Leo y Luca en nunca jamás

febrero de 2011

En mi cama nueva

28 de febrero de 2011 en La vida de Leo

Hay muchas señales que delatan que me hago mayor. En las tiendas del señor gallego ya no compramos en la sección de bebés (lo del plural es un eufemismo, que ya se sabe quién maneja la tarjeta de plástico…), ahora vamos a la de niños. Mi lenguaje progresa por momentos y ya es bastante fácil entenderme. También empiezo a tomar mis propias decisiones, aunque a veces la opción elegida termine cayendo en saco roto porque siempre hay alguien que opina que decide mejor que yo (como por ejemplo cuando quiero salchichas para cenar pero alguien cree que “son mejores” las croquetas de pescado).

Y desde el sábado hay una prueba más, porque ese día mi cuna heredada desapareció y fue sustituida por una camita propia. Se acabó lo de dormir encerrado entre barrotes, como si yo fuera un vulgar delincuente. Bueno, vale que he pasado más tiempo en la cama de mis papás que en mi lecho “natural”, pero es que ahí se está tan agustito… Ellos creen que no lo sé, pero para mí no es ningún secreto que el cambio viene propiciado por la próxima llegada de mi hermanito. Él tendrá la suerte de compartir su cama cuando nazca y por eso a mí me han puesto una para mí solito, eso sí, con la excusa de que es porque ya soy un niño grande y eso.

Mi primera noche fue genial y dormí en ella hasta el día siguiente. La segunda… bueno, digamos que me rebelé en plena madrugada y reclamé volver a la cama grande. Al final mamá me convenció entre susurros y me quedé. En realidad me gusta porque tiene dos ovejitas en el cabecero y una almohada enorme (aunque yo sigo prefiriendo a mi perrillo). Eso sí, king size no es que sea demasiado, que más bien es tirando a estrechita. Pero como mis papás han tenido el detallazo de instalarla al lado de su cama (por razones logísticas y de otra índole que no vienen al caso), no podía ser más grande. La verdad es que a mí eso no me importa, yo mientras durmamos en comuna soy capaz de hacerlo donde sea.

Y al margen de este tema, que ya podía haber escrito otro post pero se me ha antojado hacerlo en este, comentar que hoy hemos estado de fiesta en Andalucía porque es nuestro día, y olé. En mi guarde lo celebramos el viernes con un desayuno tradicional a base de tostadas con aceite y pintando nuestra banderita blanca y verde. Pero aún no consigo decidir qué actividad me gustó más ;)

Bebiendo con pajita

27 de febrero de 2011 en La vida de Leo

No es ningún secreto que soy de buen comer. Tengo mis platos favoritos, como todo el mundo, pero en general le doy a casi todos los palos y me muestro favorable a probar nuevos sabores. Pero no ocurre lo mismo en el caso de la bebida. Ya desde pequeño rechazaba esos biberones de manzanilla que mi mami me preparaba y “que son tan buenos para los bebés”. Para qué quería yo aguachirri color amarillo pis teniendo su teti a pleno rendimiento y disposición. Luego fueron ofreciéndome más cositas, como zumo o batidos, pero ni entonces ni ahora terminan de convencerme. Así que mi dieta líquida se reduce básicamente a dos bebidas: la leche y el agua.

