Qué complicado es el castellano
Cuando uno está aprendiendo a hablar, como es mi caso, se enfrenta a un reto muy complicado. No sólo hay que saber qué palabra usar en cada momento, sino que además hay que saber pronunciarla lo mejor posible para que los demás te entiendan. Pero esto sólo son pequeñas menudencias lingüísticas comparado con lo que realmente está por venir. Ayer sin ir más lejos comprendí lo difícil que va a ser dominar el idioma gracias al descubrimiento de dos monstruos del castellano: la homonimia y la polisemia.
Estuve en el cumpleaños de mi amigo Juan Antonio, en el que he de decir que me lo pasé genial. Lo celebró en el bar-salón del Centro de Día de nuestro pueblo, abierto expresamente para él y todos sus invitados. Imaginad la de sitio que había para correr y jugar. Pues bien, en un rincón del lugar encontré un objeto extraño que no había visto nunca. Se trataba de una especie de caja transparente en cuya tapa había una ranura muy finita. Intenté abrirla, pero no pude. Entonces vino mi papá y me dijo que eso era una urna electoral y que servía para votar. ¿Qué hice yo? Pues ponerme a botar con toda la coordinación que pude. Primer descubrimiento, las palabras homónimas: una cosa es votar con “v” y otra botar con “b”, que aquél chisme no era para que saltásemos de manera entusiasmada. Tuvieron que explicarme que se usa para votar con “v” que es cuando muchas personas eligen algo o alguien de entre varios candidatos. Ah, vale, entonces cuando mi hermano y yo tengamos que elegir un juguete para jugar tendremos que votar, ¿es eso, no? Mi papá me explicó cómo se votaba, me dio una servilleta de papel y juntos la introdujimos en la urna por la rajita de la tapa. A partir de entonces el bar se quedó sin servilletas.
Voté una vez…
… y otra…
… y otra…
… y otra más.
Entonces vino mi mamá y me dijo que qué clase de democracia era esa, que aquello no era una votación sino un pucherazo. Vamos a ver, ¿pero no habíamos quedado en que la caja transparente era una urna? ¿A qué viene ahora lo del puchero grande? ¿Pretendes poner esto al fuego con huesos de jamón, alubias, patatas, zanahorias y demás verdura? Y aquí es donde vino el segundo descubrimiento: las palabras polisémicas, que resulta que el pucherazo puede ser una olla muy grande, un plato de puchero contundente (como los que a mí me gustan) o un fraude electoral, que era lo que yo estaba cometiendo con tanto voto a mi favor. Jesús madre mía, pues sí que es complicado esto del idioma…
Sin embargo decidí no estresarme, que para eso ya vendrá la primaria. Así que aprovechando que estaba en un bar hice lo que los hombretones como yo se supone que hacen para relajarse: me fui a la barra con mi papá, que me enseñó algo menos cultural quizás que la riqueza del castellano pero fundamental en la vida de cualquier persona: a abrir una cerveza.
Y aunque no fue tarea fácil, conseguí abrirla. Vale que contaba con algo de ayuda, que la cerveza estaba vacía y que el tapón se lo colocaba flojito mi papá, pero lo que importaba no era la fuerza sino la técnica, y esa la aprendí perfectamente. Así que ya no quedaba más que brindar y…¡seguir con la fiesta!






