Un cumple de sorpresas, uno
Antes de centrarme en los detalles de lo que dio de sí el día de mi cumpleaños número DOS, un par de cositas:
Primero, un agradecimiento. A todas las personas que me felicitaron en el anterior post. Me siento un niño muy afortunado por tener tantos amigos alrededor del mundo. ¡Gracias!
Segundo, una advertencia. Coged palomitas y un refresco que este post promete ser la versión bloggera de “Lo que el viento se llevó”, o mejor dicho, lo que el viento no se pudo llevar: los recuerdos de un día inolvidable.
Todo empezó muy temprano. Quizás intuyendo la cantidad de sorpresas que me esperaban me desperté antes de que mi mamá me llamase como cada día para ir a la guarde. Sobra decir que me comió a besos después de cantarme cumpleaños feliz. Mi cuna estaba llena de globos (esa noche hice una escapadita a la cama de mis papás…), lo cuál no hacía más que confirmar mis sospechas.
Después me fui a la guarde. Mi cumpleaños es el último que se celebra en el curso (que por cierto, acaba el próximo miércoles) y gracias a que he asistido a un montón de homenajes cumpleañeros desde el mes de septiembre sé que ese día no se puede ir con las manos vacías, que hay que llevar una tarta (casi siempre un bizcocho) y algún detallito para los compis de clase (casi siempre chuches). Ya el año pasado mi mamá quiso sorprender. Supongo que ya sabréis que a ella le gusta ser diferente. Hay quien la llama rara pero yo prefiero pensar que es original. Por eso deconstruyó el tardicional bizcocho, en plan Ferran Adriá, y elaboró una tarta tren que hasta tenía sus raíles y todo.
Bueno, menudo exitazo tuvo el trenecito. A mis seños les encantó y mis compañeros no dejaban de mirarla completamente alucinados.
Después del obligatorio cumpleaños feliz y de tener mis más y mis menos con algún niño que se me adelantaba a soplar la vela pudimos hincarle el diente al tren, que menos mal que no era de acero que sino más de uno hubiéramos acabado mellados.
Gracias a mi tarta tren me convertí en el niño más popular de toda la guardería, lo cual, de vez en cuando, es de agradecer.
Pero la cosa no acabó ahí, que si recordáis he comentado que también hay que llevar un detallito para los compañeros de clase. Esta vez mi mamá sólo “sugirió” la idea, pero quien la materializó fue otra: mi tita Teresa, nuestra pastelera familiar. Atentos a esta cosa tan chula.
¡¡¡ Galletas decoradas y personalizadas !!! Y mis seños que pensaban que eran compradas, ¡de eso nada! Hechas con sus propias manos, ¿molan, eh? Podría poner muchas más fotos de las galletas, pero como no quiero ser acaparador os sugiero que paséis por su blog para ver estas y muchas más de las cosas espectaculares que hace (y de paso escribidle, que eso la anima a seguir y a mí me esperan muchos cumples por delante
)
Por supuesto yo no iba a ser menos y también quise mi galleta.
Ya por la tarde, y después de reponer fuerzas con una estupenda siesta, llegó la hora de los regalos. El primero que abrí, porque fue el primero que me llegó, fue el de unos muy buenos amigos míos a los que desde aquí quiero dar las gracias por acordarse siempre de mí.
Vale que mi cara igual no lo demuestra, pero es que mamá no paraba de insistirme en que mirara a cámara cuando yo lo que quería era abrir el regalo. Bueno, ¡este y los que seguían!
Mis papás me regalaron un tablero donde se ponen piezas de colores tamaño XXXXXXXL, que yo he visto por casa de mi abuelo uno parecido de mi mamá y mis tíos de hace la tira de años y las piececitas de entonces eran de lo más diminutas. Me viene genial, porque así practico con los colores que mejor me sé: afú, jojo, veive y llillo.
Luego me encontré con un Señor Patata con un montón de bocas, ojos y orejas de repuesto. Anda que si los abuelillos también tuvieran tantos recambios no lo iba a agradecer la Seguridad Social…
También me regalaron un autobús (aunque mi tita Lola insiste en que es de su parte que para eso lo compró ella) que no sale en ninguna foto porque no me dejé (qué hartura de fotos, oye) y un chisme made in la tienda de las letras amarillas para aporrear a gusto. No saben lo que han hecho al regalarme ese martillo…
Y para terminar el día, como no, cervecitas para los mayores y helado para los pequeños. Y quizás por seguir la tradición inaugurada el año pasado… ¡nada mejor que un uno de chocolate!
Comprenderéis que la megafiesta del día siguiente necesita un post aparte, ¿verdad? Pues nada, id encargando ya más palomitas y refresco. ¡Y que sean de los extragrades porque tengo muchas fotos!