Es por eso que no había descubierto las pajitas, porque la leche me la tomo en bibi (sí, qué pasa, ¡me resisto a dejarlo!) y el agua casi siempre en botella. Había visto esos chismes de colores con forma de palito y huecos un montón de veces, pero básicamente los usaba para jugar, sobre todo y últimamente en la bañera, donde un día mi mamá me dio unas cuantas para entretenerme haciendo burbujas (a veces es que soy muy simple). Mi mente rápidamente reaccionó y pensé que si podía hacerlas en la bañera también, aunque a menor escala, en un vaso de agua. Y empecé a pedir para cenar que me pusieran el agua en un vaso, pero eso sí, con pajita. Aquello se convirtió en la fiesta infantil del líquido elemento, aunque como siempre mis papás no opinaban lo mismo. Está claro que con la edad se pierden un montón de cosas: pelo, figura, neuronas y sobre todo capacidad de diversión. En fin, que en esas estábamos cuando mi mamá decidió que debía usar la pajita para lo que verdaderamente está diseñada, para beber. Y ahí que empezó a enseñarme. Mira Leo, tienes que chupar, así, así, para dentro (¡¡¡no para fuera!!!)… mira como lo hace mamá, ¿ves?… por aquí sube el agua y llega a tu boca… Tanto insistió que no me quedó más remedio que aprender, primero para que dejara de darme la brasa, y segundo porque, no lo neguemos, soy un tipo listo ávido de nuevos descubrimientos.

Y aprendí apenas sin esfuerzo. Ahora entra más agua en mi cuerpo de la que se queda en mi ropa (y en la de mis papás, y en el suelo, y en la mesa, y en la silla…) y todos tan contentos, ¡que vivan las pajitas!

Malitos

22 de febrero de 2011 en Esperando al bebé, La vida de Leo

Una semana de ausencia es demasiado para un bloggero empedernido como yo. Pero mis motivos tengo.

La enfermedad ha entrado a nuestra casa por la puerta grande afectando a dos tercios de sus habitantes. Y si aclaramos que el que se ha librado (de momento) de caer en sus garras ha sido mi papá, ya os podéis imaginar qué dos personas han sido las afectadas.

Efectivamente, mi mamá y yo estamos malitos. Entre los dos sumamos mucha pero que mucha tos, bastantes mocos y estornudos, malestar general, ganas de nada y yo, para colmo de males, fiebre. No hay que ser licenciado en medicina para darse cuenta de que son los síntomas típicos de la gripe… Y por lo visto, atenuados, ya que ambos estamos vacunados frente al bicho por prescripción de nuestros respectivos Doc. Uf, no quiero ni pensar cómo estaríamos si allá por octubre no nos hubieran puesto la banderilla…

Mi agenda médica se parece estos días a la de un jubilado, que si antitérmico por aquí, que si gotas para los mocos por allá… Luego está el termómetro. Cada vez que lo veo empiezo a lloriquear y digo “pitar noooooooo”, que significa “ya sé que eso no hace nada y que cuando pite me lo puedo quitar pero, por favor, ¡no me lo pongas otra vez!”. Es una lata. Aunque bueno, casi peor es lo de mamá que con eso de que está embarazada apenas puede tomar nada y tiene que aguantarse con los síntomas, que sí, serán todo lo atenuados que queráis, pero no sabéis cómo molestan…

Creo que este invierno aún no me había quejado, pero ya estoy harto. Quiero que pase ya el frío, que se vaya la lluvia, que empiecen a salir florecillas en el campo y el sol caliente. Quiero poder ir al parque con mi moto cada tarde y no tener que llevar pañal de cuello vuelto. Quiero que llegue ya el buen tiempo y los virus se vayan lejos, ¡muy, muy lejos!

Fuerza bruta

15 de febrero de 2011 en La vida de Leo

Entre los regalos que recibí el día de mi segundo cumpleaños se encontraba un bloque de madera con unas piezas de plástico para martillear. La verdad es que me gustó bastante, sobre todo por el tema del martillo, que ya se sabe es algo muy masculino. Sin embargo, y como la mayoría de juguetes de hoy en día, éste no sirve sólo para entretener, ya que según la tienda de las letras amarillas, de donde oh cosa rara mi mamá lo compró, “ayuda a los niños a desarrollar sus habilidades motrices y/o coordinación manos/vista”. Así que desde entonces ahí he estado yo, desarrolla que te desarrolla.

