Leo y Luca en nunca jamás

septiembre de 2011

Érase una vez una vía

30 de septiembre de 2011 en La vida de Leo

Tengo entendido que hace mucho, mucho tiempo tener un coche propio era algo tan extravagante y lujoso como lo es hoy en día tener un avión privado, así que la gente solía viajar utilizando otros medios de transporte, como por ejemplo el tren. Por eso no era raro que nuestra piel de toro estuviera cubierta por miles de kilómetros de raíles. En una de estas, alguien con vivienda en la tierra del olivar que habito debió pensar que no estaría de más contar con un tren que lo llevara a pasar unos días a la costa levantina, así que proyectó una línea que le permitiría viajar a Valencia al ritmo del chucuchú del tren, línea que mire ustéd qué suerte pasaría por mi propio pueblo. Así que se pusieron manos a la obra. Nivelaron el terreno, excavaron túneles, construyeron puentes, estaciones… Me cuenta mi abuelo que su padre, que era herrero, trabajaba arreglando muchas de las máquinas que se utilizaban en la obra y que cuando él iba cada día a llevarle la comida veía cómo poco a poco aquella línea iba cobrando vida… para morir antes de nacer. Sí, algo debió de ocurrir que al final ni un mísero vagón pisó estas tierras. No sé si es que como ahora los fondos presupuestarios se agotaron o si el tipo del proyecto pensó que mejor se instalaba en Valencia, pero el caso es que después de todo lo que liaron dejaron la obra inacabada y desde entonces en mi pueblo tenemos una estación abandonada, un puente enorme y un montón de túneles.

Cuando me enteré de esto último me emocioné muchísimo porque, como ya comenté, me encantan los túneles. Más aún cuando mi abuelo me dijo que éstos se podían cruzar andando. Bueno, no todos, que algunos están cerrados porque dicen que dentro cultivan champiñones… Total, que no podía dejar escapar la ocasión de visitarlos, así que allá que nos fuimos toda la familia a ver aquellos vestigios del pasado no ferroviario de mi pueblo.

Caminamos por el interior de uno de los túneles. Dentro hacía fresquito y si gritabas tu nombre el túnel también lo hacía: Leo, Leo, Leo… A pesar de lo oscuro que estaba dentro no me asusté nada de nada.

Es una pena que al final nos quedáramos compuestos y sin tren, pero bueno, de no haber sido así no hubiera podido vivir esta aventura. Ni yo ni todas las generaciones de torreños que me han precedido, que según mi mamá lo de hacer excursiones a la vía ha sido siempre de lo más habitual. Puede que con suerte y unos cuantos rescates económicos dentro de unos años nuestra vía abandonada pase a ser una vía verde como ya lo es en uno de los tramos inacabados y podamos ir a pasear en bici, a correr o incluso en un día de mucho aburrimiento… ¡a contar olivos!

Esas cosas al final de las piernas

27 de septiembre de 2011 en La vida de Luca

Ser bebé significa tener una movilidad reducida. Dependes de los demás para que te lleven y te traigan, lo cual a veces es un poco desesperante. Un ejemplo. Pongamos que hace ya más de dos horas que te despertaste por la mañana y empiezas a inquietarte. Tu única forma de hacerlo saber al mundo exterior es quejarte con sollozos que poco a poco van subiendo en intensidad hasta convertirse en un llanto en toda regla. El adulto que está contigo empieza entonces un ritual de “calmamiento”: primero te ofrece teta (en el caso de que el adulto sea tu mamá), luego te mira a ver si has descomido, te da un juguetito para que te entretengas, te pone los dibujitos para lo mismo, te asoma a la ventana para que veas los coches pasar… pero nada, que no consigue tranquilizarte. Presa de la desesperación el sujeto cuidador opta por la opción de sacarte a dar un paseo a la calle. En ese momento el bebé mágicamente se transforma y comienza a sonreir a diestro y siniestro. Evidentemente lo que quería era aire libre. Pero, ¿qué pasa? Pues que el pobrecito no podía ir por su propio pie, por eso lloraba, porque quería que alguien lo sacara de sus cuatro paredes y para eso necesitaba de la ayuda de otra persona.

