Leo y Luca en nunca jamás

agosto de 2011

Leo biciclista

29 de agosto de 2011 en La vida de Leo

Siempre he tenido un buen despertar matutino. Levantarse después de horas de reconfortante sueño (y no tener que ir a trabajar, añade mi mamá) hacen que tenga un excelente humor, a pesar incluso de que entonces mi estómago suene como uno de esos túneles abandonados que hay en mi pueblo, vacío. Pero por las tardes la cosa cambia, sobre todo si una madre desalmada ha decidido que tres horas de siesta son más que suficientes para reponer fuerzas y decide despertarte. Ahí es cuando aparece el Leo chinchoso al que mejor no se le dirige la palabra, el que necesita de quince a veinte minutos para entonarse y volver a ser el mismo niño risueño y simpático de siempre. Y durante ese tiempo, nada mejor que dejarlo, que dejarme, viendo dibujitos en la tele tranquilamente acomodado en el sofá.

Sin embargo hace unos días la cosa cambió. Al despertarme de la siesta mis papás en lugar de enchufarme a Clan o Disney Channel me colocaron Teledeporte, así, por todo el morro. Yo reclamé mi dosis de personajes animados, como debe ser, pero ellos me dijeron que tenía que ver no sé qué vuelta, que en unos días pasaría cerca de casa y tenía que saber con lo que me iba a encontrar porque como fieles seguidores de cualquier acto donde haya ambiente y jaleillo, allá que íbamos a ir. Así que yo, que otra cosa no pero fiestero soy un rato, me senté frente al televisor a pasar mi ratejo tonto mientras veía bicis por todos sitios, motos, coches y hasta un helicóptero, y tomé buena nota de todo. Y cuando llegó la mañana “de las bicis” yo ya tenía la lección tan bien aprendida que hasta la indumentaria me acompañaba.

Mis papás, mi abuelo, Luca y yo nos situamos estratégicamente bajo un gran árbol y justo después de un enorme badén pensando que al frenarse veríamos más detenidamente a los señores ciclistas. Ilusos… ¡estos van a toda pastilla desde el kilómetro cero!

Pronto empezaron a pasar coches cargados de bicicletas, autobuses de lo más coloridos y motos, muchas, muchas motos. La mayoría eran de la Guardia Civil y llevaban sus luces naranjas y sus sirenas, además de banderitas rojas. Decir que me volví loco con semejante despliegue es quedarme corto.

Y cuando pensaba que aquello no podía ir a más llegaron los de las bicis. Pasaron como una exhalación y apenas me dio tiempo a ver nada. Yo sólo gritaba y señalaba, señalaba y gritaba. Hasta tuve la suerte de ver una ambulancia en acción, que un pobre ciclista se dejó la mandíbula cien metros más abajo de donde estábamos nosotros. Y el camión de bomberos, también. Creo que el muchacho no se alegró tanto del follón que se montó…

Luca, a pesar de no enterarse mucho de lo que iba la película también se lo pasó bomba. Claro que eso no es mucha novedad, estaba en brazos y en la calle así que no le faltaba nada para ser feliz.

Todo ese día (y el siguiente, y el siguiente del siguiente) me lo pasé pidiendo ver más bicis y llorando porque ya no quería verlas en la tele, sino en directo. Mis papás intentaron convencerme de que pronto vería más, pero yo ya me he enterado que esto sólo pasa una vez al año y no todos, que por lo visto hay que acoquinar una buena pasta para que los organizadores decidan incluirte en su ruta. Así que estoy pensando pedir cita con mi alcaldesa a ver si sanea las cuentas del Ayuntamiento y en 2012 nos colocan en la puerta de casa un sprint especial, una meta volante o lo que sea con tal de volver a ver el espectáculo de las bicis ;)

Baby babosete

26 de agosto de 2011 en La vida de Luca

Mi mamá me ha contado que cuando era pequeña tenía dos muñecos que se llamaban Nenucos, uno era el Nenuco blanco y el otro el Nenuco negro (que extrañamente era esquimal). A diferencia de los muñecos de hoy en día aquéllos no hacían nada de nada. No comían, y por tanto no hacían ni pipí ni popó. No lloraban, no les crecía el pelo si se lo cortabas, no estornudaban, ni moqueaban ni hacían babitas, así que para jugar con ellos había que echarle mucha imaginación. Sin embargo yo creo que de algo sirvieron, aunque sólo fuera para despertar eso que llaman el instinto maternal en mi mamá que muchos (muchos) años después se ha encontrado con otros dos muñequitos afortunadamente de la misma raza (y no por nada, sólo por no darle un susto-disgusto de muerte a mi papá) que hacen todo eso y más.

