logro comprender a esta cuidad vecina. Y yo pienso, vamos a ver, si no sé cómo diablos he llegado a Sevilla ¿cómo voy a evitar ir? ¡Que yo lo único que quiero es comer!