Al principio me desesperaba bastante, porque yo intentaba golpear las piezas de colores y no atinaba ni a la de tres. O atinaba pero no tenía la fuerza suficiente para pasarlas al otro lado… El caso es que al final siempre les pedía a mis papás que lo hicieran ellos. Pero me dije, Leo, esto no puede seguir así, tienes que aprender y superarte, que no debe de ser tan difícil, hombre. Dicho y hecho, a base de práctica y muchos, muchos pero que muchos golpes he logrado acertar en las piezas y hundirlas por completo en la madera, ¡bien por mí! Alguno pensará que claro, que después de tantos golpes que le habrán dado mis papás el chisme ese estará más blandito, pero no, que sepáis que hay que pegar muy fuerte. Suerte que yo soy un tío cachas. ¿Será a consecuencia de estos rizos míos? Oh, oh, ¡espero no perder la fuerza cuando me corten el pelo como a Sansón!

Y algunos minutos después…

¿Os habéis fijado qué bien recojo mis juguetes? Es que ya sé que hasta que no guardo uno no puedo sacar otro, ¡bien por mí otra vez!

Veintiséis semanas

13 de febrero de 2011 en Esperando al bebé

Y así como el que no quiere la cosa nos hemos plantado en la semana 26 de embarazo, a puntito de dejar el segundo trimestre (me lo ha chivado la contenedora). Ya sólo quedan tres meses para que el bebé llegue a casa… ¡para quedarse! En esto es en lo que más insiste últimamente mi mamá, que intenta prepararme psicológicamente para ello diciéndome que lo que ahora veo y reconozco en su barriga no permanecerá ahí para siempre, sino que pronto será un niño muy pequeño que (esperemos) tomará teta, llorará mucho y yo tendré que cuidar. ¿Cómo? Pues poniéndole el chupe, dándole a mis papás los pañales y las toallitas cuando haya de descontaminarlo, cantándole delicadas cancioncillas para tranquilizarlo… En fin, esas cosas propias de un hermano mayor.

A mí la verdad es que el tema no termina de convencerme demasiado, que yo ya tengo mis rutinas bien establecidas y no soy de cambiar mucho, más aún cuando es para llevar a cabo este tipo de tareas impuestas… Aunque para ser sinceros del todo, esto no es lo que más preocupa a mis papás, que seguro pueden apañárselas solos sin mi inestimable ayuda, de hecho, ya lo hicieron conmigo y sigo vivo. Al parecer el quid de la cuestión está en cómo me tomaré realmente el hecho de que un ser pequeñito duerma con mi mamá y se pase el día pegado a ella, que ya se sabe que los bebés necesitan de muchísimas atenciones, sobre todo de las de mamá, “” mamá.

Con toda seguridad no será una transición fácil, pero quién sabe, igual los sorprendo y si el enano me trae regalitos y me deja un hueco en la cama comunitaria me porto mucho mejor de lo que ellos esperan (guión) temen.

De momento él sigue a lo suyo, que es columpiarse y hacerse un montón de largos dentro de la barriguita de mamá. Ella dice que, aunque parezca imposible se mueve muchísimo más de lo que lo hacía yo, que ya era bastante, y espera que eso no sea un preludio de lo que le espera cuando nazca. Lo más espectacular es que ahora los movimientos no sólo se perciben, sino que además se ven. Es como si la tripa de mamá fuera una enorme gelatina, ¡de golpe empieza a moverse sola! Y otra cosa muy sorprendente es que si esperas un ratito el peque hasta te deja tocarle lo que puede ser un brazo, una pierna… ¡o el culete! El problema es que yo no tengo tanta paciencia, me canso de esperar y al final acabo bajándole a mamá la camiseta para soltarle un ¡adiós bebé!. Espero que cuando llegue para quedarse encuentre una forma tan sencilla de deshacerme de él ;)

P.D. A los que gusten las comparaciones, podéis ver aquí cómo era la barriga de mamá a las veintiséis semanas de mi embarazo.

Vidas paralelas

10 de febrero de 2011 en La vida de Leo

Viajamos en el mismo tren, pero en vagones diferentes.