Y es que ya se sabe, que la realidad siempre supera la ficción. Yo, por ejemplo, soy en mí mismo todas las versiones de los muñecos del mercado juguetil. Y lo que es mejor, a mí nunca se me gastan las pilas. No hace falta apretar ningún botón que yo enseguida me pongo a llorar. Me tiro peditos, como al más puro estilo del (por fin) muñeco lactante, sonrío y digo ajo, ajo cada dos por tres y babeo ríos y ríos de babas. Por eso mi mamá me llama últimamente baby babosete, porque soy un bebé a una baba pegado. Mucha gente dice que eso es por el famoso cuaje de los dientes pero yo no estoy muy de acuerdo, que de aquí a que mi boca tenga algún inquilino seguro que pasan meses. Pero quizás en parte sí que sea porque desde hace un par de semanas no paro de meterme cosas en la boca y claro, eso estimula el babeo. Lo que más gustito me da es chupetearme las manos, que siempre, siempre están ahí para mí.

Aunque a veces encuentro por ahí algún juguete, prenda de ropa, bolsa de lo que sea o extremidad de otra persona y tampoco le hago ascos a probarla.

Según mi mamá Leo también practicaba esto del chupeteo y sin embargo no soltó ni una baba en toda esta bebé-etapa. Así que a lo mejor es que simple y llanamente… ¡soy un baboso!

Influencias

22 de agosto de 2011 en La vida de Leo

La llegada de mi hermanito Luca me ha hecho ver que los recién nacidos son individuos que vienen en bruto. No embrutecidos, que eso viene después. Me refiero a que, aunque parte de su personalidad ya viene marcada en los genes, sus opiniones y gustos aún están por definir. Y ahí lo que rodea al individuo en cuestión, lo que oye y lo que ve, será determinante a la hora de decidir lo que le mola y lo que no. Jo, a veces me asusto de lo reflexivo que soy…

En fin, como iba diciendo, que todos los seres humanos somos influenciables, y mucho más cuando somos pequeños y vemos en los mayores a una especie de ídolos que (casi) todo lo saben y que (casi) siempre tienen razón. Así que acabamos siendo como figuritas de plastilina, fácilmente modelables por manos “expertas”.

Todo el mundo sabe que a mi papá le encantan las motos. A mí, la verdad, es que no se me hubiera ocurrido ver una carrera a menos que en ella participaran Mickey, Dora, Pat el cartero, los Baby Looney Tunes al completo, con abuelita incluida, Doraemon o Phineas y Ferb, por ejemplo. Pero llegan los domingos y él se sienta frente a la tele, y veo que se lo pasa tan bien que pienso que eso de las vueltas rápidas, las poles, los no-sé-cuántos-centímetros cúbicos, el grip y los neumáticos de clasificación debe ser lo más. Y así es como uno se aficiona y acaba poniendo el “46″ de Valentino en su moto de juguete, como prefiere llevar la gorra de papá con el “46″ de Valentino antes que su propio gorrito y como grita a todas las motos: ¡mira, como la de Valentino!”. Sí, así es como uno se hace motero (y fan de Valentino), por influencia de su papá.

Y ya puestos a hablar de deporte, hablemos de fútbol. En mi primer cumpleaños mi papá, con desconocimiento por parte de mi mamá pero con su total aprobación posterior, me regaló una equipación del Real Madrid, equipo del que ambos son seguidores a pesar de los tiempos que corren. Y aunque dicen que el hábito no hace al monje, a mí no me quedó otra que hacerme merengue. Por eso cuando aprendí a hablar pronto me enseñaron a decir “¡Hala Madrid!”. Y como aquéllo no era suficiente lo siguiente fue “¡Barça caca!”, para chinchar a mi abuelo Paco, que es más culé que Joan Gamper, pero con lo que no contaban era con que él contraatacaría con su ¡Barça grande! y con su “sugerencia” de que si no lo repito cada dos por tres no me dejará irme a su casa. Así que yo ahora, si él está delante soy del Barça aunque en la intimidad de nuestro hogar siga vistiendo de blanco.