Y he ahí el quid de la cuestión, los pies. O en el caso de los animales, las patas. Hace poco hubo una feria del ganado en mi pueblo, aunque en mi opinión deberían haberla llamado “del caballo”, porque quitando unas cuantas cabras y ovejas todos los demás animales eran equinos. Pues bien, en esa feria una yegua dio a luz un precioso potrillo que nada más nacer estiró sus cuatro patas y se puso a caminar. Cuando yo nací también estiré las mías, bueno, mis piernas, pero si alguien hubiera intentado dejarme en el suelo para comprobar si salía por mis propios medios de la sala de partos me hubiera pegado tal batacazo que ni tres kilos de arnica hubieran evitado los chichones. Conclusión: los seres humanos, esos que se supone somos los más desarrollados de la naturaleza, somos enormemente lentos y torpes. Menos mal que nuestra inteligencia es bastante superior a nuestras habilidades motrices y echando mano de nuestra creatividad sabemos darle usos alternativos a las cosas. Es lo que yo hago con mis pies. Dado que hasta dentro de seis o siete meses no empezaré a utilizarlos para lo que están creados, que por si no ha quedado claro es para dejar de depender de los demás para ir a donde te plazca, he pensado que puedo emplearlos como juguete. Por eso desde que hace excatamente cinco días me los descubrí no paro de cogérmelos cada vez que estoy tumbado. Las roscas de mis piernas no son inconveniente para que me los lleve incluso hasta la boca, tal y como hacía mi hermano Leo en su día. Es muy divertido jugar con ellos porque aunque no suenan, ni tienen lucecitas ellos siempre están ahí para mí. Por lo visto cuando creces la diversión se transforma y consiste en quitarte pelotillas de entre los dedos, pero como para eso aún tengo que dsarrollar mi psicomitricidad fina seguiré con lo mío, que es cogerlos y menearlos, ¡y que vivan los pies!

El valor de la amistad

23 de septiembre de 2011 en La vida de Leo

Tener amigos es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida. Si esos amigos además son de los buenos, de los que te dejan su moto y sus coches de juguete cuando vamos al parque, puedes considerarte una persona muy afortunada. Pero si encima tienes un amigo que es tu mejor amigo y éste tiene un piso en la playa… ¡entonces te ha tocado el premio gordo!

Por si no ha quedado claro el chico afortunado soy yo y el amigo del que hablo Rubén, del que ya escribí hace algunos post. Aprovechando que el verano se resiste a abandonarnos y que nuestra vida social se ha reducido notablemente desde que acabaron las ferias en nuestro pueblo, que al tiempo que abre el cole cierran los bares y la luna sale antes cada noche, sus papás nos invitaron amablemente a pasar el fin de semana con ellos en la playa. Y claro, después de mi diveritida experiencia con el agua salada y la arenilla en las últimas vacaciones como les iba a decir que no. Así que allá que nos fuimos buscando la Costa Tropical. He de decir que mi hermanito Luca intentó sabotear al viaje, que no veáis la de veces que tuvimos que parar para que dejara de llorar. Hay que ver, tan chico y lo que dispone… Pero bueno, llegamos. Fue muy emocionante encontar a mi mejor amigo lejos de casa, en un lugar en el que nunca había estado. Enseguida nos pusimos a jugar y a contarnos nuestras cosas, incluso nos bañamos juntos, ¡cómo nos pusimos de espuma! Aunque lo mejor sin duda fue el día que pasamos en la playa. Tres sombrillas, seis toallas, dos bebés, patatas fritas, cubos, rastrillos, un camión y hasta bolos inflables, ¡fue genial! El agua estaba un poquito fría, pero no fue ningún impedimento para que me bañara una y otra vez con papá y oh sorpresa, hasta con mamá, que al final se dio el único chapuzón del verano. El problema es que tanta agua nos está pasando factura a los dos, que andamos antibiotizados y febriles. Pero qué le vamos a hacer, son los daños colaterales de tanta diversión.

Sólo espero que algún día pueda devolverle a mi amigo Ruben la invitación. Mi mamá lo espera más aún, pero no porque sea muy cumplida, que lo es, sino porque eso significaría… ¡que tenemos una casa en la playa!

