El título del post ya lo dice todo. Sí, volvió a suceder.Yo que pensaba que lo de aquélla vez sería un hecho aislado pero no: he sido víctima de un nuevo pelocidio. Mi mamá, esa que dice que tanto me quiere, lo ha propiciado sin importarle lo mal que yo lo pasaría. Porque sí, lo pasé muy mal. Y eso a pesar de que esta vez fue más precabida e incluso me llevó mi DVD portátil para entretenerme mientras la de las tijeras hacía su trabajo. Pero no hubo manera. No me gusta que me corten el pelo y volví a demostrarlo a pleno pulmón. Porque a ver ¿qué necesidad había? Si estaba guapísimo con mis ricillos encima de las orejas, con ese flequillo que me cubría la frente… Mamá dice que es porque hace mucho calor y que con el pelo corto el verano será más llevadero. Por favor, ni que fuera una oveja y me hubieran esquilado, si me han cortado aprenas tres centímetros de pelo, ¿qué calor puede dar eso? También que se me enredaba mucho, pero digo yo que para eso están los acondicionadores, ¿o no?
El caso es que al final no pude detenerla, ni a ella ni a la de las tijeras, y mis adorados ricitos fueron cayendo uno a uno al suelo. Todos opinan que sigo estando muy guapo y que con este nuevo look parezco más mayor, incluso más formal. Yo no estoy muy convencido del todo y, sinceramente, preferiría ser un melenudo toda la vida.
A estas alturas de mi vida hay cosas que según los mayores ya debería ir dejando atrás: el chupete, el biberón, los brazos, el pañal… incluso mi devoción por Baby Einstein, que aunque ya comentéaquíque había diversificado mis gustos televisivos siguen siendo mis dibujitos favoritos. Pero yo no estoy por la labor. El chupe es intocable (¡INTOCABLE!), el bibi también, imprescindible antes de dormir (y si no preguntadle a mitita Teresa qué pasó cuándo me dejó sin él ¿te acuerdas?). Los brazos creo que será lo primero en desaparecer, porque ya rondo los 13 kilazos… El pañal descartado, sigo sin identificar las pestes. Y el Baby Einstein… por favor, ahora que estoy sacándole provecho a tanto dvd no creo que sea el momento de desterrarlos.
Y es que al principio eran solo unas cuantas marionetas haciendo gracias, musiquita, muchos nenes, colores, formas, juguetes… En fin, los ingredientes ideales para mantener ocupado un rato a un culillo inquieto como yo. Pero lo que empezó siendo un entretenimiento sin mayores pretensiones se ha convertido en una fuente inagotable de conocimientos. El de la granja me enseña los animales (incluida la oveja, beeee, beeee). En el de los transportes veo coches (cheeees), motos (toooos) y más (má). En el de Galileo aprendo cómo es la luna (naaaa) y las nubes (abeeees). Y en el Van Gogh los colores. Que oye, tienen su importancia, que no es lo mismo ponerse rojo (de vergüenza) que verde (de envidia). Precisamente esos dos colores son los que mejor me he aprendido, todo sea por descartar pronto que vaya a ser daltónico. Y no, no es casualidad que me haya decantado por ellos prefiriéndolos al amarillo o al azul de Pocoyó. Esos dos son mis favoritos porque… ¡son los colores de los semáforos! Y es que al final tanto paseíto para ver la luz roja este invierno ha tenido sus resultados. Mirad, mirad…