Las influencias también se notan en los juegos, o mejor dicho, en los videojuegos. Hace unas semanas mi tito Alfonso estuvo por aquí. Y mis primos Miguel y Alejandro, también. Y la wii. Y la Nintendo 3DS. Y varios móviles de esos de penúltima generación. Y rodearse de tanta tecnología hace que al final uno acabe enganchado a ella y a sus súperhéroes, aunque éstos sean atípicos fontaneros rechonchos de orígen italiano. Porque si hay un personaje favorito entre todos los que pasan por casa de mi abuelo ese es Mario. Desde hace muchos años ya es uno más de la familia y hasta una tarta de mi tita Teresa ha merecido y todo. Y ahora cada vez que veo una consola pido que me lo pongan: “¡A jugar a Mario!

Pero si hay alguien en quien me fijo últimamente es en mis primos Miguel y Alejandro, sobre todo en Miguel, que es el mayor. Cuando estamos juntos repito todo lo que él hace (sea bueno o malo…) y lo sigo como una sombra. Su influencia se nota en mi nueva canción favorita que, evidentemente, es la suya: la BSO de Piratas del Caribe (también hay tarta pirata). Mi mamá, que decía que Miguelito era cansino hasta más no poder con su “tatatata tatatata tatatata tatatá”, tiene que padecer ahora en sus carnes la fiebre pirata que me ha invadido. El bote de gel, un botellín en un bar o mis propias manos golpeando la mesa sirven para tocar la cancioncilla que ya está añadida en los favoritos de youtube y de sintonía en el móvil de mis papás y que escucho una, y otra, y otra vez.

Así que ya veis, aunque reconozco que es fundamental tener ideas propias y coraje para defenderlas, tampoco está mal del todo compartir las de los demás. Y eso que tenemos en común ;)

httpv://www.youtube.com/watch?v=ymg7awGHJBc

¿Adivináis quién estaba presente mientras grababa el vídeo?

Tres meses

18 de agosto de 2011 en La vida de Luca

Todo el mundo dice que los tres primeros meses de vida de un bebé son los más complicados. Descubrir un nuevo mundo, experimentar sensaciones desconocidas hasta entonces como el hambre, el frío, el dolor, el sueño, el calor… Adaptarse a los ritmos del día y de la noche, aprender a expresarse… Y todo eso sin contar que nuestro pequeño cuerpecito aún no está preparado para la mayoría de estas cosas, como muy bien explicó mi hermano Leo en su día. ¿Significa esto que a partir de ahora todo será un caminito de rosas? Mmmmm, no, yo diría que no, pero bueno, por algo se empieza.

Hoy, día de nombre dieciocho y apellido agosto cumplo tres meses. Y por alguna extraña ironía del destino, justo a las 00:57, que fue la hora en que nací, estaba en el mismo sitio en que lo hice, en el hospital. Un desafortunado accidente* en el que experimenté la caída libre sin protección desde mi cambiador me mantuvo cuatro horas en observación. Afortunadamente todo quedó en un tremendo susto y dos pequeños golpes en la cara que no restan ni un ápice de atractivo a mi precioso semblante. Lo dejo escrito aquí para el recuerdo, pero mejor me centro en lo positivo y los avances de este mes, ¿no os parece?

En el tema de la psicomotricidad soy un alumno aventajado. El gran logro de las últimas semanas ha sido el de darme la vuelta en plan tortilla, aunque también he conseguido progresar en lo de mantener la cabeza, cosa que ya hago bastante bien (y eso que la tengo dura y pesada, queanda que no paró el golpe de la caída…). Poseo una extraordinaria fuerza en las piernas e intento por todos los medios ponerme de pie. Me empujo con ellas y los mayores me dicen que estoy loco. La verdad es que músculos tengo para eso y más. Bueno, quien dice músculos dice carnes… Precisamente acabo de venir de la revisión con mi Doc, que tras confirmar que estoy la mar de sano me ha pesado y medido. ¿Las cifras? Pues 7.100 gr y 60 cm, un portento de niño, eso es lo que soy.

En cuanto a mi sociabilidad, ahí sigo los pasos de mi hermano. Regalo sonsisas a diestro y siniestro a cualquiera que se me acerca y me dice cositas, porque sí, soy así de simpático. También converso con la gente a base de “ajos” y muchos “aaaaaaaaaa”. Mamá dice que le recuerdo a Leo cuando le dio por esa vocal, aunque entonces él tenía ya nueve meses.