Cuatro meses: update

18 de septiembre de 2011 en La vida de Luca

Sí, sí, ¡hoy cumplo cuatro meses! ¿Verdad que me hago mayor muy deprisa? Que dentro de dos meses ya estaré en el medio añito, empezaré a probar otros alimentos, conseguiré sentarme, luego gatear, caminar… ¡Para Luca! Que a este paso te ves ya en la universidad y aún no tienes ni dientes, hombre. Si es que me emociono. Me veo a mi mismo evolucionando tanto en tan poco tiempo que mi mente va más rápido que mi cuerpo. Soy como la niña esa del cuento, la lechera, sólo que yo en lugar de llevar la leche en un cántaro la llevo acoplada a mí. Todo el día. Todo, todo. Que dicen que conforme nos vamos haciendo mayores los bebés vamos ganando independencia, y estoy de acuerdo, pero de ahí a hacer uso de ella… Sí, esa es una de las únicas cosas que NO han cambiado en el último mes. Sigo pasando mis días en brazos, casi siempre en los de mamá que es la de la fábrica láctea, aunque tampoco le hago ascos a los demás, sobre todo los de papá cuando me lleva a ver a nuestro amigo el lorito sin nombre, ¡me encanta ese pájaro! En fin, que yo soy feliz así, más si estamos en la calle, aunque creo que mis porteadores ya no lo son tanto, no porque no les guste pasearme, sino porque mi peso empieza a hacer estragos en sus espaldas. Y es que sigo siendo un tragón, soy el campeón de la teta como diría Leo. Me alimenta y me consuela, de día y de noche, y así estoy, hecho un bollo. Mis carnes sin embargo no son inconveniente para empezar a observar el mundo desde otra perspectiva: de pie. Nunca he sido un bebé tranquilo. Cuando era más pequeñito y mamá me ponía sobre sus piernas siempre apoyaba las mías sobre su barriga y empujaba con mucha fuerza, lo cual es irónico porque muy poquito tiempo antes hacía exáctamente lo mismo pero desde su interior… Bueno, a lo que iba, que ya se notaba mi fuerza bruta. Y ahora, cada vez que me ponen algo sobre los pies (unas manos, el sofá, la cama…), los apoyo,  me estiro como un espagueti y me quedo de pie. Siempre hay alguien que me sujeta, claro, pero aún así consigo mantenerme recto. Lo que también he conseguido dominar este mes es lo de la cabeza, ¡ya no se me va la olla! Y progreso adecuadamente en lo de girar sobre mí mismo, ejercicio que practico el poco rato que aguanto tumbado. Pero si tuviera que destacar el logro del mes ese serían las carcajadas. Cuando veo algo que me gusta o cuando me hacen monerías que me río con tanta intensidad que al final siempre me da hipo. Y es que así soy yo, intenso como la vida misma. Para comer, para llorar, para crecer, y lo mejor de todo, ¡para reír!

UPDATE:

Hoy día 19 he tenido cita con la señorita de las banderillas, aunque de momento las hemos pospuesto hasta la semana que viene porque unos bichejos se han apoderado de mí y han colonizado mi tracto respiratorio con una mucosidad de lo más desagradable. Pero bueno, al margen de esos indeseables estoy fuerte como un toro. Ya peso 7.820 gr y mido 64 cm, ¡soy un tiarrón!

¡Al cole!

15 de septiembre de 2011 en La vida de Leo

Hace apenas un mes y medio que terminó el curso en la guarde. Durante mis últimos días allí no paré de escuchar a mis seños decir que después de las vacaciones ya no volveríamos a vernos porque ahora nos esperaba el cole de mayores. En casa la cantinela era la misma y prácticamente no ha habido día en el que mis papás no me hayan recordado lo que vendría en el mes de septiembre, supongo que para ir haciéndome el cuerpo a esto de la enseñanza obligatoria. Pero la cosa no quedó ahí, que además cada vez que pasábamos por el cole me señalaban el edificio y me decía que allí es donde iría con mis amigos de la guarde y con un montón de niños que hasta entonces no conocía.

