La fiesta del agua
Estos días algún diablillo ha debido poner a tope la calefacción en el infierno porque de otra manera no me explico el calor que hace. O eso o que han colocado un ventilador súper-mega-extra gigante al sur del Sáhara que nos está mandando todo todito el aire del desierto a Jaén. No, no, no exagero, que si ya hace unas semanas en La Torre alcanzábamos la máxima temperatura de España ayer lo volvimos a hacer. Me siento como un huevo frito, o sea, frito. En alerta roja estuvimos y todo, y no precisamente porque los tipos del tiempo se hayan puesto la camiseta de nuestra selección.
Por suerte en mi guarde se apiadaron de nosotros los niños y nos organizaron la fiesta del agua. Yo imaginaba una piscina enorme, chorros de agua por todos sitios, sombrillas… Pero teniendo en cuenta la cantidad de niños que somos y lo peligrosa que puede llegar a ser el agua mis seños decidieron que mejor nos colocaban un charquito pequeñito con un palmo de agua y a remojarse, con lo cual aquello acabó pareciéndose a Benidorm en pleno mes de agosto.
Aunque bueno, la falta de espacio no fue motivo para que no nos lo pasáramos bomba. Acabamos todos exhaustos de tanto jugar y arrugados como pasas, pero mereció la pena porque desde que mis primos volvieron a su casa tengo la piscina del abuelo para mí sólo y, aunque me gusta mucho bañarme en ella, siempre es más divertido cuando tienes otros pececitos alrededor. Por cierto, he superado mi “respeto” inicial al charco y ahora ya me baño yo solito en él. Con dos… con dos nada, ¡ni con dos manguitos!
Lo bueno de este calor, además de disfrutar del agua, es la escasa ropa que mi mamá me obliga a ponerme. De hecho me paso la mitad del día en pañal y cuando salimos busca la indumentaria más fresquita posible. Porque como yo no soy niña y no puedo ponerme esos vestidos de tirantes tan ligeritos que ellas llevan… Creo que las demás mamás piensan como la mía, porque ayer en el parque me encontré con mi amigo Francisco e iba vestido igual que yo. Éramos los chicos empetados
A juzgar por la cabeza que me saca parecería que Fran es mayor que yo. Pero no, yo nací dos semanas antes que él. Y por cierto, esas mismas DOS semanas son las que faltan para mi cumpleaños número DOS. Lo tenéis apuntado en la agenda, ¿verdad?