Pero si hay algo que he desarrollado enormemente este mes es la jeta. De un tiempo a esta parte sólo quiero brazos, brazos y más brazos. Y así es como me paso el día. De mamá a papá y de ahí al abuelo para volver de nuevo a mamá. Dicen que es que sufro el llamado “efecto fahkir”, que consiste ponerme a berrear en cuanto me tumban en cualquier superficie horizontal, como si me estuvieran clavando un montón de pinchos, y no parar hasta que alguien se apiada de mí guión no soporta más mi llanto y me coje. Y por la noche más de lo mismo, que he convertido a mi mamá en mi almohada particular. Yo oigo a muchas por el parque decir que ojalá sus peques tarden en caminar y ahí tenéis a la mía, deseando que me arranque a los ocho meses porque si no dice que los brazos acabarán cayéndosele.

Y bueno, así es como más o menos me ha ido en el último mes. Sigo siendo un bebé gordito y precioso (ya son varias las personas que me han sugerido ir a algún casting), despierto, alegre, comilón y muy expresivo (los mayores llaman a esto llorón) que crece a un ritmo vertiginoso. Y es que ya son tres meses, ¡me hago mayor!

*: Mi mamá, que de esto sabe un poco, me ha dicho que no debería haber puesto “accidente”, que eso no existe y que lo que de verdad ocurre es que hay una falta de previsión. Así que a partir de ahora… ¡el cambiador irá sobre la cama y lo más en el centro posible! Y un consejo papis, no perdáis de vista a vuestros peques nunca jamás de los jamases.

Nota sin asterisco: Si queréis ver las galletas que mi tita Teresa hizo para repartir entre todos los que tuvieron el detalle de ir a visitarme al hospital cuando nací no dejéis de pasaros por su blog. ¡Gracias tita!

Entre dos mares

15 de agosto de 2011 en La vida de Leo, La vida de Luca

Habla Leo:

Dicen que la zona del Estrecho de Gibraltar, de donde es mi papá, se encuentra entre dos mares. Cualquiera que consulte un atlas… digo, internet, comprobará que eso es cierto, que ahí se dan la manita el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo. Pero si le preguntas a un gaditano que viva entre Algeciras y Barbate te dirá sin consultar ninguna fuente que sí, que es verdad que están entre dos mares, la “mare” que parió al levante y la “mare” que parió al poniente. Y yo, cual notario mayor del reino, doy fe de ello.

Hemos estado de vacaciones en casa de mi papá. Llegamos hace una semana y allí, además de mi abuelo Melchor, estaba esperando para darnos una calurosa bienvenida el viento de poniente. Y nunca mejor dicho lo de calurosa… Porque uno está acostumbrado al calor, pero a uno de secano, con sus 40ºC a la sombra y ya, eso lo domino. Pero lo de la humedad es otro cantar, ¡que pegajosa! Mis papás decían que aquello les recordaba a cuando estuvieron en México en su luna de miel, solo que sin palmeras, ni ruinas mayas ni hotel de pulserita con bar en la piscina. Pues vaya, para eso cruzamos el charco y por lo menos veo mundo y me tomo unos cócteles (sin alcohol, claro). Sin embargo el poniente y su calor horroroso duraron poco, que esa misma noche le pusieron una nube enorme al peñón inglés y ya se sabe lo que dicen, “Gibraltar con montera, levante se espera” (estos gaditanos tienen expresiones para todo…). Y no falló, el día siguiente amaneció nublado, fresquito y muy, muy ventoso. Y así tres días seguidos. Si ya era difícil ir a la playa con la logística de tener que llevar un bebé de dos meses y medio con esas condiciones meteorológicas la cosa se complicaba bastante. Pero fuimos. Un ratito cada tarde cuando el sol ya no quema, demasiado poco para mi pero suficiente para pasármelo en grande. Decir que disfruté una cosa exagerada es quedarme corto. Lancé bolas de arena al agua, hice castillos, corrí huyendo de las olas, me bañé buscando las olas, recogí almejitas y me rebocé como una croqueta.

Tan bien me lo pasé que mis papás siempre me sacaban llorando de la playa. Jo, ¿por qué no habrá una piscina como esa en mi pueblo?