La expectación que me generaron fue enorme, tanto que desde entonces cada vez que me preguntaban a dónde íbamos a ir yo siempre respondía que al cole de mayores, aunque el destino fuese el parque, el mercado, la casa de algún amigo o el Carrefour. He de reconocer que contestaba por inercia, que realmente no sabía muy bien que significaba eso del cole, aunque todos los adultos me decían que era un sitio genial en el que me lo pasaría muy bien y aprendería un montón de cosas. Curiosamente la opinión de los no tan grandes siempre era otra muy diferente, que si había que estudiar, hacer deberes, madrugar… Pero como no hay nada como la experiencia para formarse un criterio propio, llegado el momento no me lo pensé mucho y allá que me fui a conocer de primera mano qué tal era eso del cole, ¡el cole de mayores!

Y el momento fue el pasado día 13. Esa mañana mi mamá me vistió de bonito y con ella, Luca y mi papá nos fuimos a la que será mi segunda residencia en los próximos años. Allí me esperaba mi nueva seño, que se llama Rocío y es muy simpática. Mi mamá añade que además se la ve con mucha paciencia, cosa que parece ser es de vital importancia cuando tienes que lidiar cada mañana con veinticuatro mequetrefes. Entré sin temor, como todo un chico valiente que soy. Una vez en la clase me dediqué a explorar el territorio. Había pizarras, juguetes, botes con miles de lápices de colores, plastilina, un montón de cuentos… Entonces decidí que mi opinión sobre el cole estaba más cerca de la de los adultos que de la de los peques, ¡si era un sitio súper chulo! Lo único malo es que, como siempre, hay que compartirlo todo con los demás compañeros. De momento voy con otros cinco, aunque dice mi mamá que a partir de la semana que viene conoceré al resto y que en lugar de ir una horita cada día tendremos que estar más rato. A mí no me importa, es más, lo estoy deseando. Fijaos si tengo ganas de ir al cole cada mañana que los dos últimos días he entrado a clase antes que la seño, y hoy, viendo que se quedaba atrás hablando con las mamis, no me ha faltado descaro para soltarle: “Rocío, ¡a entrar al cole!“.

Mis papás están muy contentos con mi adaptación a esta nueva etapa y yo diría que hasta un poco sorprendidos. La verdad es que no sé por qué, ¡si yo soy un tío de lo más sociable y simpático y al que le encanta conocer gente! Así que la cosa empieza bien, sin lágrimas, con confianza y alegría, mucha, mucha alegría.

¡Feria, feria, feria!

12 de septiembre de 2011 en La vida de Leo, La vida de Luca

Habla Leo:

Dicen que la primera vez es especial, que no hay dos sin tres, que a la tercera va la vencida y que no hay quinta mala. Pero, ¿y la cuarta?, ¿qué pasa con la cuarta? Nadie la tiene en cuenta. Pero aquí estoy yo para sacarla del anonimato y darle la importancia que se merece. Porque ha sido este año, en mi cuarta feria, cuando por fin ha salido a la luz el feriante que llevo dentro. Que ya estaba tardando, la verdad, porque mira que me gusta a mí la fiesta… Y es que se nota  que ya soy un niño grande, como no paro de decir a todo el mundo, que ya puede participar en todos los actos que se organizan estos días, algunos de los cuales por suerte están especialmente pensados para los niños, como los juegos y talleres que se organizaron un día. Salté en un hinchable, jugué al tenis, a los bolos, con un montón de globos de formas… ¡me lo pasé genial!

Y aunque otras actividades no son muy propias que digamos para los peques, si vas acompañado de un adulto llamado papá también puedes disfrutar de ellas. Es el caso del toro de fuego. Mamá pensaba que este año el animalito metálico con ínfulas de dragón también me asustaría, pero nada más lejos de la realidad. Ni las chispas, ni los petardos, ni la gente corriendo… que no, ¡que no me dan miedo! Todo lo contrario. Como dice mi papá, estaba tan emocionado chillando que hasta la vena del cuello se me hinchaba. Aunque para toros los de los encierros de cada mañana. Ya el año pasado mi mamá me llevó a echarles un vistacillo a los cornudos, pero en esta ocasión como mi papá también venía con nosotros, juntos, como dos hombretones, nos acercamos muchísimo más. El problema es que a veces los bichos no colaboraban demasiado en el “espectáculo”, y yo los entiendo, que debe ser de lo más estresante estar a pleno sol con un montón de gente alrededor gritándote para que la embistas. Suerte que para eso estaban los múltiples puestos de venta de bocadillos, hamburguesas y bebidas varias. Nada como un tentempié para pasar el rato y entretenerse.

