Ser pequeño tiene un montón de ventajas: eres el rey de la casa, todos te mimam, te llevan en brazos (algo fundamental para comodones como yo), te dejan hacer un montón de cosas que siendo mayor estarían prohibidas… Sin embargo también tiene sus inconvenientes. Uno de los que a mí personalmente más me ha fastidiado ha sido el de ver limitada mi capacidad para tomar mis propias decisiones, y aunque la cosa ya va cambiando, que uno empieza a imponer su sabio criterio, hasta hace poco todo pasaba antes por la criba de mis papás: qué tenía que comer y qué no, cuándo debía irme a dormir, qué ropa me ponía… Bueno, esto último más bien era cuestión del sector femenino de la casa. Hasta lo que podía ver en la tele lo elegían ellos. Cierto es que uno es bastante flexible en este aspecto y se adapta casi a cualquier cosa, pero vamos, que aún así fue más o menos por imposición el que yo tuviera mis dibujitos favoritos.
Como todo el mundo sabe empecé (léase mamá decidió que empezara) con mis Baby Einstein. Aquello de las marionetas de animalitos y la música clásica molaba. Está claro que empaparme de ellos no me ha convertido en un intelectual como algunos afirmaban, pero oye, ¿y los buenos ratos que he pasado viéndolos? Luego la cosa evolucionó y me pasé (léase mamá decidió que me pasara) a los conejitos de Bunnytown, esos que viven rodeados de flores de colores al estilo de los 70. Desde entonces el tema se diversificó bastante, descubrí (léase mis papás se dignaron a descubrirme) Clan y Disney Channel y comencé a ver otras cositas: Sésamo, Dora la Exploradora, Lazy Town, Pat el Cartero, Phineas y Ferb… y mi favorito, la Casa de Mickey Mouse y derivados.
Sin embargo había una cosa que permanecía vetada en casa, algo que toooooooodos los demás niños veían pero yo no: Cantajuegos. Mi mamá se negaba rotundamente a que fuera abducido por esos tipos de peto vaquero (algo que ella considera que después de los 90 se demostró que debe ser una prenda exclusivamente infantil) que cantaban a los niños como si éstos fueran tontos. Vamos a ver mamá, de tontos nada, ¡que somos niños! Qué quieres, ¿que escuchemos a Bob Dylan y veamos Redes? Pues no, a nosotros lo que nos gusta es el patio de mi casa, el señor don gato y hasta la tetera y la cuchara esa. Pero nada, que no había manera.
El día del cumpleaños de mi amigo Juan Antonio, hace ya más de tres meses, pusieron los famosos Cantajuegos en el ordenador y mis papás se quedaron de lo más sorprendidos cuando empecé a cantar y bailar todas las canciones. Aquello sólo tenía una explicación: alguien que no eran ellos pensó que un poco de música infantil coreografiada no me haría ningún daño. Y descubrieron que ese alguien eran mis seños de la guarde, que allí no todo es pintar y aprender. Sobra decir que me los gané enseguida con mi dulce voz y mis movimientos (a)rítmicos, así que desde entonces de vez en cuando, y en contra de sus principios, mamá me los ponía en youtube. El problema que había era el de siempre, que los vídeos se paraban, tardaban en cargarse… así que le dio la orden a mi papá de que me grabara un cd para evitar estos temas que desesperan enormemente a un niño de casi 3 años como yo. Mi papá, “Sinde-masiados” remordimientos, me grabó el cd. De esto hace una semana y desde entonces en casa sólo se ve “cantar”, como lo llamo yo.
Mis papás han soportado estoicamente el “¡meeska, mooska, mickey mouse!” del ratón orejudo, el “mapa, mapa, mapa, mapa, soy el mapa” de la niña con cabeza de melón y hasta las “sportchuches” del tipo saltarín, pero creo que definitivamente NO SOPORTAN a los del peto vaquero. Mamá dice que tiene las cancioncillas metidas en el sentido, de día y de noche (y sus noches últimamente son muuuuuy largas) y que me va a cortar el suministro pero ya. Lo que ella no sabe es que yo ya sé reconocer los cd´s (sí, aunque no sepa leer) y ponerlos en mi lector portátil, así que, sorry mami, a partir de ahora…¡yo decido lo que quiero ver!