Justo el día antes de volver a casa el levante cayó bastante y pudimos quedarnos más tiempo, con lo que pude acumular mucha más arena en todo mi redondo cuerpo. Alguna de hecho me la traje de recuerdo a casa entre las orejas…

Papá y yo tuvimos sesión extra de baño con mi tita y mis primos hasta que vimos una medusa rondando a nuestro alrededor, momento que aprovechamos para tomarnos un descansito y reponer fuerzas. Y yo encantado de hincarle el diente al bocata de foie gras.

Han sido poquitos días pero muy bien aprovechados, aunque la próxima vez le diré a mis papás que consulten antes de ir la previsión de vientos de la zona y así poder amortizar la visita mucho más.

Habla Luca:

Quién me iba a decir a mí que con apenas dos meses y medio iba a hacer mi primer viaje allende Jaén. Vuelvo a insistir, es lo que tiene ser el segundo, que la precocidad va ligada al puesto en la línea sucesoria hasta para sumar kilómetros. Que mira Leo, hicieron falta diez meses y un DVD portátil para moverlo de casa.

Seis horas. Eso es lo que tardamos en llegar a Algeciras. Normalmente se tardan unas cuatro, pero teniendo en cuenta que conmigo a bordo los avituallamientos son frecuentes el viaje se prolongó más de la cuenta. Y eso que me porté fenomenal, mucho mejor de lo que mis papás se esperaban. Dicen que es por el run run del coche, que nos deja sopas después de cinco o seis curvas. En mi caso fue así tanto a la ida como a la vuelta, así que ahora mis papás no tienen excusas para llevarme de excursión de vez en cuando.

Como ya ha contado Leo, nuestro destino fue Algeciras por dos motivos básicos: la familia y la playa. Lo primero genial, más gente para pasearme y achucharme, que es lo que a mí me gusta. Y lo segundo mejor: brisa marina, bullicio de niños, solecito suave y una mamá friolera que no quiso bañarse y me tuvo en brazos todo el tiempo mientras yo cotilleaba lo que ocurría a mi alrededor y veía de lejos los enormes barcos que había fondeados en la bahía… y las grúas del puerto, las chimeneas de la refinería, de la fábrica de acero, de la papelera… Y todo porque el levante nos tuvo castigados tres días en la playa “fea” de Algeciras.

Suerte que el último día pudimos ir con mis primos a la buena, la de la banderita azul. Y allí, en las puertas del Parque Natural del Estrecho, recibí mi bautismo de mar. Tenía dos meses y veinticinco días, ¡pronto empiezo!

El de arena, gracias a Leo lo recibí nada más poner mi portabebé en la playa, que el tío se emocionó y no paraba de tirarla por todos sitios, ya lo habéis visto. Yo, por mi parte, me mantuve muy entretenido aunque como buen español no perdoné mi siesta ni estando en la playa, eso sí, bajo la sombrilla y en brazos de mamá.

Y lo que tampoco faltaron en todo el viaje fueron mis preciosas sonrisas que van conquistando al personal allá donde vaya.

En fin, que ha sido una escapadita genial. ¡Espero repetirla cada año!

Descubriendo Baby Einstein

06 de agosto de 2011 en La vida de Luca

He estado investigando. Sí, yo, tan pequeño. Y todo porque el otro día vi a Leo comerse un caramelo de esos con palo y pensé ¿a quién se le ocurriría algo tan simple y tan exitoso? Y me di cuenta que ponerle palos a las cosas casi te garantiza el éxito comercial. Por ejemplo, el que inventó la fregona, eso con lo que limpian el suelo los mayores. Una idea de lo más sencilla que sin embargo acabó con miles de años de fregar de rodillas, que seguro que hasta las neandhertales (mi mamá me ha obligado a poner “las”, que en aquella época dice que lo de la igualdad no se estilaba) adecentaban la cueva a base de dolor lumbar. Hay otros inventos más modernos pero que en el fondo son también de lo más simples, como el del “Caralibro” (si hasta el nombre es tonto) o el del Youtube, y que han hecho a sus creadores enormemente ricos.