Yo, Leo el auténtico, voy en cabeza, al frente de la locomotora, intentando llegar ordenadamente a un destino que la vida aún está por descubrirme con enorme ímpetu, con entusiasmo y sin desviarme ni un sólo segundo del camino que tengo marcado.

Él, Leo el impostor, va en el vagón de cola, parasitando mi existencia, dejándose llevar y disfrutando de una vida fácil, alborotada y sin reglas. Va el último porque siempre está castigado, pero a él no le importa lo más mínimo porque tiene bien asumido su rol: hacer todas las travesuras posibles.

Por suerte este Leo al margen de la ley sólo existe en la imaginación de algunas personas, principalmente en la de mi mamá pero sobre todo en la de mi tita Teresa, y es usado cada día para entretener a mis primos Miguel y Alejandro cuando no quieren levantarse para ir al cole, cuando alguno se ha hecho pupa y hay que consolarlo, cuando se pelean y hay que distraerlos… Entonces aparece él con alguna de sus historias para hacerlos reír, porque ya se sabe que a los niños les encantan las trastadas varias.

Mi Leo paralelo, mi otro yo, ha hecho de todo. Un día que fue a una de las tiendas del señor gallego se colocó dos camisetas encima de la ropa y el guardia de seguridad lo tuvo que detener. Ha metido la fruta en la lavadora sin que su mamá se diera cuenta y ha salido toda la ropa manchada, ha tirado los juguetes por la ventana y le ha dado en la cabeza al vecino de abajo, ha pintado todas las paredes de su casa y algún que otro mueble… pero sin duda su delito más recurrente es el que tiene que ver con las pestes: que si se ha hecho caca en la bañera, que si se ha quitado el pañal y lo ha dejado con regalito por ahí escondido… esas historias nunca fallan.

Mi “alter leo” es un elemento de cuidado y seguro que su mamá imaginaria está de los nervios con semejante bichejo en casa.

Ay, suerte que yo soy un angelito…

El combustible del futuro

06 de febrero de 2011 en La vida de Leo

Hace muchos, muchos años en la Tierra no había niños ni mayores como ahora, sino que existían unos animalitos de considerables dimensiones llamados dinosaurios. Estos bichos vivían felizmente campando a sus anchas por el planeta hasta que un día un pedrusco espacial se estrelló en él y los mandó a todos al cielo jurásico. Bueno, a sus almas, porque sus cuerpos se quedaron abonando el terreno y transformándose con el paso de los años, los siglos y los milenios en ciertas sustancias que hoy en día se utilizan para proporcionarnos energía, como el petróleo.

El problema es que dinosaurios había los que había y por tanto petróleo hay el que hay, ni más, ni menos. Pero gente que lo demanda sí que hay cada vez más… En este punto es donde echo mano de mis conocimientos de macroeconomía y del famoso principio de la curva de la oferta y la demanda, que viene más o menos a decir que si la oferta de un producto aumenta el precio cae pero si lo que aumenta es la demanda… el precio sube. En palabras llanas, que como hay tanto chino e indio demandando un producto que cada vez es más escaso porque está más explotado su precio se dispara. Yo lo sé por los comentarios de mi mamá, que cada día hace más de 130 kilómetros de coche la mitad de los cuales se los pasa maldiciendo a diestro y siniestro por lo que le cuesta ir a trabajar (encima).

Pero ya le he explicado que no tiene por qué preocuparse, que lo de dejarse una pasta gansa en la gasolinera cada semana tiene los días contados porque yo tengo la alternativa de futuro. He encontrado un combustible que va fenomenal, es limpio, barato, renovable y proporciona la energía suficiente para autopropulsarse: ¡los gusanitos! Estos días que mi amigo el lorenzo nos está regalando unos días estupendos he podido volver a disfrutar de mi moto en el parque. Pero para poder ponerla en funcionamiento necesito mi propio combustible y nada más salir de casa pasamos por la tienda de chuches donde al módico precio de 30 céntimos lleno mi depósito para correr, correr y correr.

