Importando tradiciones
En España somos unos fiesteros. Sí, es así, tenemos la fama y además cardamos la lana. Prueba de ello es que hemos patentado el puente, que es cuando una fiesta cae en martes, por ejemplo, y tú vas y te coges también el lunes. Yendo más lejos, somos los creadores del acueducto, que es cuando una fiesta cae en miércoles y casualmente te pones malo el lunes y el martes. No hay mes que no haya un día de fiesta, y más si ese mes es diciembre, con un total de tres días de descanso nacional. Y en los primeros seis días de enero, otras dos. Así da gusto, ¿verdad?
Sin embargo parece que no tenemos suficiente con nuestras propias fiestas nacionales que ahora estamos importando las de otros países. Vale que aún no son oficiales, pero a juzgar por la cantidad de gente que las celebra poco tardarán en aparecer en el BOE. Es el caso de Halloween, esa tradición del miedo llena de calabazas que hace que los niños se disfracen de fantasmas, monstruos o brujas y vayan pidiendo caramelos por la calle. A mí la verdad es que no me parece una mala idea esto de halloweenear, es divertido, pero como dice mi mamá, siempre que también se respeten nuestras tradiciones. En nuestro caso la más importante el 1 de noviembre es la de hacer gachas dulces y comérnoslas. Antes, en la prehistoria por lo menos, por lo visto los niños se dedicaban la noche del día 1 a echar este postre altamente pegajoso en las cerraduras de las puertas de las casas. Vaya tela, y luego dicen que si los chiquillos de ahora somos cafres…
En fin, el caso es que como muestra de esta mezcla de culturas que a los más peques nos está tocando vivir, y porque no podía resistirse, la verdad, mi mamá me compró un pijama de Halloween que yo luzco todo entusiasmado. ¿Verdad que me queda bien?
Por cierto, si queréis ver las galletas especiales que mi tita Teresa ha hecho para celebrar este día no dejéis de pasaros por su blog.
No podía ser de otra forma, yo me comí la de esqueleto
