Pues por lo visto un día una señora tuvo una de estas ideas brillantes y rentables. Probablemente estaría limpiando el suelo de su casa con una fregona mientras sus hijas lloraban en estéreo cuando se le ocurrió. A las niñas debían de gustarles las marionetas y seguro que ella había oído eso de que la música amansa a las fieras, y más si lo que suena son los clásicos, que además culturizan. Así que pensó ¿por qué no hacer algo para que vean marionetas, oigan música y yo pueda tranquilamente limpiar mi hogar? Y con esas la ingeniosa señora inventó el Baby Einstein, que ya sé de sobra que todos conocéis entre otras cosas porque mi hermano Leo era un adicto a él. Gracias a los dibujitos en cuestión la mujer ahora vive holgadamente y los bebés como yo podemos pasar un rato divertido mientras nuestros papás hacen otras cosas… o no. Y es que yo se lo digo a mi mami: “Mami, que soy muy pequeño aún para ver la tele en mi hamaquita, que para un rato vale pero para la media hora que dura un DVD completo como que no“. Así que empiezo bien, en mi trono móvil, pataleando y riendo (igualito que Leo en su día) hasta que me aburro de estar ahí y pido de la única forma que sé que me saquen de una vez. Entonces viene mamá, me toma en brazos y hala, ya puedo seguir viendo los animales de trapo, los juguetitos que suben y bajan y los niños que ríen y cantan. Seguro que en un par de meses soy capaz de ver dos o tres del tirón, porque esto engancha, os lo digo yo. No hay más que ver a Leo, que después de dos años sin verlos los ha redescubierto gracias a mí y ahora cuando se cansa del ratón orejudo o de la niña de la mochila pide a mis papás que le pongan los dibujitos de Luca, como él los llama. Y juntos, como buenos hermanos, vemos Baby Einstein. Ay, menudo invento el de la señora…

Adiós guarde, adiós

03 de agosto de 2011 en La vida de Leo

Corría el mes de enero de 2009. Por aquel entonces yo era un tierno bebe de seis meses que tomaba teta todo el día, dormía en brazos de mamá y que no imaginaba que a partir de ese momento su vida iba a experimentar el primer gran cambio radical: empezaba mi aventura en la guarde, una aventura que el pasado viernes, después de dos años y medio, tocaba fin.

Los primeros días fueron duros, con mas lágrimas que otra cosa, aunque poco a poco fui entendiendo que aquello no era un lugar “de castigo”, sino mas bien un sitio donde jugar, aprender y disfrutar con otros niños de mi edad. Yo fui el pequeño durante todo el primer curso y eso, afortunadamente, me concedió ciertos privilegios. Bueno, eso y el hecho de que desde bien pequeñito supe ganarme con mi simpatía y mi carácter alegre y optimista el cariño de todas las seños de la guarde, lo cual he sido capaz de mantener hasta el último día. Y lo que empezó siendo la solución al qué-hacer-con-el-niño-mientras-sus-papas-trabajan acabo siendo un lugar determinante en mi vida y que ha influido enormemente en el desarrollo de mi tremenda personalidad. Allí he trabajado las fichas que durante todo este tiempo os he ido enseñando, hemos estudiado las estaciones del año, visitado el mercado, los belenes en Navidad, el parque cuando empezaba el buen tiempo… Hemos hecho rosquillos en San Blas, asistido a teatros de títeres e incluso salido de excursión. Pero sobre todo hemos convivido compartiendo desayunos, siestas, comidas… y mocos, muchos, muchos mocos. Eso ha sido lo peor de todo, los virus de todo tipo campando a sus anchas entre nosotros, además claro está de las peleas por el mismo juguete, los golpes “sin querer”… En fin, esas cosillas que pasan cuando hay niños de por medio y que por suerte ocupan el último lugar en la larga lista de recuerdos que me llevo.

Sé que he dejado mi pequeña huella en ese edificio de fachada colorida, lo sé porque me lo han dicho: “Leo, te vamos a echar mucho de menos”. Y yo, aunque ahora esté feliz por no tener que madrugar y poder quedarme en casa jugando, viendo la tele o saliendo a la calle por la mañana, sé que también me acordaré de mis días de guardería, de las tostadas de Joaquina, que siempre me dejaba asomarme a la cocina (“¡pero sin pasar de la raya, Leo”!), de cuando María me llamaba “bollo”, de las veces que Jose me daba de comer, de los bailes y canciones con Laura y Toni… Sí, los recordaré durante mucho tiempo con cariño, porque así es como me han tratado desde aquel mes de enero. Entonces un bebé empezaba sus días de guarde. Ahora todo un niño que en su estancia allí aprendió a caminar y a hablar y que creció enormemente, sale para comenzar pronto una nueva aventura: el cole de mayores. Pero eso, amigos, ¡será otra historia!

 

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