Si es que no hemos parado. Después de los encierros había que ir a la feria de día, una de las novedades de este año. Mi parque de cada tarde se transformó en una enorme pista de baile rodeada de unas cuantas casetas donde, para variar, servían comida y bebida al personal, ¡menudo ambientazo!

Y como no podían faltar, ha habido sesiones intensivas de carruseles. Lo de los abonos de seis viajes es un buen invento.

En fin, que ha sido una feria completísima, un buen colofón a un estupendo verano.

Habla Luca:

Definitivamente este sitio donde me ha tocado vivir me gusta, me gusta un montón. Porque a pesar de que los mayores dicen que vivimos momentos turbulentos y de mucha tensión, siempre encuentran la forma de divertirse, relajarse y pasárselo bien, que por lo visto es lo que hay que hacer en esta vida, ser feliz. Y para eso se organizan fiestas como las de mi pueblo, seis días de jolgorio continuado en las que en mi primer año y a pesar de mis escasos tres meses y pico de vida ya me he doctorado. Porque sí, me va la marcha.

Todo empezó con un desfile de enormes gigantes y su séquito de cabezudos al que asistí desde mi carro primero y en brazos de mamá después. Fue muy divertido ver a los niños corriendo, a la banda de música tocando y a los mayores disfrutar de una actividad gratuita sabiendo la que se les avecinaba con los carruseles.

Me impresionaron, la verdad, aunque si algo me llamó la atención fue la enorme cantidad de luces que había por las calles. Embobado me quedaba mirándolas, tanto que apenas me distraían los cientos de decibelios de la música que se oía fueras donde fueras.

Y quién me iba a decir a mí que a mi tierna edad iba a asistir a un encierro taurino. A ver, que conste que ni Leo ni yo estamos muy a favor de que se utilicen animales para entretener al populacho (al menos no si se les hace pasar un mal rato), que soy pequeño pero sensible. Lo que pasa es que el ambientillo era ideal para un bebé marchoso como yo, así que allá que me llevaron mis papás.

Así que hemos tenido feria para desayunar, feria para comer y feria para cenar. Que eran las siete de la tarde y allá que estaba el menda en todo el follón, de brazo en brazo y bailando al son de los grandes éxitos de ayer y de hoy.

Ha sido casi una semana de salir, ver gente, comer y beber… bueno, esto último para los mayores (y para mami sin), que yo con mi teta me basto y me sobro. Dicen que el año que viene volverán estos días de fiesta y que para entonces yo ya estaré más crecidito y podré disfrutarlas mucho más, así que a ver si pasan pronto el tiempo… ¡que quiero marcha!

Mentiras piadosas

05 de septiembre de 2011 en La vida de Leo

Estoy harto. Hasta el gorro, el moño, la coronilla y las narices todo junto y más. Que estos mayores se piensan que porque uno es corto en estatura también lo es en inteligencia, y nada más lejos de la realidad, que a mí a listo no hay quien me gane. Bueno, vale, quizás exagero y aún me quedan muchas cosas por aprender, pero de ahí a que me trague todas las trolas que intentan meterme… Ellos las llaman mentiras piadosas y por lo visto me las cuentan porque no quieren que lo pase mal, pero lo que no saben es que lo único que consiguen con eso es prolongar la agonía de mis disgustos.

