Leo y Luca en nunca jamás

octubre de 2010

Otro reto superado

01 de octubre de 2010 en La vida de Leo

Si algo he aprendido en mis dos años de corta pero intensa vida es que cada cosa necesita su tiempo. Es inútil intentar adelantar acontecimientos porque así lo único que se consigue es pasar malos ratos aderezados con inconsolables llantos: probar nuevos sabores, dormir solo (bueno, esto aún no lo tengo del todo superado ;) ), ponerme de pie, caminar… todo, absolutamente todo, tuvo su momento. Y montarse en los carruseles, también.

Mi primer contacto de verdad con estos chismes fue hace ya más de un año, en las ferias de mi pueblo. Entonces apenas tenía un añito recién cumplido y aquél ruido ensordecedor fue demasiado para mí. Me asusté mucho, y así se lo hice saber a mis papás que ni se plantearon darme una vueltecita en ninguno de ellos. A estas fiestas les siguieron las de carnaval y ahí, un poco más maduro, ya conseguí entretenerme un rato viendo las luces y observando a los niños que más aventurados se subían en ellos. Hace apenas un mes, de nuevo en las ferias, ya empecé a dar muestras de querer dar un paso más mostrando un verdadero interés por aquellos artilugios giratorios. Si había tantos niños que se subían a ellos… ¿no deberían ser tan malos, no? Aún así mi momento no era ese, que aún estaba por llegar.

Y llegó de la forma más natural posible el día de San Miguel en la feria de Úbeda, aquí al ladito de casa. Que yo me dije para mí mismo, si el santo este es capaz de proteger a toda la Iglesia entera, ¿no va a ser capaz de protegerme a mí, un pequeño niñito, si decido debutar en esto de los carruseles? Y allá que me lancé dispuesto a superar mis temores en cuanto vi un ferrari rojo biplaza con su cavallino rampante y todo. Claro, a esto mi papá tan feliz. Primero pensó en mandarle mi foto en el ferrari a Fernando Alonso, aunque luego reflexionó y creyó más conveniente enviársela al Botín, que es el que pone la pasta y por tanto a quien hay que ganarse. Pero yo a lo mío, me subí a él, con lo cual a mi mamá no le quedó más remedio que acercarse al señor de la taquilla y pedirle una ficha. ¿Sólo una?, le dijo aquél señor. Pues de momento sí, dijo mi mamá, y ya veremos a ver si no tenemos que bajarnos en mitad del viaje… Como siempre mi mamá confiando en mis posibilidades. Pues aguanté ese viaje y otro más. Y hubiera seguido de no ser por mis papás, que después de acompañarme uno cada uno estaban ya un poco mareados, estos mayores… Creo que ambos están muy orgullosos de mí y de este paso que he dado yo solito, aunque yo sé que en el fondo de los fondos están bastante preocupados porque saben que se ha abierto la caja de Pandora y ahora cada vez que haya una feria allí estaré yo, como los churreros, para dar cuenta de ella, con lo que eso supondrá para su bolsillo. Aunque lo peor creo que no es esto, que sólo había que ver la cara de pánico de mi mami cuando vio los cacharritos para mayores: como algún día se te ocurra montarte en esto Leo, me dijo, ¡¡¡ te mato !!!

Por cierto, ese mismo día y antes de ir a la feria mi uña malita decidió que ya no quería estar más conmigo así que después de una breve y extrañamente poco traumática visita al Centro de Salud volví a casa con mi dedo renovado y sin uña. ¡Suerte que es una parte del cuerpo que nunca deja de crecer!

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