Leo biciclista
Siempre he tenido un buen despertar matutino. Levantarse después de horas de reconfortante sueño (y no tener que ir a trabajar, añade mi mamá) hacen que tenga un excelente humor, a pesar incluso de que entonces mi estómago suene como uno de esos túneles abandonados que hay en mi pueblo, vacío. Pero por las tardes la cosa cambia, sobre todo si una madre desalmada ha decidido que tres horas de siesta son más que suficientes para reponer fuerzas y decide despertarte. Ahí es cuando aparece el Leo chinchoso al que mejor no se le dirige la palabra, el que necesita de quince a veinte minutos para entonarse y volver a ser el mismo niño risueño y simpático de siempre. Y durante ese tiempo, nada mejor que dejarlo, que dejarme, viendo dibujitos en la tele tranquilamente acomodado en el sofá.
Sin embargo hace unos días la cosa cambió. Al despertarme de la siesta mis papás en lugar de enchufarme a Clan o Disney Channel me colocaron Teledeporte, así, por todo el morro. Yo reclamé mi dosis de personajes animados, como debe ser, pero ellos me dijeron que tenía que ver no sé qué vuelta, que en unos días pasaría cerca de casa y tenía que saber con lo que me iba a encontrar porque como fieles seguidores de cualquier acto donde haya ambiente y jaleillo, allá que íbamos a ir. Así que yo, que otra cosa no pero fiestero soy un rato, me senté frente al televisor a pasar mi ratejo tonto mientras veía bicis por todos sitios, motos, coches y hasta un helicóptero, y tomé buena nota de todo. Y cuando llegó la mañana “de las bicis” yo ya tenía la lección tan bien aprendida que hasta la indumentaria me acompañaba.

Mis papás, mi abuelo, Luca y yo nos situamos estratégicamente bajo un gran árbol y justo después de un enorme badén pensando que al frenarse veríamos más detenidamente a los señores ciclistas. Ilusos… ¡estos van a toda pastilla desde el kilómetro cero!

Pronto empezaron a pasar coches cargados de bicicletas, autobuses de lo más coloridos y motos, muchas, muchas motos. La mayoría eran de la Guardia Civil y llevaban sus luces naranjas y sus sirenas, además de banderitas rojas. Decir que me volví loco con semejante despliegue es quedarme corto.

Y cuando pensaba que aquello no podía ir a más llegaron los de las bicis. Pasaron como una exhalación y apenas me dio tiempo a ver nada. Yo sólo gritaba y señalaba, señalaba y gritaba. Hasta tuve la suerte de ver una ambulancia en acción, que un pobre ciclista se dejó la mandíbula cien metros más abajo de donde estábamos nosotros. Y el camión de bomberos, también. Creo que el muchacho no se alegró tanto del follón que se montó…
Luca, a pesar de no enterarse mucho de lo que iba la película también se lo pasó bomba. Claro que eso no es mucha novedad, estaba en brazos y en la calle así que no le faltaba nada para ser feliz.

Todo ese día (y el siguiente, y el siguiente del siguiente) me lo pasé pidiendo ver más bicis y llorando porque ya no quería verlas en la tele, sino en directo. Mis papás intentaron convencerme de que pronto vería más, pero yo ya me he enterado que esto sólo pasa una vez al año y no todos, que por lo visto hay que acoquinar una buena pasta para que los organizadores decidan incluirte en su ruta. Así que estoy pensando pedir cita con mi alcaldesa a ver si sanea las cuentas del Ayuntamiento y en 2012 nos colocan en la puerta de casa un sprint especial, una meta volante o lo que sea con tal de volver a ver el espectáculo de las bicis

















