Nanovacaciones
Este verano está siendo un poco raro. Cuando todo el mundo se supone que está disfrutando de sus vacaciones lejos de casa resulta que aquí el menda no se mueve de La Torre ni a la de tres. Y todo por culpa de mis papás, que tienen que trabajar dicen. Claro, que tal y como están últimamente los asuntos laborales de los mayores… pues nada, que más vale trabajo en mano que vacaciones volando. El problema está en que yo sí que tengo mi mes de asueto, en plan funcionario, de modo que hay que apañárselas como buenamente se pueda. Y así ando, como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda. Tan complicado es el tema que los dos últimos días he tenido que emigrar a casa de mi tita Teresa para que ella me cuidase por la tarde mientras mamá trabajaba y eso, para mí, han sido de momento las únicas vacaciones que he disfrutado lejos de casa. Aunque lejos apenas sean 60 kilómetros…
Pero bueno, yo me lo he pasado bomba con mis primos. Hemos salido al parque, nadado en la piscina, merendado salchichón y chococrispis… hemos visto janja (Bob Esponja) e incluso fuimos a cenar al sitio ese de la M gigante. Jajaja, perdonad que me ria, pero es que me estoy acordando de lo que pasó allí en la zona de los toboganes esos enormes (que por cierto, también dan calambre). Resulta que yo, valiente, aventurado, osado, intrépido donde los haya, me metí de lleno en ellos y empecé a subir, a subir, a subir… hasta que llegué arriba del todo, Me sentía el rey del mundo, con dos años y escalando hasta lo más alto. Sólo hubo un problema… bajar. Mi primo Miguel, que es el mayor, intentó ayudarme mientras mi mamá y Teresa le gritaban desde abajo: Miguel coge a Leo, Miguel bájalo, Migueeeel… pero Miguel no podía conmigo. Así que mi mamá tubo que subir por uno de los toboganes rojos de gusano a rescatarme. Jajaja, qué risa cuando la vi aparecer. Mamá, ¡pero si esto es para niños! Calla anda, me dijo, ¡y tira p´abajo!
Aunque donde de verdad disfruté es un lugar en mitad de un Parque Natural al que mamá y yo fuimos aprovechando que papá trabajaba cerca y lo echábamos de menos. Después de sorprenderlo y pasar un rato con él echamos mano de nuestro enchufe y visitamos el Centro de Defensa Forestal del Parque, el lugar donde cuidan de que nuestro bonito bosque mediterráneo esté sano, frondoso y verde. Ah, y de que no se lo coma el fuego, que bien peligroso es. Para eso tienen camiones de extinción, ¡y hasta un helicóptero! Alucinado quedé cuando vi semejantes mostruos. Y lo mejor, cuando haciéndome pasar por el nuevo becario me dejaron montarme en ellos. Bueno, sólo en el camión, que el pilóto del helicóptero no estaba y no pudimos pedirle el favor.
Así que este verano me parece que va ser más o menos así, excursiones cortitas, cerca de casa pero muy intensas. Y la playa ya vendrá… o no.





