Los oves
Mi pueblo está lleno, llenito de oves. De hecho mi mamá no se había percatado de ello hasta que yo he empezado a llamarle la atención cada vez que vemos uno. Y es que me gustan un montón. No sé si será por su sobriedad, por su fuerza o por su sonido tan característico pero el caso es que los distingo y señalo con un enooooorme entusiasmo, lo cual al que me conozca no debería sorprender porque es el mismo que despliego en todo lo que hago.
El caso es que no es de extrañar tanto ove suelto si tenemos en cuenta los miles de millones de olivos que nos rodean, y es que el ove es una herramienta imprescindible para todo buen agricultor. Yo creo que la finquilla y el ove vienen en un pack. Vamos, que si no tienes tu propio ove de poco te servirá tener tu terreno. Cierto es que fuera del campo pueden ser un poco aparatosos, pero como no están diseñados para la vida en la cuidad no hay por qué preocuparse. Además, dudo mucho que alguno haya pisado el Paseo de la Castellana…
Los hay muy viejos, casi tanto como mi mamá, pero ahí están ellos, que duran y duran probablemente con menos achaques que ella. Luego están los más modernos, que yo señalo con los mismos aspavientos. Los he visto verdes, blancos, marrones y beis (este color me lo han chivado), todo colores un poco de camuflaje. Me hubiera gustado encontrármelos rojos, azules o amarillos, pero al parecer no se han fabricado en esos tonos tan bonitos, no entiendo por qué, porque así sería más fácil encontrarlos en medio del montón de olivas.
No he tenido la suerte de probar ninguno porque mis papás dicen que aún soy pequeño para eso y porque nosotros no tenemos ove, somos más urbanitas. Aunque el otro día encontramos uno aparcado en la puerta de casa y… ¡no pude resistirme a montarme!
Por cierto, creo el resto del mundo los conoce como Rover, Land Rover.
Y encima su matrícula brilla, ¡alucinante!

