Dos semanas
Vaya, vaya. Esto de tener un blog compartido unido al poco tiempo que uno tiene para escribir, que ya se sabe que para un bebé chiquitín como yo lo prioritario es dormir y comer, hacen que mis post vayan de semana en semana. Y hoy cumplo dos, ¡bien por mí!
En estos últimos siete días la novedad más destacada en mi vida es que desde el domingo puedo dar por concluida mi carrera de astronauta ya que perdí el último vestigio que quedaba de ella. Efectivamente, ¡se me cayó el cordón! Y oye, menudo alivio, que la pinza esa que me colocaron como si yo fuera un vulgar trapo de cocina tendido al sol era de lo más incómoda. Se me clavaba cuando estaba boca abajo, me tiraba si se enganchaba el pañal, no podía bañarme enterito… Pero ahora por fin soy libre. Mi mamá sintió un poco de pena porque dice que ese el primer paso que doy hacia la independencia, aunque yo creo que exagera un poco. Menos mal que mi hermano Leo ya me había advertido que a veces le pasa eso de exagerar. Ay, si yo la necesito un montón… bueno, al menos para comer y calmarme, dos cosas que sólo consigo enganchándome a su teti. Porque aunque veo la devoción con que Leo agarra su chupete para ir a dormir, que no hay quien se lo quite en toda la noche, yo no le encuentro ninguna utilidad al caucho ese, que por más que chupes de ahí no sale nada de nada. Yo prefiero el chupete natural de mami, así es como consigo dormirme. Pensaréis que soy un aprovechado, pero para un vicio que tiene uno… Que por lo demás soy un bendito, que no doy un ruido, que me dejan en la minicuna y ahí que sigo dormido hasta dos horas sin apenas moverme. Un angelito, eso soy.
Y claro, tanto tetear da sus frutos, que al igual que todo lo que sube ha de bajar, todo lo que entra… ¡pues tiene que salir! Lo gracioso es que lo que meto no siempre sale cuando mejor le viene a mi mamá, que es la que me cambia los pañales, y ya no ha ocurrido una, ni dos, ni tres veces, es que casi siempre pasa que espero a que lo haga, a que me cambie, para justo después soltarle el regalito. No es que lo haga intencionadamente, es que mi ritmo intestinal es así, jeje. La segunda consecuencia es menos escatológica y tiene que ver con mi crecimiento. Os comenté que el jueves pasado tenía cita con el Doc, que además de hacerme una exploración completa y de estudiar todos mis reflejos volvió a pesarme y medirme. En ocho días había pasado de 3.250 a 3.600 gr., lo cual según él está fenomenal, que perdí los 200 gr. de rigor pero luego gané 550, ¡más de medio kilo! Además medí 51 cm. Mamá le preguntó si era posible que hubiera crecido 2 cm en tan poco tiempo y él le dijo que es que probablemente me medirían mal en el hospital, cosa que ya intuía porque estaba delante cuando lo hicieron y según ella el método no fue muy fiable que digamos. Vamos, que las gitanas del mercaíllo miden mejor los retales usando la técnica del brazo-hombro. Pero bueno, datos aparte, no hay más que verme para comprobar que voy cambiando día a día, obviamente a mejor, que como dice mi papá se ha vuelto a cumplir esa regla matemática que dice que menos (él) por menos (ella) es más (yo). Creo que me van a gustar las matemáticas…

Por cierto, otra cosita. Ayer mamá y yo dimos nuestro primer paseo dos en uno, que me envolvió en la tela kilométrica esa que le regalaron los Reyes Magos y allá que nos fuimos con mi papá y Leo a la calle, donde por cierto, la gente nos miraba algo extrañados. Creo que aún tiene que practicar la técnica de nudos y vueltas, pero vamos, muy mal no debió hacerlo porque después de llevar un rato refunfuñando me colocó ahí y menudo sueñecito cogí con el meneillo y el calorcito de mamá. He aquí la prueba.

