Qué bien suena a veces el plural, ¿verdad? Y es que otro año más vuelvo a ser un chico con suerte, que no sólo tengo una, sino dos fiestas de cumpleaños. La primera, como viene siendo habitual, en la guarde. Y la segunda, también tradicional, en el patio de mi abuelo, que ya se ha convertido en el escenario perfecto para todo tipo de saraos. Los dos últimos años las he posteado por separado, pero ahora con lo de compartir el blog con Luca tengo que aprovechar muy bien cada una de mis entradas, así que preparaos porque esta promete ser completita, que van las dos de una vez.
La fiesta en la guarde la celebramos el viernes día 22, ya que mi cumple este año ha caído en sábado y ese día, claro está, no tengo que ir (y anda que no lo dejé claro cuando me levanté… “¡hoy no hay guarde, mamá”!). Allí me lo pasé bomba, porque ese día fui el protagonista, con corona de rey incluida, y eso mola un montón. Después del éxito de la tarta-tren del año pasado el listón había quedado alto, así que mis papás tenían que currárselo: él puso a trabajar la thermomix, ella se aprovisionó de lacasitos como para un ejército de pequeñajos y juntos consiguieron dar forma a la famosa tarta-pez, con la que nuevamente volví a triunfar.



Luego tocaba el turno del regalito a los compis (¿no es al revés, que el cumpleañero es el que recibe?). El año pasado sólo éramos doce niños en la clase, así que mi tita Teresa tuvo a bien hacerme sus famosas galletas decoradas para repartirlas como detallito. Pero ahora los niños se habían multiplicado por tres, treinta y seis terremotos en total, así que la sorpresa para mis amigos fue más sencillita. Mi mamá, que casi acaba con diabetes de manejar tanta azúcar, me hizo unas brochetas de chuches que envolvió con su pegatina y su lacito y todo y que yo encantado repartí a mis compis.

Fue un buen preámbulo para lo que me esperaba el día 23, ¡el día de mi cumpleaños! Nada más despertar mis papás me llevaron a mi cuarto de juguetes donde me esperaban un montón de globos y de regalos: un túnel súperchulo (¡¡¡me encantan los túneles!!!), un libro de pegatinas, juegos de piezas de parte de un amigo de mi papi, una moto de mi abuelo Melchor (sí, otra moto, la mía la olvidamos papá y yo un día en el parque…
) y unas gafas de sol la mar de molonas que me enviaron mis amigos Laia y Àlex (gracias
)



Ya por la tarde, después de reponer fuerzas con una buena siesta y dejar al personal de catering y decoración hacer su trabajo, llegó el turno de recibir a mis invitados. Que vamos, luego dicen que si la Preysler es una perfecta anfitriona, ¡pues porque no me han visto a mí! Cada vez que alguien aparecía por la puerta salía corriendo a saludarlo con la mejor de mis sonrisas y lo llevaba dentro a enseñarle los montones de globos que había en la piscina y que mi papá había inflado hasta casi quedarse sin pulmones. Y sí, como no podía ser de otra manera… ¡la fiesta fue de Mickey!

Este año mi mamá tuvo que optimizar con la decoración, que dice que tener un bebé de dos meses en casa no le ha dejado mucho tiempo para el recorta-pega de cartulina. Eso y que por lo visto tiene la mala costumbre de dormir… Pero bueno, aún así quedó resultona con la súper figura de Mickey presidiendo la mesa roja, negra y blanca, los colores de la fiesta.

Lo que tampoco hubo este año fue tarta de mi tita mamimanitas. Bueno, la hubo pero a medias. No hubo tiempo para modelar figuritas de fondant aunque sí para hacer un delicioso relleno que encantó a todo el mundo. La verdad es que la eché de menos porque si hubiera podido seguro que le queda una tarta alucinante. Para compensar mi mamá se buscó unas figuiritas que dieron bastante el pego y recicló los banderines de la tarta de mi santo, así quedó una tarta muy chula.

Lo importante, como ya he dicho, es que estaba buenísima, y si no que se lo pregunten a mi amigo Francisco, que juntos nos sentamos junto a la piscina y ahí que echamos un mano a mano a ver quién se la comía antes.

Mi tita Teresa, que ya podría dedicarse en serio a lo de las parties, montó además un improvisado taller de globoflexia y nos hizo a todos los niños sables, flores, gafas, gorros…

Nos divertimos un montón y casi nadie echó de menos los diez botes de pompas de jabón y las bengalas que mi mamá había comprado y que luego se olvidó de sacar. Suerte que no pasó lo mismo con las caretas de Mickey y de Minnie. Ay, si es que no se puede con tanto, mami…

Mi hermanito Luca se portó fenomenal durante toda la fiesta, que no se le escuchó a pesar de que a última hora del día es cuando más empachosillo se pone. Claro, el tío iba como la falsa moneda, de mano en mano, encantado de la vida. Tiene toda la pinta de que será tremendamente sociable, casi tanto como yo.

La verdad es que fue una fiesta muy chula, sobre todo porque vino un montón de gente… con sus respectivos regalos, jejeje.

Madre mía, estoy agotado de tanto escribir. Pero bueno, no puedo acabar sin dar las gracias a todos los que desinteresadamente organizaron el fiestón: a mi mamá por los viajes a la papelería y al megachino para que no faltase detalle, a mi papá por los viajes a Mercadona, a mi abuelo Paco por asegurarse de que hubiera bebida suficiente y por ayudar a mamá en la preparación del escenario, a mi tita Teresa por la tarta, a mi tito Alfonso por el recorta-pega digital y a mi tita Lola por todo lo demás (¡es que hace mucho!). Da gusto saber que hay tanta gente pendiente de que uno sea feliz, ¡gracias a todos!
