Dieciséis de leche: update
Hace mucho que no hablo de mis dientes. Por suerte, claro, porque eso significa que han dejado de darme la lata. Que hay mamás que van diciendo por ahí que uy mire usted, que ellas no se han enterado de cuando le han salido a sus niños los dientes, que ni fiebre, ni culete irritado, ni babas, ni nada las ha hecho sospechar que asomaban inquilinos en la boquita de sus retoños. Sólo cuando éstos le han dicho mamá, haz el favor de comprarme un cepillo de dientes que mira qué paletas tengo ya es cuando se han dado cuenta. Pues qué suerte, digo yo, porque lo que es la mía se ha enterado de todos y cada uno de los nuevos vecinos. Bueno, de casi todos, que los colmillos, esos que dicen que dan más problemas, se han colado por la puerta de atrás sin apenas hacer ruido.
El caso es que después de muchos pero que muchos malos ratos provocados por la salida de mis dientes, desde hace unas semanas por fin tengo mi dentadura de leche casi completa. Dieciséis amiguitos blancos, brillantes y muy pero que muy afilados. Claro, como que son nuevos. Por lo visto aún han de salirme cuatro muelas más, pero prefiero no pensar en ello. Además, no entiendo porqué, si a mí con lo que tengo me sobra y me basta para comer de todo. Incluso para pegar algún que otro mordisquito, nada, en plan cariñoso… Aunque lo peor no es eso, que resulta que luego tooooooodos los dientes se te caen y te salen otros más grandes. Y eso no lo he leído en la Leopedia, no, lo he visto con estos ojitos míos tan bonitos. Y fue hace poco, una noche que salimos a tapear con mis primos. Resulta que mi primo Miguel le fue a hincar el diente a un trozo de lomo empanado y nunca mejor dicho, que allí se quedó hincado. El diente en el lomo y la boca de mi primo con una mella que parecía la boca de un túnel de la M30 por lo menos. Y luego se le cayó otro, y luego otro… Y a pesar que de no entiendo el por qué de toda esta renovación bucodental he decidido dejar a un lado mi afán por conocer y aceptarla sin más. Pero sólo por una razón: el Ratoncito Pérez, que no veas el chollazo que tiene mi primo con sus dientes, que va el Señor Ratón este y se los cambia por dinerito o juguetes. Comprenderéis que ante semejante suerte mejor no preguntar, ¿verdad?
Sin embargo hay alguien que va a salir perdiendo con todo esto. Hablo de mi Doc, ese que te ve entrar por la puerta de la consulta con cara de tener unas décimas de fiebre y antes de que llegues a su mesa ya te ha soltado el diagnóstico: eso es por los dientes. No importa que tengas el cuerpecito lleno de ronchas, que los mocos verdes te lleguen al pecho, que tengas una tos de perro moribundo o los ojos llorosos y rojos como un tomate. Todo, todo es por los dientes. Ah, pues lo siento mucho Doc, que yo ya tengo mis dieciséis de leche, así que… ¡ve buscándote otra excusa!
UPDATE:
A Teresa y Lola decirles que evidentemente mi mamá me ha comprado un cepillo de dientes y una pasta sabor a fresa. Más vale prevenir… ¡que gastarse una pasta en el dentista!


