¡Salta!
Lo hace la gente cuando está contenta o cuando quieren esquivar un charco, por ejemplo. Nuestros chicos del baloncesto se va a hartar de hacerlo ahora que comienza el Mundial (¿tendremos la misma suerte que con el de fútbol?). He visto a unas niñas en la tele hacerlo con mucho arte desde un trampolín, y a mi primo Alejandro intentarlo con bastante acierto con una comba. Y ahora yo, como siempre estoy contento, como ahora llueve hasta en verano (¡menudas tormentas!), como me regalaron una canasta de Pocoyó en mi cumple, como mi primo se dejó la comba en casa de mi abuelo y como… ah no, que trampolín no tengo… bueno, no importa, como me gusta, me divierte y como muestra de mi constante evolución, ahora… ¡salto!
Pues vaya noticia, pensaréis, si es una cosa de lo más simple. Sí, claro, fácil y simple cuando uno ha aprendido, que hasta que se consigue levantar los dos pies del suelo al mismo tiempo (ese es el truco) son necesarias muchas horas de práctica a costa de las risas de los mayores, que no entienden el enorme esfuerzo de coordinación, equilibrio, concentración y habilidad que para nosotros supone semejante reto. Sí, sí, que no digan que no que se ríen, desalmados… Vale que parezcamos unos tipos torpones y medio cojos brincando sobre unas brasas, pero ese no es motivo de burla, que nadie nace enseñado.
Así que yo, obviando a mi chistoso público, no he cejado en mi empeño y he practicado y practicado y vuelto a practicar hasta que por fin lo he conseguido. Y ahora me paso el día saltando, con energía, con entusiasmo. Porque sí, soy así de feliz
Venga, ¿quién se anima a saltar conmigo?
(como siempre lo hago mejor out of camera
)