Pongamos un ejemplo. El pasado sábado vinieron a pasar el día mis primos Miguel y Alejandro. Siempre que eso sucede me emociono un montón porque con ellos me lo paso muy bien, aunque nuestras madres no entiendan nuestro concepto del grito-bruto-juego. Yo quería que vinieran el viernes, cosa que hice saber insistentemente a mi mamá, pero ella me dijo que no podían “porque su coche se había roto y lo habían llevado al taller“. Sabía que me mentía, pero como no quería que me castigara por pesado me hice el tonto lo mejor que supe y acepté lo del coche. De hecho tanto me metí en el papel de hijo conformado que a la mañana siguiente cuando me recordó quién vendría yo conteste: “¿ya no está roto el coche?“. En ese momento mi mamá me miró con esa cara de “ay, pobrecillo, si supiera que no era cierto… “. En fin, sigo. El día fue genial y yo pensaba que, como en otras ocasiones, pediríamos nuestra pizza favorita para cenar y se quedarían a dormir en casa de mi abuelo, con lo que la diversión continuaría. Pero no, tenían que marcharse. Entonces fue cuando el chino de la esquina empezó a oírme llorar. Mi tita Teresa intentó convencerme diciéndome “que sólo iban a por el pijama, que no se lo habían traído, y que luego volverían“. Ja. Ja, ja y más ja. Si estamos en verano, ¡no se necesita pijama! No iban a volver y no tenían el coraje de decírmelo. Sí, ya lo sé, seguramente su intención era la de no hacerme sufrir, pero si me hubieran dicho la verdad al menos no habría seguido albergando la esperanza de verlos al día siguiente, que nada más levantarme le dije a mi mamá: “a ver, a ver… a ver si vienen Miguel y Alejandro con su pijama…“.

Así que por eso estoy harto, porque me engolosinan la verdad y a este paso voy a acabar diabético perdido. Estoy cansado de que eso que me gusta me lo vayan a comprar, sí, pero luego mañana, de que mi abuelo se haya ido a comer, o a desayunar, o con sus amigos, de que los míos siempre estén en sus casas y de que vayamos a ir donde me apetece más tarde. Si de todas formas voy a llorar, ¿¡por qué entonces no me decís la verdad!?

El parecímetro

01 de septiembre de 2011 en La vida de Luca

Hace unos cuantos años existió un señor llamado Mendel que tenía como afición el cultivo de guisantes. No de patatas, tomates, pimientos verdes o cebollas como es habitual entre los abuelillos de mi pueblo, no, a este le iban las pelotillas verdes en vaina. Pero lo más extraño no era esto, sino que el hombre en lugar de llevarse luego la cosecha a las cocinas del monasterio (que me he enterado que era monje) para preparar ricos revueltos con jamón, deliciosas menestras o servirlos de guarnición con un exquisito pollo al horno se la llevaba al laboratorio e investigaba con ella. Y gracias a sus experimentos y a sus inteligentes conclusiones nació la genética, esa ciencia que explica cosas tan sencillas como por qué dos hermanos se parecen o tan complejas como lo de la Infanta Elena.

Desde que nací no paro de escuchar a todo el mundo opiniones sobre mi parecido físico con Leo. Las hay de todos los gustos, desde los que creen que él y yo somos clavaditos hasta los que piensan que no, que no tenemos tantas cosas en común al margen de una cabeza pelona, unas buenas chichas y una belleza propia sin parangón. Evidentemente, Mendel diría que al menos unos cuantos genes sí que compartimos y que eso debe notarse en algo, aunque si le preguntas a mi mamá dirá que la genética ha hecho su trabajo más en el carácter que en el físico, que ella siempre ha sido de la opinión de que no nos parecemos tanto. Que si mis ojos son más achinados y los de Leo eran más redondos, que si su cara era más alargada que la mía, que si yo tengo más frente, que si mi nariz es más como la de mamá y la de él como la de papá… Pero vamos, la suya no deja de ser una opinión más basada sobre todo en el amor de madre, o lo que es lo mismo, en la subjetividad más absoluta, como todas las demás.

Si Mendel levantara la cabeza y viera lo que ha evolucionado el tema desde aquellos simples guisantes, con ovejas o sandías sin pepitas de por medio, seguramente lo fliparía, aunque quizás al final él tampoco podría decir exacta, cuantitativa y objetivamente cuánto nos parecemos Leo y yo.

Y vosotros, ¿que opináis?

Fotos de ambos tomadas con la misma edad (día arriba día abajo…)

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