Creo que propondré lo de los gusanitos como alternativa a lo que queda de los dinosaurios a los gobiernos internacionales, aunque no sé si a ellos les interesará, ¡creo que no están muy por la labor!

Equipando al bebé

04 de febrero de 2011 en Esperando al bebé

Cuando yo iba a nacer había una cosa que mi mamá tenía muy clara. Bueno, dos. Una es que me querría hasta el infinito y más allá y la otra es que haría calor, mucho calor. Y no se equivocó en ninguna de las dos.

Hablo de mi mamá exclusivamente porque este post va de trapitos, cosa de la que mi papá ni entiende ni quiere entender, que lo suyo son las motos y los barcos. Hablo de ella porque es la que se encarga y se encargó entonces de comprar todos los modelitos que completan mi fondo de armario. Y como sabía que aquí en pleno mes de julio hasta las piedras sudan, se dedicó a adquirir prendas fresquitas de tejidos delicados para la piel ídem de su bebé. Sin embargo con mi hermanito no lo va a tener tan fácil, porque… ¿qué tiempo se supone que hará en el mes de mayo? Imposible predecirlo. Y hablo desde la experiencia, ¿eh? Por ejemplo, hace dos años, el día que cumplía 10 meses y acudía extrañamente risueño a la revisión con mi Doc (por aquél entonces era un bebé iluso con poca memoria) lo hacía en manga corta y pantalón corto, lo cual significaba que hacía calor. Sin embargo el año pasado y prácticamente en la misma fecha, cuando escribía sobre mis queridos bolardos llevaba tres capas de ropa abrigo incluido. Mis papás dicen que es algo normal, que el tiempo primaveral es muy cambiante, y a esto se ha agarrado mamá para empezar a crearle a mi hermanito su propio fondo de armario: tiene que tener ropa para cualquier temperatura. Si mayo y junio vienen calurosos podrá aprovechar la mía, comenzando así su calvario de heredero (ah, se siente peque). Pero si vienen fresquitos ahí está mi mamá y su tarjeta de plástico para solucionarlo. He aquí algunas de las recientes y diminutas adquisiciones (¡y que vivan las rebajas!)

Churretes

02 de febrero de 2011 en La vida de Leo

Cuando uno come existen bastantes probabilidades de que acabe manchándose: descuidos, accidentes, prisas… Cuando uno es un niño de dos años (ya sin casi) y medio la probabilidad se convierte en una seguridad absoluta, más aún si el niño en cuestión se empeña en alimentarse sólo para afianzar sus habilidades y su independencia.

Si te manchas la ropa hay ocasiones en las que tu mamá se puede mosquear bastante, que si ahora me toca frotar, que si a ver cómo saco esa mancha, que si esa camiseta era nueva (culpa tuya mami, no hace falta que me pongas como un pincel para comer), que si… Menos mal que cuando uno lo que se ensucia es a sí mismo no hay tanta bronca, porque la piel es muy agradecida y con un poquito de agua y jabón rápidamente desaparecen las manchas, también llamadas en este caso churretes.

Yo soy un experto en churretes. Ya en una de mis primeras experiencias con la comida salada lo demostré. Y es que parece que cuando uno se pringa hasta las orejas de salsas o triturados varios se disfruta más la comida. Es como cuando bebes agua, que sabe mejor si al terminar haces “aaaaaaahhhh”, ¿a que sí?

Así que papás y mamás del mundo, dejad que los niños se acerquen a la comida, que la toquen y la disfruten porque un niño bien autoalimentado es un niño feliz, churretoso, pero feliz :)

Eso sí, si estáis un poco desesperados siempre podéis recurrir a la comida inerte que no deja huella (¡que no es comida ni es na!)

P.D. Lo de las lentejas para cenar es cierto, las vi y… ¡no pude resistirme!

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