El megacharco
Cuando uno crece todo lo que le rodea lo hace en proporción. Que eres más grande, pues tu ropa cambia de talla, tus platos de comida son más abundantes (esto es fundamental), tus conocimientos aumentan… Estos cambios apenas son perceptibles para un niño como yo, ya que ocurren de forma natural con el trascurso de los días. Se notan cuando uno echa la vista atrás y ve cómo la camiseta que hace dos semanas le estaba bien hoy le queda repicorta y cosas así.
Sin embargo hay cambios que son drásticos, a lo bestia vamos. Yo lo he notado en el tamaño de mi piscina, que de un año para otro ha pasado de ser un charquito de agua a convertirse casi en un océano. Y es que mi querida y bien amortizada piscina de estrellitas se me ha quedado pequeña y ha sido sustituída por una enooooooorme que mi abuelo ha comprado e instalado en el patio de su casa para disfrute de mis primos y mío y pesadilla de nuestros vecinos, que menudo griterío armamos cada vez que nos ponemos en remojo. Pero ah, se siente, hay que combatir el calor como sea y qué mejor forma que hacerlo pasado por agua, cual garbanzo en vísperas.
De momento la megapiscina y yo nos estamos conociendo. Mamá está haciendo de intermediaria, o lo que es lo mismo, se baña conmigo cada vez que a mí me apetece. Pero vamos, que de aquí a mediados de julio ya le habré cogido la confianza suficiente como para meterme yo solo con unos manguitos de Bob Esponja o de Nemo, lo mismo da que da lo mismo.
Sobra decir lo que disfruté con el agua ¿verdad?


